Capítulo 17 — Taylor
Me despierto con el sol dándome en la cara porque anoche olvidé cerrar las cortinas, agotado como estaba.
La ceremonia de apertura de la noche anterior fue preciosa, pero también larguísima, y el pobre Kenji hasta se mareó en el barco donde nos metieron.
En cuanto a mí, como no había comido nada antes de ir, el estómago me estuvo gruñendo durante horas.
Al final, sin embargo, lo único que importó fue la energía y la grandeza de ese momento.
Era la culminación del esfuerzo de todos: desde las personas que planificaron, construyeron y organizaron los juegos, hasta cada miembro del equipo técnico, el personal de apoyo y, por supuesto, los atletas.
Atletas de élite que venían literalmente de todos los rincones del planeta en busca del sueño olímpico.
Era imposible no emocionarse y sentir la piel de gallina al verse formando parte de aquello.
Tokio también había sido increíble para mí, pero con las restricciones del COVID, no se vivió con tanta intensidad como ahora.
De hecho, le pregunté a Cameron si esa sensación desaparecía con el tiempo, ya que él está en su cuarta edición. El jugador me confirmó que siempre era diferente, porque dependía de cuál había sido tu camino hasta ese momento, pero también me aseguró que nunca era menos intenso.
Las actuaciones también fueron impresionantes: Aya Nakamura me gustó tanto que me descargué todo su álbum en cuanto volvimos, y Celine Dion me hizo llorar prácticamente desde la primera nota.
—¿En qué piensas tan concentrado, ahí tumbado mirando al techo? —la voz suave de Laila rompe el silencio y me sobresalto, volviendo la cabeza para encontrar su cara junto a la mía en la cama.
Cenamos juntos en el hotel después del evento, y de ahí subimos a mi habitación, donde gasté las últimas reservas de energía que me quedaban para follar como locos. Tengo la impresión de que los tres nos quedamos fritos al mismo tiempo después del orgasmo.
Le dedico a Laila una media sonrisa y me apoyo en un codo para mirarla.
—Nada, solo repasando lo de ayer —explico.
—¿A ti también te dieron envidia un montón de uniformes de los otros equipos? —pregunta, y me río.
—La verdad es que no me fijé mucho. Lo único que sé es que nosotros estábamos guapísimos —digo, y ella asiente.
Bajo la mirada a sus labios y hago ademán de inclinarme para besarla, pero un sonido irritante y repetitivo resuena por toda la habitación.
Hunter, que yo creía profundamente dormido en el otro extremo de la cama, estira un brazo hacia la mesita de noche y gruñe al tener que apagar la alarma. Lo curioso es que lo hace sin abrir los ojos, y luego vuelve a dejarse caer sobre la almohada como si nada. No puedo evitarlo y me río.
—¿No tenéis entrenamiento a primera hora? —pregunto, y Laila asiente.
—Sí, pero hasta que no baje y le traiga un café, este ser humano no se despierta. Siempre es así —explica Laila, que ya se está levantando—. Cuando no estoy cerca, necesita tres alarmas para reunir el valor de prepararse para trabajar.
—¿Toma café de cápsulas? Tengo algunas opciones por ahí —digo, señalando con la barbilla hacia la consola donde hay una cafetera.
Ella se gira a mirar y se queda boquiabierta. Yo, sin embargo, estoy muy distraído, babeando con su cuerpo desnudo. Nadie puede culparme.
—Tienes una cafetera en tu habitación —dice indignada, y yo parpadeo, volviendo a centrarme en la conversación en lugar de en mis ganas de lamerla.
Me incorporo en la cama y la miro confundido.
—Sí...
—¿Por qué? ¿Eso viene de serie en estas suites de estrellitas? —me pincha, y se me escapa una sonrisa avergonzada.
—No, le pedí a Lucca que comprara una cuando llegué porque no puedo vivir sin ella —intento explicarme, y ella pone los ojos en blanco.
—Sabes que estás en París, ¿verdad? ¿Que si caminas en cualquier dirección encontrarás sitios donde sirven un café excelente y comida aún mejor?
—Lo sé... Pero es tan práctico y... estoy acostumbrado. Tengo una en mi habitación de Boston también —me justifico, pero eso solo hace que abra los ojos aún más.
—Dios mío, ¡qué mimado estás! Y lo digo yo, que soy la heredera de la empresa multimillonaria de mis padres —dice riéndose mientras camina hacia la máquina.
Admiro su culo desnudo, porque es más fuerte que yo. Elige una cápsula y la pone a preparar, luego se gira de nuevo hacia mí y me pilla mirándola con deseo.
—No me mires así, tengo un ensayo de la rutina de aparatos mixtos en media hora —dice, con un tono entre advertencia y diversión.
Levanto el hombro derecho en un gesto de «¿qué le vamos a hacer?».
—Yo hago magia en una cancha con solo quince minutos, princesa. Podría hacerlo contigo también —ofrezco engreído, dedicándole mi mejor sonrisa de chico malo.
Laila se ríe y se acerca.
—¿Ah, sí? A ver... Necesito ducharme y cambiarme, así que puedo ofrecerte diez minutos si tu propuesta es buena —contraataca, y mi sonrisa se ensancha.
—Si ella no lo quiere, yo sí. —La voz profunda de Hunter llega desde mi izquierda y me giro para encontrar su cara todavía marcada por la almohada, pero con los ojos brillantes de anticipación.
Le guiño un ojo sin dejar caer la sonrisa.
—En ese caso, déjame mamártela mientras ella se sienta en tu cara. —Mi oferta hace que Laila suelte una risita y Hunter simplemente aparta la sábana de sus piernas, con la polla ya medio empalmada.
Me relamo ante la vista.
—Me gusta este plan —anuncia Laila.
—Entonces ven aquí, mi amor. Vas a ser mi desayuno —decide Hunter, y Laila se limita a morderse el labio antes de caminar hacia él.
Se inclina para besarlo en la boca, pero al instante siguiente él ya la está subiendo y colocándola con las piernas abiertas a horcajadas sobre su torso. Hunter pasa entonces las manos por el cuerpo de su novia, alternando apretones con caricias suaves que la hacen estremecerse.
—¿Te has despertado ya tan mojada, Laila Malik?
—S-sí —confirma mientras lo observo pasar un dedo lentamente por su coño—. Eso es lo que pasa cuando os restregáis contra mi culo toda la noche —explica, y todavía me estoy riendo mientras me muevo por el colchón hasta donde quiero.
Me lamo la mano y la uso para empezar a acariciar al rubio. Él sisea y le da un azote en el culo a Laila.
—Sube aquí y pon ese coñito ansioso en mi boca ya —ordena, con esa voz aún más profunda y fuerte que adopta siempre que estamos en un dormitorio.
Laila se restriega contra los músculos de su novio y espera a recibir un azote más antes de obedecer por fin.
Sé cuándo su lengua la toca por fin, porque Laila deja escapar un gemido suave, así que me concentro en mi propia misión y me meto en la boca la polla de Hunter, ahora completamente dura.
Hunter es grande, y aunque quisiera, no podría meterlo entero en mi boca, pero bajo todo lo que puedo y sigo acariciando lo que queda fuera.
Es difícil explicar lo increíble que es todo esto: el sabor de Hunter en mi lengua, el culo de Laila ondulando sobre su cara, el sonido de sus gemidos y las guarradas que él suelta de vez en cuando...
El placer puro me recorre entero, y no puedo evitar llevar mi mano libre a mi polla, apretando y masturbándome rápido, porque quiero correrme con ellos.
Sé que Laila está a punto cuando sus gemiditos se vuelven más agudos y entrecortados, igual que sé que Hunter está al límite porque su polla se hincha entre mis labios.
Sonrío para mis adentros y me lo trago todo lo que puedo.
Oigo al jugador de voleibol maldecir y gemir mientras se corre con fuerza en mi boca.
Me incorporo rápido y voy hacia la cabecera, donde Laila se agarra mientras se restriega sin control.
Le agarro un pecho con una mano, le muerdo el hombro sin dejar de masturbarme, y alcanzo el orgasmo junto con ella, que grita, maldice y nos llama a Hunter y a mí.
El placer que me recorre el cuerpo es tan intenso que roza la locura, y cierro los ojos, disfrutando cada segundo de este paraíso. Cada vez con ellos parecía el mejor sexo de mi vida, y estaba seguro de que me habían echado a perder para cualquier otro.