Nuestro mejor error
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PRÓLOGO
Llevo cinco años casando y divorciando a parejas ajenas.
Tengo un despacho con vistas al puerto, un traje gris impecable colgado detrás de la puerta y una norma profesional que nunca se discute en voz alta: no mirar al cliente como mira el cliente a su pareja.
La norma se me rompió un viernes a las seis y cuarto de la tarde por culpa de mi abuela, un loro amazona y un poder notarial mal firmado.
Aunque eso, aquel viernes concreto, yo todavía no lo sabía.
Subo los cuatro pisos a pie porque el ascensor del edificio del Malecón lleva averiado desde noviembre y el administrador prefiere discutir averías en asamblea antes que llamar a un técnico.
Para cuando llego al quinto tengo el pelo pegado a la sien, el traje de oficina arrugado por el calor traicionero de un enero habanero que no sabe que es enero, y una ligera mala conciencia por estar llegando con retraso a un sitio donde las abuelas no perdonan el retraso.
Toco el timbre. Verdoso contesta antes que mi abuela.
—¡Artículo ochenta y siete! —chilla al otro lado de la puerta, con la convicción de un diputado con resaca.
—Artículo a ti en la olla, animal de pluma —murmuro, bajito, porque mi abuela tiene un oído selectivo que no respeta distancias.
Doña Enriqueta Ferrer abre la puerta dos segundos después con unas gafas que no son las suyas y una sonrisa que sí. Setenta y cuatro años de chismorreo acumulado le dan un brillo que ninguna óptica del Vedado es capaz de corregir.
—Niña, pasa, pasa, que tengo el papeleo listo. Y Verdoso está insoportable hoy.
—Abuela, ese bicho lleva diez años insoportable.
—Once, muchacha. Pero hoy, más.
Paso. El salón de mi abuela parece un archivo municipal asaltado por un gato.
Hay periódicos dominicales de hace tres meses apilados en una esquina, una jaula enorme con un loro verde que me mira como se mira a una sospechosa, tres pares de gafas repartidos por superficies aleatorias y, en el centro, una mesa redonda con dos carpetas abiertas, una taza de café frío y una lámpara encendida aunque por el balcón todavía entra luz.
—Abuela, tres pares de gafas y no llevas ninguno tuyo.
—Las mías están en la cocina, niña.
—La cocina está a seis metros.
—Seis metros, a mi edad, es una excursión —responde, con el tono solemne de quien acaba de dictar doctrina—. Además, con estas veo bien. Un poco de más, un poco de menos. Lo importante es ver algo.
Dejo el bolso en el sofá. Miro la mesa. A primera vista, dos expedientes del mismo color pardo administrativo, con esos sellos cubanos que dan la impresión de haber pasado por el aduanero del siglo veinte.
A segunda vista, dos carpetas que parecen idénticas sin serlo.
Clásico de Doña Enriqueta: el caos organizado con una precisión milimétrica que solo ella descifra.
—Siéntate, niña. Y pon el bolso bien, que Verdoso me lo rompe todo si huele perfume.
—Abuela, es un bolso de trabajo. No lleva perfume.
—Todos los bolsos de las muchachas llevan algún perfume. Los loros cubanos lo saben. Son más cubanos que nosotras.
«Marisol Prieto Ferrer, céntrate. Cinco minutos. Firmas, te vas, cenas sola con una copa de vino barato y el lunes retomas la vida como dicta la planificación».
El plan del viernes lo calculé a las siete de la mañana mientras me cepillaba los dientes.
A las seis y cuarto, por casa de la abuela.
Firmar un poder notarial sobre el piano vertical de la tía abuela Petronila —piano que llevaba veinticinco años acumulando polvo en un cuarto trasero del edificio—, besar a la abuela en la mejilla y salir corriendo.
A las siete, en mi apartamento de la calle Veintitrés, descalza, con una copa de vino en la mano y un plato de queso blanco.
Ni un minuto más, ni un minuto menos. Los viernes en La Habana son sagrados.
Lo fueron. Aquel dejó de serlo.
—Enriqueta, ¿qué es todo esto?
—Niña, el poder notarial del piano. Petronila te dejó la autorización para gestionarlo. Como eres abogada, supuse que te convenía tú misma.
—Abuela, Petronila murió hace catorce años.
—Y hace catorce años te dejó el piano. Pero la autorización notarial te la hago yo ahora que me he jubilado y tengo tiempo.
—Abuela, tú llevas jubilada doce años.
—Niña —sentencia ella, acomodándose las gafas ajenas—, el tiempo notarial es distinto al tiempo civil. Tú lo sabes mejor que yo. Firma aquí.
Me siento en la silla que queda libre. Verdoso me observa desde la jaula con la dignidad de un juez municipal retirado.
La abuela me desliza la primera carpeta, abierta por la última página, con un sello, un espacio para firma y tres líneas en su caligrafía de juzgado.
Letra redonda, tinta azul, los trazos inclinándose al final porque lleva dos décadas con un pulso que ella prefiere atribuir al cambio climático.
—Abuela, ¿no quieres que lo lea primero?
—Niña, tú eres abogada. Si lo lees, me pones pegas. Y yo tengo el papeleo a la perfección. Firma y nos tomamos un tilo.
—Enriqueta, yo no tomo tilo.
—Por una vez, harás una excepción.
Pone otra vez el bolígrafo delante de mí.
Suspiro. Hago lo que se hace con las abuelas cubanas cuando tienen papeleo y bolígrafo listos al mismo tiempo: obedecer.
Firmo. La pluma raspa el papel con un chirrido agradable, casi solemne.
Mi firma sale como sale siempre, con el punto de la i bajo y el trazo final ascendente, como si cerrara un expediente.
Cierro la carpeta.
—¿Ya, abuela?
—Ya, niña. Gracias. Tilo.
—Abuela, nada de tilo. Me tengo que ir.
—Siempre te tienes que ir —suspira, mirando el techo como si el techo supiera algo—. Cuando eras pequeña también te tenías que ir de todos los sitios. Ni siquiera a los cumpleaños te quedabas hasta la tarta.
—Abuela.
—Cosa mía. Me callo. Ahora firma esta otra.
Me tiende la segunda carpeta. Idéntica a la primera a simple vista.
El mismo pardo administrativo, los mismos sellos rojos, la misma disposición de la hoja.
En el espacio para firma, una línea vacía.
Arriba del todo, un titular en letras pequeñas que no me molesto en leer porque mi abuela tiene prisa por el tilo y yo tengo prisa por la copa de vino.
«Dos carpetas, una firma doble. Clásico de Enriqueta Ferrer, la mujer que tiene tres pares de gafas y ninguno a mano».
—¿Qué es esto, abuela?
—El duplicado del poder, niña. Por si el primero se pierde en la notaría. Ya sabes cómo son las oficinas cubanas.
—Abuela, las oficinas cubanas no pierden los expedientes. Los archivan en sitios donde nadie los encuentra. Matiz distinto.
—Filosofía de sobremesa, muchacha. Firma.
En ese preciso momento, Verdoso decide que el viernes necesita un segundo protagonista. Aletea dos veces, da un saltito en la percha y grita con una convicción que no reservaba para los lunes.
—¡Artículo ochenta y siete del Código Civil! ¡El matrimonio!
El grito sale con tal volumen que mi abuela, que a sus setenta y cuatro años tiene el oído intacto cuando le conviene, pega un respingo pequeñísimo y le tiembla la mano izquierda lo justo.
La taza de café frío que tenía al lado de la carpeta se mueve dos centímetros.
El líquido llega al borde. No se derrama del todo; solo lo justo para manchar la esquina inferior izquierda del sobre exterior, una mancha marrón del tamaño de una moneda de un peso que mi abuela absorbe de inmediato con el pañuelo que se saca del bolsillo del vestido.
—Bicho, cállate —le riñe, sin mirarlo.
—¡Artículo ochenta y siete!
—Niña, firma rápido, que este animal hoy está poseído.
Apoyo el bolígrafo sobre la línea de firma.
Aprieto un poco más de la cuenta. La presión del dedo índice deja un reborde de tinta azul en el trazo inicial, un engrosamiento que no pertenece a mi firma habitual y que voy a recordar tres días después en un despacho muy distinto, con Juliancito Fombellida sentado frente a mí y un acta de matrimonio encima de la mesa.
La firma sale, pese al exceso de presión, igual que siempre.
Punto de la i bajo. Trazo final ascendente.
Como si cerrara un expediente. Solo que esta vez el expediente era mi vida civil.
Verdoso declara, por cuarta vez en la tarde, el artículo ochenta y siete del Código Civil.
—Verdoso, por Dios —murmura mi abuela, con una sonrisa que se demora un segundo más de lo que se demora una sonrisa casual.
Cierro también esa carpeta. La abuela me la recoge con una eficiencia que nunca ha tenido para buscar sus propias gafas.
Las apila con cariño. Les pone encima un pisapapeles de bronce con forma de león, regalo de mi tío el de Holguín, que ella detesta, pero no tira por respeto familiar.
Al colocar el pisapapeles, se le caen las gafas que no son suyas sobre la mesa.
No las recoge. Tiene los dos pares restantes repartidos estratégicamente por el salón y, en este minuto concreto, no los necesita.
Me levanto. Recojo el bolso del sofá. Me paso la mano por la frente, que me suda por culpa de los cuatro pisos.
Mi abuela, mientras tanto, ha movido dos centímetros una de las carpetas de la pila y ha colocado encima una libreta grande, de esas que usan las contadoras de barrio, cerrada con un elástico.
—Niña, una cosa antes de que te vayas.
—Dime, abuela.
Mi abuela abre el primer cajón del aparador, que siempre chirría, y saca un pequeño rectángulo amarillento con los bordes doblados. Lo pone sobre la mesa, cerca del pisapapeles, pero sin meterlo debajo. Lo deja a la vista, como quien no quiere la cosa.
Una postal. Antigua. La imagen del anverso muestra una avenida de palmeras con el rótulo Miami, Florida en letras rojas de los años noventa.
En el reverso, a medio girar, se adivina una caligrafía pequeña, apretada, que me paraliza durante medio segundo entero.
La letra de mi padre. Los trazos que vi, diez veces en mi vida, en diez postales que dejaron de llegar cuando yo cumplí siete años.
—Abuela.
—Niña, la guardé hace tiempo. No sabía si dártela. Hoy me he levantado y he pensado: pues hoy. Luego me lo pensé otra vez y decidí que no. Pero está ahí, por si un día de estos cambias tú de idea antes que yo.
—Abuela, yo no he cambiado de idea sobre esa postal en veintisiete años.
—Ya lo sé, niña. Por eso la dejo a la vista. Por si acaso. Los corazones cubanos son tozudos, pero los cubanos aprendemos a ceder, tarde o temprano. Aunque sea con un tilo.
Miro la postal. No la toco. No la aparto de mi vista tampoco.
Me limito a incorporar la imagen al fondo del salón, como se incorpora una lámpara que lleva años en el mismo sitio y que uno decide ignorar para poder seguir respirando.
Cojo el bolso. Beso a mi abuela en la mejilla.
La piel le huele a jabón Nácar y a un perfume antiguo que llevo treinta y dos años reconociendo con los ojos cerrados.
Verdoso grita una vez más, ya menos entusiasta, el artículo ochenta y siete.
—Abuela, me voy. Mañana te llamo.
—Niña, ponte crema. Se te reseca el cuello con este calor.
—Abuela, tengo treinta y dos años, no noventa.
—Razón de más, muchacha. La piel no perdona.
Bajo los cuatro pisos con la sensación, todavía indefinida, de haber olvidado algo.
No las llaves; las llaves las tengo en la mano.
No el móvil; el móvil me vibra en el bolsillo con un mensaje de Lisette, la amiga que me salva a medias los viernes, preguntándome si vamos al Dandy a las nueve.
No el paraguas, que en enero en La Habana sobra.
Algo intangible, irresoluto, como cuando cierras un expediente en el bufete y sabes que no lo has cerrado del todo.
En el descansillo del segundo, el tacón derecho se me engancha en un adoquín suelto. Me tuerzo levemente el tobillo. Me agarro a la barandilla con una mano y murmuro un taco elegante, de los que me enseñó Don Heriberto sin querer enseñarme nada.
«Marisol Prieto Ferrer, si la ciudad te pone piedras, tú sigues bajando. No vas a dejarte tumbar por un adoquín cubano a las seis y media de la tarde de un viernes».
Sigo bajando. Llego a la acera. El Malecón huele a sal, a gasolina y a pescado frito de un kiosquero cercano. El sol roza ya la línea del mar y le da al cielo ese tono rosado pétreo que los turistas siempre confunden con una postal.
La postal. Me acuerdo un segundo, sin querer, de la postal amarillenta sobre la mesa del salón de mi abuela. Sacudo la cabeza.
—Hoy no, papá —digo, en voz baja, a nadie en particular.
Sigo caminando hacia el Vedado, hacia mi apartamento de la calle Veintitrés, hacia una copa de vino que me he ganado por haber aguantado cuatro pisos y dos firmas.
En el cuarto piso del edificio que acabo de dejar atrás, mi abuela apila las dos carpetas sobre el aparador, les pone encima el pisapapeles del león, guarda la libreta con elástico en el cajón que chirría, coge una de las carpetas —la segunda, la que yo creía ser un duplicado— y la deja sobre la mesa, abierta por la primera página.
La cabecera, en tipografía oficial, dice:
Acta de matrimonio civil. Registro N.º 2026/0412. Contrayentes: Marisol Prieto Ferrer y Leandro Bermúdez Castillo.
Mi abuela se sube las gafas de lejos —que en realidad son las de cerca, porque las ha vuelto a confundir— y lee la cabecera con una sonrisa imposible de clasificar. Verdoso, en la jaula, aletea dos veces.
—¡Artículo ochenta y siete!
—Bicho, esta vez sí te sale —le aprueba ella, con el orgullo discreto de una abuela que ha entrenado a su loro durante once años para ese momento exacto.
Cierra la carpeta con cuidado. Pasa el pulgar por encima de la mancha marrón de la esquina inferior izquierda, la borra con un poco de saliva y la punta de un pañuelo, y la deja seca.
Coge el teléfono fijo del aparador, marca un número que tiene apuntado en una libreta pequeña, y espera.
Tres tonos. Al otro lado, una voz masculina, tranquila, con el rumor de una cocina de fondo.
—¿Quién habla?
—Muchacho, soy Enriqueta. La abuela de Marisol. Ya lo hemos hecho. La niña acaba de firmar.
Silencio al otro lado. Un suspiro. Una sartén que chisporrotea.
—Doña Enriqueta, ¿usted está segura de que esto va a funcionar?
—Muchacho, yo fui jueza cincuenta años. Sé cuándo dos personas se van a enamorar antes de que ellas mismas lo sepan. Y ustedes dos, tú y mi nieta, son de los que saben tarde. Pero saben.
—Doña Enriqueta...
—Muchacho, no me discutas. Prepara la cocina. Algo me dice que mañana por la mañana te va a visitar una abogada enfadada. Muy enfadada.
Cuelga. Se queda un segundo apoyada en el aparador, con la mano todavía sobre el auricular. Mira a Verdoso. Verdoso la mira a ella. Entre los dos hay un entendimiento de once años que no necesita pasar por el castellano.
—Bicho, ya somos cómplices.
—¡Artículo ochenta y siete!
—Pero discretos, ¿eh? De esto no se entera nadie hasta que la niña venga mañana dando voces.