Nuestro mejor error UNO
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UNO

Tengo un divorcio contencioso a las once y cuarto, una mediación extrajudicial a la una, y una clienta de Miramar convencida de que su marido le ha estado escondiendo un yate en la bahía de Cienfuegos desde diciembre.

Lunes perfecto para no recibir sorpresas.

Dos tazas de café ya vacías sobre la mesa, el aire acondicionado del despacho haciendo ese ruido metálico que Zeneida Palenzuela lleva tres semanas prometiéndonos que va a arreglar, y un expediente abierto en el que cinco adjetivos míos están listos para demoler a un marido en fuga.

Toda mi tranquilidad se sostiene sobre esa base: un lunes sin imprevistos. Los lunes con imprevistos los sobreviven solo los abogados penalistas.

Por eso, cuando Zeneida asoma la cabeza por la puerta de mi despacho con esa sonrisa suya que reserva exclusivamente para las catástrofes ajenas, me enderezo en la silla con la espalda más recta de lo necesario.

—Doctora Prieto.

—Zeneida, estoy revisando los Acuña. ¿Qué hay?

—El notario Fombellida está en recepción. Viene sin cita.

—Que espere. Lo recibo a las doce.

—Dice que es urgente, doctora.

—Todo lo que dicen los notarios es urgente. Es una deformación profesional colectiva.

—Doctora.

—Zeneida, dile que a las doce.

Zeneida no se mueve. Se apoya en el marco de la puerta con ese gesto suyo que significa tú me vas a escuchar porque yo lo he decidido así.

Tiene cuarenta y cinco años, una red de informantes que le envidiaría el G2 y una manera de mirar que predice desastres con precisión de sismógrafo. Hoy, esa manera está activa.

—Doctora, el muchacho está pálido. Viene con un sobre.

—Los muchachos con sobre pueden esperar.

—Lleva quince minutos sentado en la misma silla sin pedir agua. En esta casa, eso es grave.

«Marisol Prieto Ferrer, céntrate. Juliancito Fombellida es un notario joven con vocación de dramaturgo. Una vez te trajo con cara de entierro un acta que era la revisión anual de un piso. Respira. Que pase».

—Que pase, Zeneida.

—Enseguida, doctora.

Zeneida desaparece. Yo cierro el expediente de los Acuña con el bolígrafo metido entre la página doce y la trece, por si tengo que volver rápido, y me acomodo los dos puños del traje gris.

Recojo un mechón rubio suelto. El espejo pequeño que tengo detrás de la puerta me confirma que la mañana aún me funciona.

Respiro dos veces. Sirvo café para mí del termo y un segundo café para la visita, que es lo que hace una abogada cubana bien educada incluso con notarios que traen sobres urgentes.

Juliancito Fombellida entra en mi despacho dos minutos después con esa expresión que solo ponen los notarios que han descubierto un error en un expediente que ellos mismos han firmado.

—Marisol.

—Juliancito. Siéntate.

—Prefiero quedarme de pie.

—Entonces yo prefiero seguir sentada. Dime.

Lleva el sobre de papel manila con las dos manos, como si le pesase más de lo que pesa.

Tiene treinta años. Se peina con un producto que se extiende más de la cuenta.

Lleva una corbata estrecha color vino tinto, demasiado formal para la hora.

Suda ligeramente en la raíz del pelo. Cuando le he visto en cenas del colegio profesional, siempre me ha parecido un hombre correcto con una ambición moderada de agradar.

Hoy no parece ambicioso. Hoy parece un acusado.

—Marisol, esto lo he descubierto hace una hora y media.

—Juliancito.

—Perdón, es que no sé cómo empezar.

—Por el principio suele ser útil.

—Marisol, has firmado un acta de matrimonio.

Hago una pausa de medio segundo. No la pausa larga que guardo para los clientes inestables. Una pausa corta, profesional, de abogada que acaba de oír algo absurdo y que se toma el tiempo de cargar munición.

—¿Quién ha firmado qué?

—Tú. Un acta de matrimonio. El viernes por la tarde. En el domicilio de Doña Enriqueta Ferrer. Yo mismo la registré esta mañana a las ocho y diecisiete.

—Juliancito, es lunes. Son las once menos veinte. Dime algo que tenga sentido antes de las once y cuarto, que tengo audiencia.

—Marisol, el expediente es el 2026 barra 0412. Contrayentes: Marisol Prieto Ferrer. Y Leandro Bermúdez Castillo.

—¿Quién?

—Leandro Bermúdez Castillo. Chef. Dueño del paladar de calle 17 entre 8 y 10, Vedado. El Fogón de Leandro. Mi primo lejano por parte camagüeyana.

Se me seca la boca. Mi mano derecha, por costumbre profesional, se cierra alrededor del bolígrafo.

El bolígrafo es de la marca que Don Heriberto regala por Navidad a los socios.

Pesa. Me ayuda a no levantarme. Aprieto dos milímetros más de lo necesario.

La punta, apoyada contra la hoja del expediente Acuña que sigue entreabierto sobre la mesa, suelta una gota pequeña de tinta azul que se extiende por el margen derecho en una mancha del tamaño de una lenteja.

No levanto el bolígrafo. Lo dejo donde está. La mancha me sirve de pararrayos.

«Marisol Prieto Ferrer, esto no puede estar pasando. Esto no está pasando. Esto pasa en una telenovela de Telesur. Céntrate».

—Juliancito, acércame el sobre.

Me lo acerca. Lo abro con la lentitud de quien desactiva una bomba casera.

Dentro, una copia compulsada del acta, con el sello en relieve del registro civil municipal, la firma del funcionario de guardia el sábado, dos bandas verdes, un número de expediente en la esquina superior derecha.

Abajo, en caligrafía azul, mi firma. La misma de siempre.

Punto de la i baja. Trazo final ascendente.

Como si cerrara un expediente, solo que esta vez el expediente era mi vida civil.

El engrosamiento del trazo inicial, ese reborde azul un poco más denso de lo habitual, lo reconozco antes incluso de pensarlo.

Lo produje yo. El viernes por la tarde, con el loro gritándole el artículo ochenta y siete a toda la manzana y mi abuela fingiendo respingar por el susto, apreté el bolígrafo medio milímetro más de lo que una firma limpia tolera.

Llevo once años firmando acuerdos, demandas, escrituras y disoluciones.

Nunca aprieto. Aquel viernes, apreté. Mi propia mano me firmó la prueba incriminatoria.

Al lado de mi firma, una segunda firma en tinta negra. Letra de cocinero: trazos firmes, letras inclinadas, eme mayúscula grande con rúbrica final.

Leandro Bermúdez Castillo.

Levanto la cabeza. Juliancito no me mira. Juliancito está inspeccionando con devoción el rodapié del despacho.

—Juliancito, ¿tú estás diciéndome que mi abuela me casó?

—Marisol, yo no digo eso. Yo no he dicho en ningún momento que Doña Enriqueta te casara a propósito. Yo solo digo que firmaste un acta de matrimonio creyendo firmar un poder notarial sobre un piano vertical. Que es distinto.

—Juliancito, ¿tú piensas que lo hizo sin querer?

—Yo, profesionalmente, no pienso. Yo registro.

—Juliancito.

—Marisol, me paga ella.

—¿Quién te paga?

—Tu abuela. Me pagó una gestión notarial el viernes por la tarde.

Me trajo las dos carpetas al sábado por la mañana.

Me dijo que era una firma de poder y un acta conmemorativa del aniversario de tus abuelos.

Me hizo las tres preguntas reglamentarias.

Yo no tengo obligación de abrir el contenido si la propuesta ha sido formalmente presentada por un funcionario jubilado con competencias de instrucción.

—Juliancito, mi abuela no es funcionaria en activo.

—No. Pero sus competencias instructoras no caducan. Una laguna del sistema notarial cubano, Marisol, no es mi culpa. Yo trabajo con las lagunas que tengo.

—Con las lagunas.

Lo digo bajito. Lo digo por dentro, primero. Luego por fuera.

—Con las lagunas. Juliancito. Tú te escondes detrás de las lagunas.

Llevas tres minutos escondiéndote detrás de las lagunas.

Con la corbata vino tinto, con la cara de acusado, con el yo registro, Marisol, yo registro, y con la lagrimita reglamentaria del notario joven que se acaba de dar cuenta de que ha firmado una barbaridad.

—Marisol.

—No me interrumpas.

Le pego un manotazo a la mesa. No fuerte.

Lo suficiente para que la taza en la que acaba de beberse el café dé medio salto, se mueva tres centímetros hacia su borde, y vuelva a aterrizar sin caer.

Juliancito pega un respingo. La pluma de Don Heriberto me cae de la mano, rueda tres centímetros por el escritorio, y se detiene contra el borde del expediente Acuña sin caer al suelo.

La mancha azul del margen se extiende otros dos milímetros por simple capilaridad cubana.

—Juliancito, tú me avisas a las doce del sábado.

Tú me llamas el sábado. Tú me escribes el sábado.

Tú me mandas una mensajera con una cartilla del sábado.

No me apareces aquí el lunes a las once menos veinte con el acta registrada del lunes a las ocho y diecisiete.

Que eso lo hiciste tú. Tú solo. A las ocho y diecisiete de un lunes.

Sabiendo perfectamente lo que tenías en la mesa.

—Marisol, lo registré por obligación de archivo.

—Lo registraste para lavarte las manos antes de que te las lavaran a ti.

Me conozco el artículo, Juliancito. Dos años en el colegio profesional revisando protocolos notariales.

Me lo sé de memoria. Si tú te hubieras esperado al martes, en las cuarenta y ocho horas de ventana administrativa, mi abuela y yo tendríamos ahora mismo margen de maniobra sin pasar por anulación.

Pero te lo has quitado de encima a las ocho y diecisiete porque los notarios jóvenes preferís el sobre cerrado al sobre abierto.

Y ahora yo tengo noventa días, Juliancito.

Noventa. Por tu respeto al artículo cuarto.

Hago una pausa. Me oigo a mí misma. No me gusta oírme así. Hace cuatro años y siete meses que no me oigo a mí misma así, desde que una clienta de Cárdenas me retiró un expediente a mitad de juicio y le solté una frase que me costó dos semanas de remordimiento profesional. Hoy, otra vez.

«Marisol Prieto Ferrer, para. Está dando la cara. Para».

Paro.