TRES #2
—Durante el tiempo que permanezca su madre en La Habana, vamos a sostener, ante ella, una apariencia razonable de matrimonio funcional.
Ni más ni menos. Sin excesos, sin demostraciones, sin gestos románticos gratuitos.
El mínimo imprescindible para no romperle el corazón a una mujer que viaja con huevos en una caja.
—Señorita Prieto.
—Dígame.
—¿Usted cómo sabe que mi madre viaja con huevos en una caja?
—Todas las mujeres cubanas mayores de sesenta años que bajan de provincias a La Habana viajan con huevos en una caja. Es una ley estadística.
—Correcto.
Se recuesta en la silla. Bebe de su copa.
Me observa dos segundos más de lo que yo hubiera aceptado mirar a un hombre sentado delante de mí en circunstancias normales.
Yo aguanto. Estoy entrenada para aguantar miradas.
Es parte del oficio. Pero esta no es una mirada de interrogatorio.
Es una mirada de hombre que está decidiendo si me va a contestar lo fácil o lo difícil.
—Señorita Prieto.
—Señor Bermúdez.
—Una pregunta.
—Adelante.
—¿Usted está acostumbrada a que la gente le conteste lo fácil?
Me sostiene la mirada. No es una pregunta agresiva. Tampoco es galante. Es, exactamente, una pregunta de hombre cubano que ha entendido que la abogada que tiene enfrente lleva once años recibiendo versiones filtradas de la verdad y está casi siempre en condiciones de saberlo.
Y yo, que tengo una respuesta profesional preparada para esa pregunta desde hace siete años —desde el primer hombre que me la hizo en la misma posición, con otra copa, en otra ciudad—, no la uso.
—Señor Bermúdez, llevo once años siendo la cosa fácil de otras personas.
Lo digo sin pensar. Lo digo con voz baja, con la entonación profesional todavía puesta encima, pero la frase es de otra Marisol, no de esta.
Es de una Marisol que ha tenido un miércoles largo en algún tribunal hace dos años, o de una Marisol que ha salido del Dandy a las cuatro de la madrugada en septiembre del año pasado después de una conversación con Lisette que no recuerdo con precisión.
Es una frase que a esta Marisol, la del chal funcional y la libreta de piel marrón, se le ha escapado entre el huevo y el vino.
Lo registro una décima de segundo después de haberlo dicho.
Lo registra él a la vez.
«Marisol Prieto Ferrer, cierra eso. Ahora».
Abro la boca para responder. La cierro. La vuelvo a abrir.
—Señor Bermúdez, esa pregunta no está dentro del orden del día.
—Lo sé.
—Entonces la retira.
—No la retiro. La dejo fuera del orden del día. Es distinto.
—Señor Bermúdez.
—Sigamos con el calendario, señorita.
Es él quien cierra el tema. Tiene la última palabra y no hace ademán de cederla.
Y, además, cosa que le agradezco en silencio y no voy a agradecerle en voz alta, no comenta la frase que se me ha escapado.
La deja tirada sobre el mantel, al lado de la copa, como quien no quiere pisar un guante ajeno.
Yo bajo la vista a la libreta un segundo más de la cuenta. Cuando la levanto, él ya está sirviendo medio dedo más de Pinar en su copa, con la misma calma con la que ha dicho la frase que acaba de decir.
Suena mi teléfono en el bolso.
Lo saco. Dagoberto. Mi primo Dagoberto Ferrer Ochoa, penalista torpe, el único de la familia que aún me dirige la palabra por voluntad propia aparte de la abuela. Le he dejado un mensaje a las siete de la tarde pidiéndole que me mirara los supuestos de anulación.
—Disculpe, señor Bermúdez. Contesto.
—Adelante.
Descuelgo. Activo el altavoz sin preguntar. Considero que Leandro forma parte, legalmente al menos, de esta conversación.
—Dagoberto.
—Marisol, niña, noticias mixtas.
—Dispara.
—La causal de anulación por error notarial está prevista. Artículo cuarenta y cinco bis, apartado dos, letra ce. Procedimiento ordinario. Noventa días hábiles mínimo. Hábiles cubanos, que ya sabes.
—Sigue.
—Durante los noventa días, vosotros figuráis en el registro como matrimonio oficial. Cualquier operación bancaria, fiscal o de propiedad te la pueden sacar a nombre conjunto si la tramitas en el periodo. Cuidado con lo que firmes.
Leandro se endereza.
—¿Y con la comunidad de bienes?
—Ganancial por defecto en Cuba. Si ninguno genera patrimonio nuevo, no hay nada que repartir. Niña, ni compres piso, ni vendas coche, ni heredes nada hasta abril.
—Dagoberto, la abuela me firmó un poder sobre un piano vertical.
—Ay, niña.
—Ay, Dagoberto.
—Si el poder fue firmado antes del acta, entra. Si fue después, no. Revísalo con Juliancito. Mañana. Te llamo si pienso algo más. Besos al marido.
—Dagoberto.
—Perdón, no he podido evitarlo.
Cuelgo. Miro a Leandro. Leandro me mira a mí. Ninguno de los dos comenta el beso al marido. Lo archivamos como archivan los adultos cubanos las bromas familiares que no merece la pena discutir en horario laboral.
—Señor Bermúdez.
—Dígame.
—Cláusula tres. Durante los noventa días, usted y yo no firmamos nada conjunto, no abrimos cuentas conjuntas, no adquirimos bienes ni contraemos deudas. Solo respiramos.
—Respirar.
—Respirar.
—Acordado.
Anoto la tercera cláusula. Cierro la libreta. La devuelvo al bolso. Me quedan dos dedos de vino tinto en la copa. Los bebo de un trago corto. Leandro hace lo mismo con los suyos. Miramos, los dos a la vez, el reloj del paladar encima de la barra. Da la una y cuatro.
—Señor Bermúdez, nos hemos excedido del calendario previsto.
—Dos horas y tres minutos. Aceptable.
Me pongo el chal. Cojo el bolso. Él me acompaña a la puerta. No abre él la puerta por mí, que lo agradezco. Me la abro yo. Sale él detrás, hasta el escalón. La calle 17, a la una, está vacía. Un gato atraviesa el pavimento con dignidad cubana.
—Señorita Prieto.
—Dígame.
—Gracias por haber aceptado la cena. No hacía falta.
Silencio. Uno, dos, tres segundos. Ninguno añade nada. El gato llega al otro lado de la calle. Un balcón del tercer piso enfrente cierra una persiana.
—Sí hacía falta, señor Bermúdez. Era lo profesional.
—Gracias igualmente.
—Hasta el jueves.
—Hasta el jueves.
Cruzo la calle con el mismo repiqueteo de tacones con el que entré al paladar por primera vez diez horas antes.
El taxi que paso por casualidad me recoge a mitad de la cuadra.
Es otro Moskvitch, blanco, probablemente primo del de la mañana.
No pregunto al conductor si le gusta el ajiaco. Ya he agotado ese diálogo.
En el asiento trasero, con el chal todavía sobre los hombros, saco el teléfono.
Abro la galería. Paso tres veces hasta llegar a la carpeta que llevo sin abrir cuatro años.
La foto está arriba. Mi padre. Una sola foto.
De espaldas, en una playa de Miami Beach, dándome la mano cuando yo tenía cuatro años. La miro siete segundos. La cierro.
«Hoy no, papá. Hoy he tenido un día muy largo».
Guardo el teléfono. El taxi sube por la calle G hacia el Malecón.
Veo pasar las luces de las farolas. Pienso en un plato de arroz con leche que me preparó mi abuela en mayo.
Pienso en Dagoberto diciendo besos al marido.
Pienso en una mujer cubana mayor de sesenta años bajando en guagua con una caja de huevos y tres maletas el jueves a las nueve de la mañana.
Pienso en un cuchillo Yanagi sobre una tabla de madera.
Pienso, sin haberlo decidido, en la pregunta que Leandro Bermúdez Castillo ha dejado fuera del orden del día.
Pienso también, aunque no me apetezca pensarlo, en el medio centímetro en el que una copa se sostuvo sobre un mantel entre dos manos, dos personas, dos dedos.
No pienso en el hombre al que le he dado la mano medio centímetro durante dos horas y tres minutos.
«Marisol Prieto Ferrer, no pienses en eso».
Pienso en eso hasta llegar a casa.
Leandro, desde la ventana de la cocina del Fogón, me ve cruzar la calle 17 a la una y cinco con el chal sobre los hombros y el bolso apretado contra el costado.
Yo no lo sé. Él no me avisa. Él se queda ahí hasta que yo giro en la esquina de 8 y desaparezco del encuadre.
Luego recoge las dos copas, lava una a una con el cuidado de un oficio, y apaga la lamparilla ámbar sobre la puerta.
Esa parte la reconstruyo yo tres meses después, cuando me la cuenta Reinaldo Machín en un aparte que no pedí.