Capítulo 18 — Laila
Dije que nunca volvería a beber de ese pozo.
Y en cuestión de días ya había bebido del pozo, saltado al pozo, me había ahogado en el pozo...
Y ahora echaba de menos el maldito pozo.
Y solo habían pasado dos días desde que Taylor Carter cogió un tren a Lille, donde el equipo de baloncesto disputa toda la fase de grupos.
Mierda.
Me muerdo la punta de una uña automáticamente y me culpo automáticamente. Así que decido meter las manos debajo de los muslos e intentar concentrarme en el entrenamiento de mi novio.
El primer partido de Hunter había sido el día anterior, donde vencieron al equipo argentino de manera brillante, tres sets a uno.
Eso había subido mucho los ánimos, y se notaba la energía de cada uno de ellos en la pista.
Estaba segura de que eso marcaría la diferencia en el próximo partido contra Alemania.
Cuando el móvil me vibra en el bolsillo, saco las manos ya hormigueantes de debajo de la pierna y lo abro. Encuentro un mensaje en un grupo nuevo que ha creado Taylor, en el que nos ha añadido a Hunter y a mí.
Taylor creó el grupo «las cosas buenas vienen de tres en tres»
Taylor: Estoy aburrido 🫠
Contengo la risa mientras escribo mi respuesta.
Laila: ¿No tienes un partido inaugural en un rato?
Taylor: Sí, pero entrenamos durante horas y ahora toca descansar, solo que no hay nada que hacer y no puedo dormir x.x
Laila: ¿Nada divertido que hacer ahí en Lille?
Taylor: No solo. Ojalá estuvierais aquí los dos
Laila: Según tengo entendido, tienes otros once compañeros de equipo...
Taylor: Y la mayoría están ocupados persiguiendo a alguna tía
El silbato que suena en la pista me hace levantar la vista, y veo que el entrenamiento de voleibol ha terminado. Hunter me lanza un beso y corre hacia el vestuario, así que vuelvo a concentrarme en el móvil.
Laila: ¿Y por qué no vas tú también a perseguir a alguien por ahí?
Eso hace que escriba y borre varias veces antes de responder por fin.
Taylor: Porque las únicas dos personas que me interesan sois vosotros
Me muerdo el labio para contener una sonrisita tonta.
Laila: Ajá, claro...
Taylor: Puede que no lo creas, pero es verdad
Laila: Lo aceptaré porque es bueno para mi ego... ¿Cuánto tiempo libre te queda?
Taylor: Unas dos horas
Laila: Hunter está en la ducha, pero no debería tardar mucho. Después volvemos al hotel y podríamos, no sé, ver una serie juntos.
Taylor: ¡Perfecto, estaré esperando! ¿Puedo ir eligiendo?
Laila: Puedes, pero nada de terror ni demasiado complicado, mi cerebro solo necesita entretenimiento y descanso.
Taylor: ¡Trato hecho!
Todavía con una pequeña sonrisa en el rostro, bloqueo la pantalla del móvil y me levanto para salir de la pista a esperar a mi novio.
¿Por qué demonios parecía que todo el mundo necesitaba hablar conmigo hoy?
Después de las casi dos horas que pasamos en una videollamada con Taylor viendo Love Is Blind, se acabó mi paz.
Primero vino una llamada de mi agente, Sheila, que quería cerrar dos nuevos patrocinios para mí.
Habría sido genial si esas empresas no estuvieran exigiendo un montón de contenido producido durante los juegos.
Rechacé con educación, pero por dentro me reía de su audacia al pensar que arriesgaría perder tanto tiempo en eso cuando necesito concentrarme en los Juegos Olímpicos y en mi objetivo de subir al podio.
A Sheila no le gustó nada y pasó media hora dándome la tabarra, pero no cambié de opinión y al final se rindió.
Después de eso, fui al gimnasio, y cuando volví, tuve que pasar un buen rato al teléfono con mi madre, porque había revisado mis vídeos de entrenamiento y tenía muchos comentarios que hacer.
Desde que se dio cuenta de que esto era lo que yo quería para mi futuro, mi madre también se metió de lleno en el mundo de la gimnasia.
Si no pasara la mayor parte del tiempo ayudando a mi padre a dirigir la empresa tecnológica familiar, estoy segura de que solicitaría el puesto de Ivanka.
También comprobó si estaba siguiendo la dieta que me puso la nutricionista y si estaba cuidando la muñeca izquierda como me había indicado el fisioterapeuta. Me la rompí hace un año y medio, pero estaba completamente curada y no había tenido ningún problema con ella.
Después de las mil recomendaciones, estaba agotada.
Quería a mis padres, pero el hecho de que ambos fueran controladores y perfeccionistas hacía que fuera difícil lidiar con ellos gran parte del tiempo.
Y crecer intentando ser perfecta en todo fue lo que me llevó a desarrollar un caso complicado de ansiedad.
Maya y Raj Malik, sin embargo, no lo sabían, y pretendía que nunca lo supieran.
Hunter me besa el hombro justo cuando cuelgo el teléfono, porque ya conoce las señales de mi agotamiento emocional.
—¿Quieres hablar? —ofrece, pero me acurruco contra su pecho y niego con la cabeza.
Estamos en la habitación de Taylor, ya que nos dejó su tarjeta de acceso. Su cama es más cómoda, la ducha más grande, y el televisor también. Por no hablar de la cafetera, claro. Desde luego que vamos a aprovechar todos los privilegios de la estrella de la NBA.
—No. Solo quiero distraerme —digo, y esta vez él me besa la coronilla.
—Menos mal que el partido de baloncesto está a punto de empezar. ¿Nos distraemos intentando gafar a los serbios? —propone, nombrando al rival del equipo estadounidense en este primer partido.
—Suena perfecto.
El plan perfecto no sale exactamente así.
El partido está extremadamente reñido. El equipo de EE.
UU. todavía no parece del todo sincronizado: fallan pases y cometen errores tontos que Serbia sabe aprovechar muy bien.
En la televisión, seguimos la expresión enfadada y tensa de Taylor cada vez que está en el banquillo o se comete un error en la cancha.
Hacen falta tres prórrogas de cinco minutos para romper el empate, y Bennett es el responsable del triple que da la victoria a los estadounidenses, 95 a 92.
Aun así, mientras corren hacia el vestuario, todo el equipo parece furioso de frustración.
Son el «Dream Team». Los nombres más grandes de la NBA, reunidos para llevarse otro oro y demostrar que el favoritismo no es ninguna tontería. Pasar por un apuro así justo en el partido inaugural tiene que ser agotador.
Hunter y yo habíamos pensado esperar a que Taylor llegara a su hotel para llamarlo. Pero mucho antes de eso, el nombre del jugador ilumina la pantalla de mi teléfono. Contesto enseguida, lo pongo en altavoz y dejo el móvil en el hueco del colchón entre mi novio y yo.
—¿Habéis visto esa mierda? —explota Taylor, sin molestarse en saludar.
—No fue una mierda, Tay, solo fue... —intenta Hunter, pero Taylor lo interrumpe.
—¡Fue terrible! ¡Parecía que todos jugaban por su cuenta y no como un maldito equipo!
Nunca habíamos jugado tan mal, ni siquiera en los partidos de exhibición antes de los Juegos Olímpicos, cuando nos enfrentamos a la maldita Serbia y ganamos fácilmente.
¡No puedo entender qué demonios pasó! —dispara, casi sin aliento—.
Dios mío, estoy tan cabreado. Ni siquiera el entrenador sabía qué decir.
Y no paro de darle vueltas a cada error en mi cabeza y...
—¡Respira, Taylor Anthony Carter! —intervengo antes de que se hunda en la inseguridad.
—¡No puedo!
—¡Sí que puedes! Inhala contando hasta cinco. Aguanta el aire tres segundos y suéltalo despacio —digo, y él gruñe al otro lado de la línea—. Venga, estoy aquí, te escucho. ¡Hazlo al menos diez veces!
Mi tono no admite réplica, así que enseguida oigo cómo inspira y espira despacio, tal como le enseñé. Cuando termina las diez repeticiones, pregunto:
—¿Mejor?
—Sí. Gracias.
—De nada. ¿Dónde estás?
—Ya en mi habitación. Me di una ducha rápida, aguanté las quejas de Richard y prácticamente salí corriendo hacia aquí.
—Bien. Voy a pasar la llamada a videollamada, y luego vemos los tres unos cuantos episodios más de Love Is Blind. Después, si estás más tranquilo, hablamos del partido, ¿vale?
—Pero...
—¿Vale? —repito con firmeza. Lo oigo resoplar de nuevo, frustrado.
—Vale, La —se rinde, y sonrío triunfante—. Voy a pillar algo de comer y te llamo enseguida.
—Vale. Aquí estaremos —le aseguro, y la llamada termina. Miro a Hunter, que me observa entre risas.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada, Jaan. Es que tiene gracia que consigas mangonear a un tío de dos metros, y encima a distancia —explica, y me encojo de hombros.
—Tú eres aún más alto y a ti también te mangoneo —contraataco, y él suelta una carcajada antes de atraerme hacia su pecho y plantarme un beso en los labios.
—Obedezco encantado y pienso seguir así —me asegura, y sonrío—. Excepto en el sexo, claro —añade, y me toca a mí reírme y robarle otro beso.
—Ahí es cuando obedezco yo encantada.