DOS #2
No termina la frase. Nadie la ayuda a terminarla.
Hago una cosa que solo he hecho dos veces en seis años de paladar. Me aparto del mármol. Me seco las manos en el paño. Rodeo la encimera. Salgo a la sala.
—Señorita Prieto.
—Señora, técnicamente.
—Señorita Prieto, la respuesta larga es que sí, estoy al corriente desde hace una hora aproximada, por llamada de mi madre que me informó de una conversación telefónica con su abuela el viernes por la tarde a las seis y media. La respuesta corta es sí.
—Sí.
—Sí.
Ella me mira con una rabia controlada que llevo reconociendo en las cubanas desde que salí del útero.
Es rabia de abogada, que no es lo mismo que rabia de vecina.
La rabia de abogada se sostiene sobre una base documental.
La rabia de vecina se sostiene sobre la palabra de otra vecina.
La de Marisol Prieto Ferrer se sostiene sobre un acta sellada que llevo registrada en un sobre del cajón de mi cómoda desde el sábado por la tarde.
Y ella, que lo ha sospechado hace un segundo, ahora lo sabe.
—Usted lo sabía antes que yo.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace cuatro meses. Desde que su abuela vino a pedirme un consejo notarial sobre un piano vertical. Y desde el sábado concretamente, cuando recibí el sobre del notario. Entiéndalo como quiera, pero lo sé desde el sábado.
—¿Y no me ha llamado usted en todo el domingo?
—No, señorita.
—¿Por qué?
—Porque su abuela me pidió que esperase a que lo supiera usted primero.
Silencio de los nueve mesas juntas.
Se le afloja medio segundo la mandíbula. Solo medio segundo. Después la recompone. La señorita Prieto Ferrer es una profesional. Eso se ve. Eso lo ve hasta Reinaldo desde cinco metros, que si no lo viese no habría apagado el fuego medio.
«Esta mujer no se parece a ninguna de las que me han roto antes».
Lo pienso sin querer pensarlo. Un pensamiento que no pedí. Lo archivo para más tarde.
—Señor Bermúdez.
—Dígame.
—Quiero hablar con usted en privado en los próximos diez minutos. Una vez terminada nuestra conversación, me voy a retirar del establecimiento sin haber consumido, y usted y yo no nos volveremos a cruzar salvo por trámite jurídico, hasta el día de la anulación.
—Señorita, tengo nueve mesas.
—Tengo una audiencia a las once y cuarto.
—Son la una y veintitrés.
—Por eso ya no la tengo.
—Señorita, le propongo otra cosa.
—Dígame.
—Cierro el paladar a las once de la noche.
A las once en punto le abro la puerta. Tenemos toda la calma que usted necesite.
Yo pongo la botella. Usted pone las preguntas.
Y entre los dos montamos un calendario de trámites para los noventa días que el notario Fombellida, quien por cierto es primo lejano mío, dice que tardan en Cuba las anulaciones. ¿Le sirve?
La señorita Prieto Ferrer me mira cuatro segundos completos. Los mide con la lentitud de quien pesa, en una balanza mental, argumentos a favor y argumentos en contra. Yo aguanto la mirada. Los cubanos también aguantamos las miradas de abogada, no se vaya a pensar usted que no.
—A las once.
—A las once.
No me muevo un segundo más de lo necesario.
Porque si me quedo…
no sé exactamente qué parte de esto deja de ser un trámite.
—Sin ron, señor Bermúdez. Tengo el hígado comprometido con el bufete.
—Tengo vino tinto de Pinar.
—Aceptado.
—Aceptado.
Se da media vuelta con el mismo repiqueteo de tacones con el que entró.
Cruza el comedor hacia la puerta con los nueve mesas todavía sin masticar.
Al llegar al umbral, donde Yosvani ha terminado de recoger los trozos de plato pero aún queda una mancha de caldo gallego sobre la baldosa, pisa con el tacón izquierdo exactamente en el centro de la mancha.
No resbala. Tampoco se disculpa. Continúa. Empuja la puerta. Sale. Se cierra.
La huella de tacón en la baldosa me queda grabada medio segundo más de lo razonable. Forma una luna pequeña, oscura, profesional.
Reinaldo, con una lentitud teatral que ha aprendido en dos décadas de servicio, vuelve a encender el fuego medio.
Yosvani respira. La mesa cinco reanuda la discusión de los frijoles con dos frases bajas.
La mesa nueve, contra todo pronóstico, vuelve a pedir natilla.
El cliente de la mesa siete, el que había soltado el esto se pone bueno, suelta ahora, por precaución, el fin de una frase que sigue en la misma línea pero que nadie recoge.
—Muchacho, tráeme otro vaso de agua.
—Enseguida, caballero.
La señora del aplauso mira a su marido. El marido, por fin, encuentra una réplica.
—Luisa, no aplaudas cosas que no entiendes.
—Yo aplaudí porque la niña dijo casados.
—Luisa, también dijo aberración jurídica.
—A mí casados me llegó primero.
Yosvani, terminando de limpiar el caldo con una bayeta, reprime una carcajada en la barra. No me mira. Respeta el minuto. Aprendió conmigo.
Vuelvo a la encimera. Recojo el cuchillo. Sigo cortando los tomates. Los corto a un ritmo más lento de lo habitual.
«Ya. Sigue cortando».
Esta vez sí sirve.
Reinaldo espera cinco minutos exactos antes de acercarse.
Es parte del pacto tácito que tenemos desde el segundo año del paladar.
Cuando pasa una cosa en la sala, él me deja cinco minutos de silencio profesional antes de ofrecerme su versión.
Treinta años en cocina te enseñan cuándo hablar y cuándo no hablar, y Reinaldo Machín es un monumento cubano a esa sabiduría.
—Jefe.
—Reinaldo.
—¿Le aviso a los camagüeyanos?
—Ni se te ocurra.
—Jefe, Doña Niurka se va a enterar por Facebook antes de la cena.
—Reinaldo, mi madre no está en Facebook.
—Jefe, su madre tiene una sobrina que sí está. Yudisleydi se llama. Tiene una cuenta con quinientos amigos en Camagüey. Le doy una hora y media.
Suelto el cuchillo. Esta vez sí lo suelto. Me apoyo con las dos manos en el borde del mármol.
—Reinaldo, ¿tú sabías algo de esto?
—Jefe, yo sé muchas cosas. Como todas las cosas que sé, las sé porque la gente las dice. Pero lo del acta, no. Lo del acta no lo sabía. Hasta ahora.
—Reinaldo.
—Jefe.
—Si te pregunto si me caso con esa mujer por tu culpa, ¿qué me contestas?
—Le contesto que no. Pero le añado que usted la cena con ella a las once le va a ir bien, porque los ojos que le ha puesto la señorita cuando entró son ojos de audiencia, y los ojos que le ha puesto al salir son ojos de cena pendiente. Yo, profesionalmente, distingo.
—Reinaldo.
—Jefe.
—Cállate, por favor.
—Enseguida.
Se calla. Vuelve al fuego grande. Suelta una carcajada corta que no comenta.
Yo corto dos tomates más. El sofrito respira por toda la casa como respira la memoria.
Son la una y treinta y una minutos del lunes diecinueve de enero de dos mil veintiséis, hace menos de dos horas yo no sabía que hoy iba a pasar nada distinto del lunes habitual, y dentro de nueve horas y veintinueve minutos voy a cenar con una abogada rubia que llegó a mi paladar a pedirme cuentas por una firma de su abuela, le rompió un plato a mi camarero, y salió pisando el caldo gallego como si el caldo gallego le perteneciera desde el principio.
Hago un pequeño cálculo. Busco en el estante superior una botella de vino de Pinar que guardo para ocasiones.
La bajo. La pongo al fresco de la hielera pequeña, la de la cocina, no la del salón, que la señorita Prieto Ferrer seguramente no quiere testigos.
Saco dos copas del armario alto. Las lavo. Las dejo secando sobre el paño blanco.
—Jefe.
—Reinaldo, te he pedido silencio.
—Jefe, solo una cosa.
—Rápido.
—El Yanagi.
—¿Qué le pasa?
—Lo tiene usted mal sujeto. Va a cortarse el pulgar izquierdo. Y el pulgar izquierdo, con todo respeto, lo necesita usted para cenar a las once.
Recoloco el cuchillo en la mano. Reinaldo tiene razón. El cuchillo estaba mal sujeto. Un milímetro más y me habría abierto la yema. Ya tengo dos cicatrices de cocina: una en el pulgar derecho del año dos mil dieciocho y otra en el antebrazo del dos mil veintidós. No necesito una tercera. No hoy.
«Ya. Sigue cortando».
Sigo cortando. La puerta del paladar vuelve a abrirse a la una y treinta y cinco con un cliente nuevo que viene a comer solo y a hablar con Yosvani sobre los problemas del Industriales en la temporada.
La vida en el Fogón de Leandro reanuda, con dos horas de retraso respecto al lunes planeado, su ritmo cubano habitual.
Pero tengo, en el estante de la hielera pequeña, una botella de Pinar en fresco que no estaba ahí a las once de la mañana. Y sobre el paño blanco del armario bajo, dos copas secando que no habían salido del armario en cuatro meses.
A las once me abren la puerta de mi propia casa una mujer de tacones que se llama, según el acta, Marisol Bermúdez Prieto.
Rectifico mentalmente.
Marisol Prieto Ferrer. El acta no cambia el apellido. La ley cubana protege ese pequeño orgullo femenino por defecto. Me lo explicó mi abuela política una vez, hace años, en un cumpleaños.
Sonrío sin querer. Reinaldo lo ve desde el fuego grande. No comenta.