Capítulo 21 — Hunter
Decidimos volver al hotel caminando por París.
Era una noche tranquila y fresca, un alivio después de las altas temperaturas del día, y ninguno de los tres quería que aquel momento terminara aún.
Taylor dijo que al día siguiente enviaría a Lucca a recoger su coche del restaurante, así que éramos libres de pasear por la ciudad.
—¿Momento más vergonzoso? —me pregunta el jugador de baloncesto. Lleva así todo el camino, queriendo saber más de nosotros.
—En sexto. Le envié una cartita declarándome a la chica más guapa de la clase y ella la leyó en voz alta delante de todos. Quería morirme ahí mismo —le cuento, y su cara es una mezcla de lástima y ganas de reírse.
—Ay, pobrecito. Tan joven y ya con el corazón roto —dice, aunque al final se ríe, incapaz de contenerse. Me encojo de hombros, riéndome también.
—No pasa nada. Tres años después pegué el estirón y fue ella quien me persiguió a mí —presumo, y la boca de Taylor forma una «O» perfecta de sorpresa.
—¡Por favor, dime que te vengaste!
—Pues sí. Me lié con su hermana, que era un año mayor —confieso, y el hombre suelta una carcajada.
—Es maravilloso cómo da vueltas el mundo —añade, y asiento. La venganza había sido muy dulce.
—Tu turno, Lai —Taylor sigue con sus preguntas, ahora mirando a la pequeña mujer a mi lado—. ¿Tu mayor fantasía?
—¿Sexual?
—La que quieras compartir —le asegura Taylor, y yo también siento curiosidad por lo que vaya a responder, aunque me hago una idea. Laila se muerde el labio mientras piensa.
—Me gusta el peligro y tengo una gran debilidad por el voyerismo, así que... mis fantasías suelen girar en torno al sexo en lugares prohibidos, sean cuales sean. —Responde sin rodeos, y sonrío con malicia. En efecto, cuanto más arriesgado, más mojada se ponía mi chica.
Taylor suelta un silbido de admiración.
—¿Y cuál es el lugar más prohibido donde habéis follado vosotros dos? —pregunta de nuevo, curioso. Intercambio una mirada con Laila y esbozo una sonrisa cómplice.
—La escalera de la empresa de sus padres.
No nos pillaron de pura suerte, porque una docena de personas entraron en el hueco de la escalera y subieron varios pisos mientras yo estaba enterrado hasta el fondo en Laila.
No podía parar, y si hubieran subido solo un piso más, nos habrían pillado —le cuento, y Taylor se ríe, impresionado.
Al mismo tiempo, un brillo de curiosidad se asienta en su mirada.
—Dios mío, estáis locos los dos. Pero debe de ser intenso, ¿no? —confiesa, y levanto una ceja.
—¿Nunca has hecho nada tan loco, señor Carter? —pregunto, y el hombre se apresura a negar con la cabeza.
—No. Siempre tuve demasiado miedo de que me pillaran —dice, y para oídos menos entrenados, sonaría como una respuesta bastante simple. Yo, sin embargo, capto el poso de arrepentimiento que se esconde ahí.
Paso un brazo por los anchos hombros del jugador y le hablo al oído.
—¿Y con nosotros? ¿Te gustaría aventurarte? —lanzo la pregunta, y Taylor se detiene en seco, alternando la mirada entre Laila y yo. Mi mujer adopta una expresión de pura anticipación en su bonita cara.
—Sí. Sería una completa locura, pero... creo que hay muy poco que no estaría dispuesto a hacer con vosotros dos —responde, con tanta honestidad en la voz que me da escalofríos. Esbozo una sonrisa lenta y echo un vistazo rápido a nuestro alrededor.
Es de madrugada y la Ciudad de la Luz está relativamente tranquila.
Muy pocos coches pasan por la calle en la que estamos, y el único sonido que se oye a nuestro alrededor proviene de un pub que dejamos atrás hace unas manzanas.
Un callejón estrecho y mal iluminado a mi derecha parece perfecto para lo que tengo en mente.
Agarro a Taylor por la nuca y acerco nuestras bocas.
—¿Y qué te parece ahora? —pregunto, mientras arrastro a ambos al espacio estrecho. Debe de ser la entrada lateral de alguna tienda, pero la oscuridad y la aparente ausencia de cámaras me bastan.
Beso a Taylor con fuerza, deslizando la lengua en su boca con anhelo, como llevo queriendo hacer desde que apareció en el gimnasio esta tarde.
El hombre gime contra mis labios y nos movemos sin rumbo fijo hasta que encuentro una pared para apretarlo contra mi cuerpo.
Joder, qué buena es esa sensación. Como somos de altura similar, encajamos perfectamente, y la bragueta de mi pantalón se encuentra con la suya, dejando patentes nuestras erecciones.
Separo nuestras bocas para mirar a un lado y encontrar a mi pequeña mujer observándonos con deseo.
La atraigo hacia el centro de nuestros cuerpos y ella suelta un gritito cuando la levanto y presiono su espalda contra el pecho de Taylor.
Me rodea el torso con las piernas y la beso hasta que nos quedamos sin aliento.
Le tiro del labio inferior con los dientes antes de soltarle la boca.
Le llevo una mano a la nuca y aprieto ligeramente.
—Como esta es la aventura de Taylor, voy a dejar que él elija cómo quiere follarse a nuestra pequeña zorra bajo la luz de las estrellas. ¿Te parece bien, mi amor? —le pregunto, y ella asiente apresuradamente—. Buena chica.
Mi elogio la hace estremecerse, y sonrío.
Laila lleva un vestido de verano azul oscuro que facilita mucho esta pequeña escapada.
Sin dejar de mantenerla atrapada entre nuestros cuerpos, paso la mano de su nuca a la de Taylor y lo atraigo para otro beso.
Oigo a Laila jadear mientras intenta frotarse contra mi vientre.
Sonrío para mis adentros y le chupo la lengua al otro hombre.
Tiene las manos bajo mi camiseta y me encanta la sensación de esos dedos fuertes contra mi piel.
Cuando Laila también me clava las uñas en el brazo, me pregunto si este no será el mejor sándwich del mundo.
—Pero primero tenemos que prepararla, ¿verdad?
Rómpele las bragas. A esta chica sucia le encanta —murmuro contra sus labios mientras rompo el beso.
Taylor sonríe con malicia y lo siguiente que oigo es tela rasgándose, y la mujer en mis brazos sisea.
Taylor entonces tira de ella hacia sí, abriendo un espacio entre nuestros cuerpos para deslizar los dedos por su coño ahora desnudo.
Verla apretando los labios para no dejar escapar un gemido fuerte es una de las mejores vistas que existen.
—¿Te está tocando bien, Jaan? —pregunto mientras con la mano libre le manoseo los pechos.
—S-sí —confiesa en un suspiro y echa la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro del otro jugador.
—¿Quieres que te folle con esos dedos enormes? ¿O yo?
—Ambos —decide ella, y ahora se le escapa un gemido especialmente intenso, mezcla del suyo y del de Taylor. Esbozo una sonrisa depredadora y asiento.
—Entonces serán dos dedos de cada uno. A ver si nuestra pequeña zorra puede con ello.
Taylor me devuelve una sonrisa perversa al oírla aceptar. Sé que ya le ha metido los dedos porque Laila jadea, y al instante siguiente empieza a mover las caderas lentamente.
Dejo que mi mano recorra lentamente la piel de su pierna derecha, le aprieto el muslo y la provoco hasta que por fin llego a su centro.
Siento los dedos de Tay penetrándola y la humedad que le gotea por las piernas.
Empiezo metiendo un dedo, despacio, dejándola adaptarse, pero ya basta para hacernos gemir a los tres.
—Móntalo, mi amor. Monta bien estos tres dedos, porque todavía te queda uno más —advierto, y la gimnasta abre los ojos para mirarme suplicante.
Si quería más placer o menos, no lo sabía, y sospechaba que ella tampoco.
La follo con mi dedo al mismo ritmo que Taylor, disfrutando del calor de nuestras manos juntas, del coño caliente y resbaladizo, y de saber que cualquiera que pasara y prestara un poco de atención podría pillarnos.
La adrenalina me corre por las venas, y cuando decido que mi mujer está lista, le meto un dedo más.
Se estremece y abre la boca en un grito silencioso.
Sonrío y casi tiemblo de lujuria. La polla me duele dentro de los pantalones, atrapada por la tela mientras se muere por ocupar el lugar de mi mano y hundirse en Laila, pero me controlaré un poco más.
Estoy disfrutando demasiado de esta locura como para cambiar nada.
Mientras Laila gime casi sin control, pero tan bajo como puede, Taylor y yo alternamos entre hundirnos en los ojos del otro, dejando que la lujuria se desborde, y besarnos con furia, mordiéndonos en medio del beso.
Siento que nuestra mujer está a punto de correrse y pienso en acelerar mis movimientos, pero Taylor se me adelanta y le muerde el lóbulo de la oreja antes de susurrar:
—Córrete para nosotros, preciosa. Es solo el primero de los orgasmos que vamos a darte hoy.
Mi mujer gime en mis brazos y observo, fascinado, cómo me clava las uñas en los bíceps y el coño se le aprieta alrededor de nuestros dedos. Como sé que no podrá contener un grito, le cubro la boca y amortiguo el gemido de su clímax con mis labios.
Joder, qué bien sienta. Cuando el beso termina, su cuerpo todavía da ligeros temblores por el orgasmo, pero Taylor no parece dispuesto a dejar que nuestra chica descanse.
La suelta despacio, dejando que la mujer lánguida me rodee el cuello con los brazos para sostenerse.
Oigo más que veo a Taylor rasgar un condón con los dientes, abrirse los pantalones, y al instante siguiente entrar despacio en Laila por detrás.
Ambos cierran los ojos para gemir, y es la puta vista más hermosa del mundo.
Los siguientes minutos son pura locura. Taylor le aprieta la garganta a Laila con una mano mientras apoya la otra en mi hombro para poder follarla con fuerza. Tengo que taparle la boca a mi chica para que no grite demasiado, y ella me mira como si sufriera de tanto placer.
Estoy casi seguro de que voy a correrme en los pantalones solo por ser espectador de esta follada prohibida y deliciosa, pero entonces el jugador se detiene de golpe y atrae a Laila hacia él, rodeándole la cintura antes de mirarme con determinación.
—Saca la polla. Ahora —exige, y me encanta el tono autoritario de su voz. Obedezco al instante, me bajo los vaqueros junto con los bóxers y dejo que mi polla, dura a más no poder, salte libre—. Coge un poco de esa miel que te gotea entre las piernas y lubrícalo, preciosa.
Observo fascinado cómo Laila obedece, y pronto su mano resbaladiza se cierra entera alrededor de mi polla.
Cierro los ojos y aprieto los labios, porque ahora me toca a mí evitar gemir demasiado fuerte.
La mano delicada y familiar sube y baja unas cuantas veces, volviéndome loco, pero entonces Taylor nos sorprende de nuevo al volver a juntar nuestros cuerpos.
La mano de Laila no tuvo tiempo de soltarme la polla, y cuando el hombre vuelve a follarla con fuerza entiendo la intención: mientras la penetra, el impacto de los cuerpos hace que su mano se deslice por toda mi longitud en una paja deliciosa. Gimo largo y bajo, y Taylor sonríe.
—¿Te gusta así, cariño? —pregunta con voz ronca y sucia.
—Joder, sí —confirmo de inmediato.
—Entonces sujeta a nuestra chica sucia, porque voy a acelerar el ritmo —anuncia, y cumple su palabra. El golpe de su ingle contra el culo de Laila es audible y delicioso de oír.
—Sí. ¡Sí! Joder, no pares —murmura entre gemidos y otras palabras inconexas, de lo excitada que está.
Los dedos se le aprietan alrededor de mi polla mientras se acerca a otro orgasmo, y siento que yo también estoy cerca del límite.
Maldigo, gimo en voz baja y uso toda mi fuerza para no correrme antes que ellos.
Por suerte, Taylor deja caer la cara contra el hombro de Laila y dice:
—Córrete conmigo. ¡Ahora!
La orden no admite réplica, y yo no quería que la admitiera.
Me derramo contra mi propio cuerpo y el de mi mujer, y le trago el grito cuando se corre de nuevo.
El líquido caliente que nos corre por las piernas me dice que ha tenido un squirt espectacular.
Taylor grita nuestros nombres mientras toca el cielo, y siento que estoy en el paraíso.