TRES
«Marisol Prieto Ferrer, este chal es funcional. Estrictamente funcional».
El Fogón de Leandro tiene la fachada apagada salvo por una lamparilla sobre la puerta de entrada, de esas antiguas que dan luz ámbar.
Dentro, a través de la ventana de la cocina, veo movimiento.
Una silueta alta de espaldas recogiendo copas.
Subo los dos escalones por segunda vez en el día. Empujo la puerta.
Está sin cerrojo.
—Adelante, señorita Prieto.
Lo dice sin girarse. Está del otro lado de la barra, detrás de la encimera de mármol, con una camisa blanca limpia y los puños remangados a mitad del antebrazo.
El paladar entero, que hace diez horas era un teatro con público, ahora es un escenario vacío.
Nueve mesas recogidas. Sillas volteadas sobre las mesas para que mañana barra el muchacho de la limpieza.
Una sola mesa al fondo, junto al patio interior, con mantel blanco, dos copas y una botella de vino tinto abierta que respira.
La baldosa del recibidor, la del caldo gallego, está limpia. Alguien ha fregado a fondo. Pero la mancha, si uno se agacha, todavía se adivina como un fantasma fino bajo la cera. Yo no me agacho. Paso por encima con la dignidad de quien no comenta sus propias huellas.
—Buenas noches, señor Bermúdez.
—Buenas noches.
—Llego con dos minutos de adelanto.
—Ya lo veo.
—Los dejo descontados del final de la reunión.
—Si usted lo autoriza.
Lo dice sin levantar la vista del trapo con el que está secando una copa. No sonríe. Tampoco tiene ganas de sonreír. Es la réplica ligera de un hombre que ha tenido diez horas para preparar respuestas y que ya ha empezado a devolvérmelas.
Sale de detrás de la barra. Me acerca una silla.
Me la aparta con la naturalidad cubana de los hombres educados en paladares familiares.
Me siento. Me quito el chal. Lo pongo en el respaldo.
Leandro se sienta frente a mí sin preguntar si me parece bien el sitio elegido.
Ya lo ha elegido él, y lo ha elegido bien.
El patio interior se abre al fondo con dos plantas trepadoras en los muros laterales y una farola modesta en el centro. Huele a tierra húmeda y, más al fondo, a los restos del sofrito de la tarde. Es una escenografía que yo no habría pedido pero que no puedo reprochar profesionalmente.
—He abierto una botella de Pinar. Blanco. Tinto. ¿Prefiere cambiarlo?
—Tinto sirve.
—Si usted lo autoriza.
—Con moderación.
Sirve dos copas exactamente con la misma medida.
Las desliza por el mantel sin mirarme. Lleva una cicatriz pequeña en el pulgar derecho que desde aquí se ve limpia, vieja, de las cicatrices de cocina que han dejado de molestar.
Me pasa la copa. Los dedos se cruzan al pasarla, medio centímetro, la yema del índice contra el borde de mi pulgar, un segundo, quizá dos.
Ninguno retira la mano inmediatamente. La copa se queda un instante suspendida entre los dos con la base apoyada en el mantel y la boca sostenida por cuatro dedos, dos de cada orilla.
Él la suelta primero. Por muy poco. Por lo justo.
Yo registro el muy poco.
«Marisol Prieto Ferrer, la copa es funcional. Estrictamente funcional».
No lo comento. Él tampoco. La copa queda mía. La suya la coge por el pie, sin rozarla, como corrigiendo lo que acaba de no corregir.
—Señor Bermúdez.
—Dígame.
—Propongo que hablemos con estructura. Empezamos por usted, que me aclare los cuatro meses en que ha sido informado del plan de mi abuela sin informarme a mí. Seguimos por lo del sábado con el notario. Cerramos con el calendario de los noventa días.
—Aceptado.
—Empiece.
Da un sorbo al vino. Lo deja sobre el mantel.
—Su abuela vino a verme un martes de septiembre del año pasado. Sin cita previa. Subió a mi apartamento de la calle Línea un poco cansada porque no le funcionaba el ascensor de mi edificio. Tardé tres minutos en reconocerla. Me dijo que venía a pedirme opinión sobre un asunto familiar.
—Tan claro.
—Tan claro.
—Continúe.
—Pensé, durante ese primer cuarto de hora, que venía a encargarme una cena de aniversario.
Los cubanos mayores de setenta años piden cenas de aniversario en los paladares con una antelación de nueve meses, por si se les olvida la fecha.
Pero su abuela no venía por eso. Su abuela venía a contarme, con un café en la mano, que tenía una nieta abogada que se llamaba Marisol, que vivía cerca y que probablemente, según sus cálculos, iba a pasar por mi paladar en los próximos meses por casualidad, y que a ella le gustaría colaborar en que la casualidad tuviera consecuencias.
Dejo la copa con un suave golpe sobre el mantel.
—¿Ella dijo colaborar?
—Textualmente.
—¿Y usted qué contestó?
—Que no colaboraba con desconocidos.
—Bien.
—Ella contestó que yo no iba a ser desconocido por mucho tiempo.
—Menos bien.
—Le dije que muchas gracias, que lo pensaría, y que de momento le regalaba el café porque la casa invita a las abuelas cubanas con canas de primera generación. Ella se marchó con una tarjeta mía. Yo no pensé más en el asunto hasta el sábado.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Señor Bermúdez, lleva usted cuatro meses con la tarjeta en el cajón.
—No he dicho que no haya pensado en la abuela. He dicho que no he pensado en el asunto.
—Matiz jurídico.
—Matiz profesional.
—Llámelo como quiera. Sigue siendo una tarjeta en un cajón.
—Señorita Prieto, yo tengo varias tarjetas en ese cajón. Las de las abuelas cubanas son las que más tardo en tirar. Es una cuestión de respeto generacional.
No me espero esa réplica. Tiene razón, además, por la vía más molesta: la vía que deja a la otra parte sin objeción jurídica. Levanto la copa. Bebo un sorbo. El vino de Pinar aguanta la conversación sin mayores pretensiones. Doy tres segundos para pensar.
—Siga.
—El sábado por la mañana, a las ocho y doce, me toca el timbre Juliancito.
Primo lejano mío por la rama camagüeyana.
Le abro en pijama. Me entrega un sobre de papel manila con la cara más culpable que le he visto desde que tenía seis años y se le escapó el gallo de su madre.
Me explica que había procesado el viernes por la tarde una documentación de su abuela.
Que al revisarlo para archivo descubrió un acta matrimonial firmada por un tal Leandro Bermúdez Castillo y una tal Marisol Prieto Ferrer. Fecha y sello válidos.
—¿Y usted?
—Me senté en el sofá seis minutos. Me tomé un café. Llamé a mi madre a Camagüey.
—¿A su madre?
—El único ser humano al que consulto una crisis mayor un sábado a las nueve.
—¿Y qué opinó?
—Que ya era hora de que alguien me organizase la vida.
Me sale una risa corta, involuntaria, que me sorprende a mí misma. Bajo la cabeza dos segundos. Recompongo. Cuando vuelvo a levantar la vista, Leandro también me está mirando con una expresión a medio camino entre el alivio y la cautela.
—Señor Bermúdez, no le voy a engañar. Esta conversación, hasta esa frase de su madre, iba por un camino razonable. Ahora va por otro.
—¿Por cuál?
—Por el camino de que usted, al parecer, es un hombre con sentido del humor pasivo.
—Soy cocinero. No me queda espacio para el humor activo. Lo gasto todo en emplatar.
—Señor Bermúdez.
—Dígame.
—Vamos al calendario.
Saco del bolso mi libreta pequeña de piel marrón. La que uso para las reuniones que no quiero registrar en el portátil del bufete. Bolígrafo negro. Tapa la libreta abierta. Anoto una fecha arriba del todo.
—Noventa días hábiles, a partir de hoy, martes inclusive, caen el veintisiete de abril.
—Caen.
—Entre el veintisiete de abril y el uno de mayo se firma la anulación en el registro civil municipal, con presencia de las dos partes, dos testigos y el notario. Probablemente el mismo notario, porque Juliancito se ha convertido, digamos, en actor interesado.
—Está enamorado de su amiga Lisette desde los diez años. Lo sabe medio Camagüey.
Levanto la vista.
—Lisette no lo sabe.
—Lo sospecho.
—Esto, por el momento, queda entre los dos.
—Entre los dos.
Anoto dos líneas en la libreta. Respiro. Vuelvo al orden.
—Durante los noventa días, no vamos a hacer aparición pública conjunta. Nada de redes sociales. Nada de entrevistas. Nada de comentarios a terceros sobre el estado civil. Si alguien pregunta directamente, respuesta tipo es un trámite administrativo. Así de sobrio.
—Un trámite.
—Exactamente.
—Señorita Prieto, una cosa.
—Dígame.
—Mi madre baja de Camagüey el jueves.
Se me cae el bolígrafo. Lo recojo del mantel con una agilidad profesional que me enorgullece. Lo pongo otra vez sobre la libreta. Lo apoyo. Tomo aire.
—¿Cuándo se había decidido eso?
—Antes de lo de la cena del aniversario.
—Señor Bermúdez, usted me lo podía haber dicho a la una y media de la tarde.
—A la una y media de la tarde estaba usted saliendo por esa puerta con un repiqueteo de tacones que no admitía conversación. Se lo digo ahora.
—¿Ella sabe lo del acta?
—No.
—¿Se lo va a decir antes de que llegue?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque mi madre, si se entera por teléfono de que su hijo está casado con una abogada a la que no ha presentado formalmente, toma la guagua a las doce de la noche en lugar de la del jueves por la mañana. Y prefiero que llegue por la mañana, descansada.
—Señor Bermúdez.
—Dígame.
—Esto, en lenguaje jurídico, se llama complicación sobrevenida.
—En lenguaje de Camagüey, se llama mi madre.
Se me escapa una segunda risa. Igual de involuntaria. Igual de breve. La recompongo antes del segundo siguiente. En mi cabeza, el expediente mental de este asunto acaba de añadir una capa. Tres maletas. Una suegra camagüeyana. Una pantomima familiar durante un fin de semana mínimo.
—Vamos a añadir una cláusula al pacto.
—Añadamos.