Nuestro mejor error DOS
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DOS

Las tres de la tarde, según el reloj de mi abuelo, y la cocina está a pleno rendimiento.

Ese reloj sigue marcando la hora de Santa Clara del año mil novecientos sesenta y ocho.

Lleva así veinte años. Una vez probamos a arreglarlo y se paró del todo durante cuatro meses, así que desde entonces funciona como funcionan muchas cosas cubanas: con una hora propia que nadie discute.

—Jefe, la siete quiere la cuenta.

—Pásasela cuando termines la cinco, Yosvani.

—Y la nueve pregunta si hay natilla.

—Quedan tres raciones. No prometas la cuarta.

—Entendido, jefe.

Corto los tomates con el cuchillo japonés que me regaló Reinaldo el año pasado cuando cumplí treinta y cinco.

Un Yanagi-ba que pesa como un gato pequeño y corta como la verdad.

Tomates maduros para el picadillo de la tarde.

Cebolla ya en el fuego. Aceite calibrado.

Laurel partido con los dedos. El sofrito respira por toda la casa como respira la memoria.

«Ya. Sigue cortando».

Esa muletilla me la enseñó mi padre. La usaba cuando el caldo se le quemaba o cuando mi madre se ponía a discutirle desde el salón.

Él bajaba la cabeza, miraba la tabla, y decía para sus adentros ya, sigue cortando, como quien pasa página sin pedirle permiso a nadie.

A mí me sirvió durante el divorcio. Me sirve todavía.

Hoy es lunes. Los lunes son los días tranquilos en el Vedado.

La gente trabaja o inventa. Los turistas están en otra parte de la isla.

El paladar se llena a ratos, se vacía, vuelve a llenarse con la calma justa para respirar.

A las tres descanso, a las cinco vuelvo, a las once cierro.

Ese es el plan. Los lunes son los días en los que yo mando sobre el reloj.

Hoy dura hasta que la puerta se abre a la una y cinco con una fuerza que no pertenece al lunes.

Empuja la puerta con más impulso del necesario. Ese es el primer dato.

El segundo dato lo aporta Yosvani, que en ese mismo segundo sale de la cocina con una bandeja cargada para la mesa cinco.

Dos platos de ropa vieja, una taza de caldo gallego, un vasito de agua con hielo.

Yosvani lleva trabajando aquí seis años y tiene una ruta trazada entre la cocina y la mesa cinco con la precisión de un trapecista soviético.

La ruta pasa, casualmente, a un metro veinte exactos del umbral de la puerta.

La mujer entra. Yosvani gira. La bandeja gira. Los dos platos, la taza y el vasito giran con la bandeja porque no tienen más remedio.

El choque es limpio.

La taza de caldo gallego es la primera que decide bajar.

La taza, por razones de física doméstica cubana, nunca baja sola: se lleva consigo el vasito del agua con hielo, que a su vez arrastra uno de los platos de ropa vieja.

El otro plato, el más leal, se queda en la bandeja.

Todo lo demás, incluidos tres hielos y medio kilo de ropa vieja, aterriza sobre la baldosa del recibidor con un estruendo de vajilla cubana del setenta y dos que a mí, desde la encimera, me resulta familiar por tradición.

Lo que no me resulta familiar es el silencio que llega después.

En el Fogón de Leandro, cuando se cae un plato, pasan dos cosas previsibles: Reinaldo dice me cago en la madre que me parió, en voz baja, y Yosvani se disculpa con un perdón, jefe que significa ya lo limpio yo.

Después, el paladar sigue. Los platos se caen en los paladares como los adjetivos se caen en las conversaciones cubanas: todos los días, sin consecuencias.

Hoy el paladar no sigue. Hoy, las nueve mesas, los dos camareros, el muchacho de la barra, Reinaldo en el fuego grande y yo en la encimera, nos quedamos quietos exactamente tres segundos. Cuatro, si contamos el ruido del hielo terminando de rebotar.

La mujer, en medio del estropicio, tiene el tacón derecho medio torcido contra una baldosa suelta del recibidor.

Se ha agarrado a la jamba de la puerta con la mano izquierda.

Con la derecha sostiene el bolso cruzado a media altura, como si el bolso fuera lo último que estaba dispuesta a perder en este país.

No se cae. No se inmuta tampoco. Endereza el tacón.

Suelta la jamba. Se coloca un mechón rubio detrás de la oreja.

Mira a Yosvani con una expresión neutra que no es enfado pero tampoco disculpa.

Mira la ropa vieja en el suelo. Mira al cliente de la mesa cinco, que se ha quedado con el tenedor en el aire a medio camino del plato que ya no existe. Mira, por último, la sala entera.

—Lo siento —dice—. Ha sido culpa mía.

Lo dice tarde.

Lo dice tarde y lo dice bien, con una dicción de abogada cubana en audiencia que, por no haberla oído nunca dentro de un paladar, nos suena a todos como si viniera de una emisora distinta.

—No pasa nada, señora —responde Yosvani.

—Señorita.

—Señorita. Perdón.

Yosvani se agacha con la bandeja en la mano.

Reinaldo, desde el fuego grande, me lanza una mirada lateral que en nuestro lenguaje personal significa jefe, esto no es una clienta.

Yo dejo el cuchillo sobre la tabla. No lo suelto.

Lo dejo. Hay diferencia. El Yanagi pesa.

No se suelta de cualquier manera. Pero dejarlo, con las yemas todavía encima del mango, es lo que hace un cocinero cuando entra una situación que no se va a resolver con corte.

La mujer avanza tres pasos dentro del paladar, sorteando el plato roto como si fuera un cadáver ajeno.

Traje gris. Rubia, con el pelo cortado a media melena que le roza los hombros.

Tacones que suenan sobre la baldosa como quien cierra una audiencia.

Una expresión que llevo treinta y seis años viendo entrar por las puertas de los paladares de mi padre, pero nunca así.

Nunca dirigida a mí. Esa mujer ha venido a pedirme cuentas por algo que yo todavía no sé qué es.

—¿Leandro Bermúdez Castillo?

Lo dice desde el centro de la sala. No pregunta al camarero. Pregunta al aire.

Los cuatro ocupantes de la mesa cinco, que llevaban diez minutos discutiendo la textura de los frijoles, paran la discusión.

El cliente de la mesa siete deja el tenedor sobre el plato con la lentitud de quien quiere enterarse.

Yosvani, agachado recogiendo la ropa vieja, levanta la cabeza con la boca ligeramente abierta.

Reinaldo no se mueve. Reinaldo, que lleva treinta años cocinando y treinta y uno aguantando cubanas con prisa, tiene un sexto sentido para los dramas que no son suyos.

Hoy, ese sexto sentido lo ha puesto en posición de escucha.

—Soy yo.

—Usted y yo tenemos que hablar.

—¿Aquí?

—Aquí mismo.

La mesa cinco se inclina medio centímetro hacia nuestra zona de la sala. Una señora en la mesa nueve susurra algo a su marido. El marido contesta con un carraspeo. Yosvani baja la bandeja, con los platos ya recogidos, a la barra con la delicadeza de un relojero suizo.

—Señora, le rogaría.

—Señorita.

—Señorita, le rogaría que bajase un poco la voz, porque tengo nueve mesas y una parrilla en fuego medio que necesita mi atención.

—Señor Bermúdez, lo que tengo que decirle se puede decir en voz baja, pero no lo voy a decir en voz baja, porque lo que tengo que decirle es una aberración jurídica que me concierne personalmente y a la que usted, indirectamente, ha contribuido.

—Señorita.

—Mi nombre es Marisol Prieto Ferrer.

Me pasa por dentro una cosa pequeña y precisa, como cuando el horno se apaga dos segundos antes de lo previsto.

Prieto Ferrer. Me sé los dos apellidos. Me los sé porque los llevo apuntados en una libreta que tengo en el cajón superior de la cómoda del dormitorio desde hace cuatro meses, cuando Doña Enriqueta Ferrer me los susurró en el oído por primera vez.

Y lo que me pasa por dentro, contra todo pronóstico y contra veinte años de entrenamiento en cocina, me pasa también por fuera.

Muy poco. Lo justo para que Reinaldo, desde el fuego grande, lo registre.

Mi mano derecha, la que sigue apoyada en el mango del Yanagi sobre la tabla, se abre medio centímetro.

No suelta el cuchillo. Lo afloja. Un cocinero cubano con seis años de paladar propio no afloja un Yanagi delante de público.

Hoy, delante de una mujer rubia con acta de matrimonio, yo he aflojado un Yanagi.

Lo recoloco. Sin mirarlo. Sin comentarlo.

Sin que ella, desde la sala, lo vea. Pero Reinaldo sí lo ve.

Y el cliente de la mesa siete también lo ve, aunque él no sepa qué acaba de ver.

—Encantado.

—Estoy convencida de que no.

—Lo estoy intentando, señorita.

—Señor Bermúdez, ¿está usted al corriente de que, según acta registrada esta mañana a las ocho y diecisiete por el notario Julián Fombellida, con el número de expediente dos mil veintiséis barra cero cuatro uno dos, usted y yo estamos legalmente casados?

El paladar entero, en este preciso instante, deja de funcionar.

Un tenedor cae en algún sitio. Alguien tose para llenar un silencio que nadie sabe cómo llenar. El cliente de la mesa siete suelta sin querer, desde el fondo de la barba, tres palabras en voz demasiado alta.

—Esto se pone bueno.

Nadie se ríe. Todavía no. La mesa cinco se ha vuelto hacia nosotros sin disimulo ninguno. Uno de los ocupantes, el más joven, saca el móvil. No graba. Lo tiene apoyado boca arriba sobre el mantel como quien se prepara por si acaso.

Y entonces, contra todo pronóstico, una señora en la mesa nueve aplaude.

Un aplauso corto. Dos palmadas, tres a lo sumo, con la energía equivocada de alguien que ha entendido boda donde hay litigio.

La señora mira a su marido esperando que se una.

El marido no se une. La señora, al darse cuenta del silencio circundante, baja las manos con la vergüenza cubana de los aplausos desencontrados.

Pero el aplauso existió. Y yo, en la encimera, lo registro como si me lo hubiesen firmado.

—Perdón —murmura la señora—. Pensé que era.

—Pues si es boda, yo traje hambre —añade en voz baja, sin saber dónde meterse.