Nuestro mejor error UNO #2
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UNO #2

Juliancito está con los hombros un centímetro más bajos de lo que los tenía hace treinta segundos. El círculo pardusco del café le sigue marcando el labio. Se mira las manos. Las tiene mal colocadas, una sobre la otra, como quien se ha asustado de verdad y no quiere que se note.

—Juliancito.

—Dime.

—Perdón por el tono.

—No hace falta.

—Hace falta. Pero el contenido se queda.

—Marisol, lo sé.

Me levanto. Suelto el bolígrafo, que en realidad ya lo he soltado, y lo vuelvo a dejar con cuidado sobre el escritorio.

La mancha de tinta azul sigue en el margen del expediente, más oscura ahora, con los bordes pidiendo paso.

La tapo con el codo sin pensarlo y camino dos pasos hacia la ventana.

Miro la calle Obispo, que a las once menos veinte tiene su tránsito habitual de lunes: carretilleros, una pareja de jubilados discutiendo el menú del almuerzo, un joven que carga una caja de melones como si condujese una mula.

El mundo exterior sigue funcionando normalmente.

Mi mundo acaba de caerse por un hueco notarial.

—Juliancito, siéntate.

—Prefiero.

—Siéntate, te he dicho.

Se sienta. Le empujo una taza de café por encima de la mesa.

La coge con dos manos. Yo me siento frente a él.

Me paso los dedos por la sien. El aire acondicionado sigue sonando.

Discretamente, con la mano izquierda, cierro el expediente Acuña por encima de la mancha, como quien tapa un muerto con una sábana.

—Vamos a hacer una cosa. Tú me vas a explicar, como si yo fuera un ciudadano civil y no una abogada matrimonialista con once años de experiencia, cómo se desmonta esto. Paso a paso. Sin adornos. Sin filosofía. Solo procedimiento.

—Marisol, la anulación. Hay que solicitar la anulación del acta.

—¿Cuánto tarda?

—Noventa días hábiles.

—Juliancito.

—Marisol, el plazo mínimo es noventa días hábiles por norma del registro civil. Eso es así para todos. Incluso en casos de error flagrante. Incluso en casos de suplantación con buena fe. Incluso en casos de loro.

—¿De loro?

—Marisol, no preguntes.

Cierro los ojos. Cuento hasta cinco en cubano, que es una sucesión irregular. Los abro. Juliancito sigue ahí. El sello sigue ahí. La firma de un tal Leandro Bermúdez Castillo, al que no he visto en mi vida, sigue ahí.

—Juliancito.

—Dime.

—¿El tal Bermúdez está al tanto?

—No.

—¿Seguro?

—Marisol, yo he venido directo a tu despacho. Él no ha abierto el buzón esta mañana. Lo sé porque pasé por su casa a las nueve y su vecina Doña Odalys Puentes me dijo que está en el paladar desde las siete preparando los caldos.

—Juliancito, tú has ido a espiar a mi marido antes de venir a avisarme.

—Marisol, no es tu marido. Legalmente, sí. Moralmente, no.

—Juliancito, cállate.

Se calla. Se bebe el café de un trago. Se le queda un círculo pardusco en el labio superior. Yo me levanto otra vez. Cojo el bolso del respaldo de la silla. Saco el teléfono. Marco el número de mi abuela. Da tono. Mi abuela no contesta. Doy dos señales más. Nada.

Me imagino a Doña Enriqueta Ferrer, mi abuela, sentada en el sillón del balcón a estas horas, con Verdoso en el hombro, fingiendo que el teléfono no suena. Setenta y cuatro años de experiencia en fingir que el teléfono no suena.

—Juliancito, una cosa más.

—Dime.

—Mi abuela te ha pedido venir a contármelo tú, ¿verdad?

Juliancito mira el suelo. Luego mira la taza vacía. Luego mira la ventana, como si la calle Obispo tuviese la respuesta.

—Juliancito.

—Sí, Marisol.

—¿Y el tal Bermúdez te ha pedido no avisarlo todavía?

—No. Él no sabe nada. Te lo he dicho.

—Entonces me voy a ocupar yo personalmente de avisarlo. En los próximos veinticinco minutos. En persona.

—Marisol, te ruego la prudencia profesional.

—Juliancito, llevo once años siendo prudente. Hoy me tomo una excepción.

Salgo del despacho sin haber cerrado el expediente Acuña.

Lo cierra Zeneida por mí, porque Zeneida sabe que hoy no es día de los Acuña.

Cruzo la sala de reuniones donde Lisette está dictándole unas notas a una pasante nueva que acaba de llegar del Isa de Derecho.

Lisette Ocampo Duarte levanta la vista, me analiza con la mirada clínica de quien lleva tres divorcios ajenos gestionados esta misma semana, y entiende en dos segundos que esto no es una urgencia comercial.

—¿Marisol?

—Luego, Lisette. Luego.

—Espera.

Me sigue por el pasillo. La pasante se queda con la boca abierta. Lisette me alcanza en el rellano del ascensor. Se planta delante.

—Mari, ¿quién ha muerto?

—Nadie.

—Mari, tu cara dice otra cosa.

—Lisette, mi abuela me ha casado.

—¡¿Qué?!

—Me ha casado. Acta registrada esta mañana. Con un chef del Vedado al que no conozco. Voy a verlo ahora.

Lisette me mira cuatro segundos completos. Luego sonríe. No la sonrisa que dedica a la pasante. La otra, la suya, la de las noches en el Dandy. Me pone la mano en el brazo.

—Mari, ¿quieres que te acompañe?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro. Esto lo resuelvo yo.

—Mari.

—Dime.

—No le pegues al chef, por favor. Luego los cargos son caros.

—Buenos días, señora Bermúdez —dice alguien desde la mesa del fondo.

No miro. No hace falta.

Las risas no llegan a ser risas. Pero están.

—Lisette, yo no le voy a pegar.

—Tu cara dice otra cosa.

—Mi cara miente, por suerte.

Me meto en el ascensor. Lisette se queda en el rellano con los brazos cruzados y la cabeza ladeada. Antes de que las puertas se cierren del todo, me lanza una última frase.

—Si es guapo, me llamas. Tengo derecho.

—Lisette.

—Tienes una obligación de amiga.

Se cierran las puertas. Bajo tres pisos.

Salgo a la calle Obispo con el bolso cruzado, los tacones marcando ritmo de marcha militar sobre los adoquines, y una furia controlada que los once años de tribunales me han enseñado a transportar sin derramar.

El taxi que me recoge en la esquina de Mercaderes es un Moskvitch blanco con los asientos forrados en plástico.

El conductor tiene la radio puesta en una emisora que pasa rumba.

El plástico del asiento está caliente y se pega ligeramente a la parte de atrás de los muslos cuando me siento.

Un detalle mínimo, físico, real, que mi cuerpo registra antes que mi cabeza.

—Señorita, ¿dónde vamos?

—Vedado. Calle 17 entre 8 y 10. El Fogón de Leandro.

—Ah, el paladar. Buenísimo el ajiaco.

—No voy a comer, señor.

—Una lástima.

—Una lástima, quizá. Pero no voy a comer.

—¿Asunto personal?

—Asunto jurídico.

—Los jurídicos son los peores.

—Por eso los cobramos más caros.

El taxista se ríe corto. Pone la rumba un poco más baja, por respeto.

Arranca. Veo pasar La Habana Vieja por la ventanilla.

Los balcones con la ropa tendida, los turistas en shorts dándose calor mutuo con las cámaras, los niños pateando una pelota de trapo en una plaza cuadrada.

La ciudad sigue respirando en su ritmo habitual.

Yo estoy casada con un desconocido y la ciudad no se ha enterado.

«Marisol Prieto Ferrer, un lunes. Un lunes a las once menos cuarto de la mañana.

Te ha montado el circo tu propia abuela.

Vas a entrar en ese paladar, vas a pedirle explicaciones al hombre, y le vas a decir muy claro que en noventa días estamos divorciados legalmente.

Ni una palabra de más. Ni una pregunta personal. Solo procedimiento».

Abro el bolso. Saco un pañuelo de papel.

Me limpio la palma derecha. La palma tiene una línea fina de tinta azul que el bolígrafo me ha dejado cuando lo apretaba en el despacho, un rastro lateral que aquí, en el asiento trasero de un Moskvitch, me llama la atención por primera vez.

La tinta no sale. La limpio dos veces. Sigue ahí, desteñida, como la marca de un lunes que todavía no he terminado de entender.

—Perfecto, abuela —murmuro sin darme cuenta—. Perfecto.

El taxi se detiene delante de la casona art déco de calle 17. Pago. Bajo. Me coloco el bolso en el hombro derecho. Me paso la mano por el pelo para alisarlo con el viento de la calle. Miro la fachada.

Dos escalones de entrada. Una puerta de madera con un cartel pintado a mano que dice El Fogón de Leandro en letras blancas sobre fondo burdeos.

Un olor a aceite, laurel y cebolla caliente que se escapa por la ventana de la cocina y le recuerda al transeúnte que aquí se trabaja en serio.

Dentro, voces, cubiertos chocando, una risa masculina breve.

Subo los dos escalones.

Empujo la puerta.

El paladar entero gira la cabeza hacia mí medio segundo.

Tres mesas ocupadas con clientes de almuerzo adelantado, dos camareros moviéndose con bandejas, una barra frente a la cocina abierta donde un muchacho joven apila platos limpios.

Y al fondo, detrás de una encimera de mármol, con cuchillo en la mano y medio kilo de tomates delante, un hombre alto de hombros anchos con camisa blanca ligeramente arremangada, barba corta, canas en las sienes, y unos ojos que levantan la vista al ruido de la puerta.

Me miran.

Nos miramos.

«Marisol Prieto Ferrer, este es tu marido. Felicidades».