Nuestro juego ganador Capítulo 6 — Laila
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Capítulo 6 — Laila

Miro los dulces sobre la mesa con verdadera rabia.

Una docena de milk cakes, un dulce indio clásico y uno de mis favoritos, perfectamente empaquetados en una cajita transparente decorada con un gran lazo.

Se me hace agua la boca de solo pensar en abrir la caja y comerme cada cuadradito como si fuera agua y yo estuviera en el desierto, pero el antojo aún no supera el odio que siento hacia Taylor Carter.

—¡Seguro que está intentando comprarnos con regalos! —refunfuño por lo que debe de ser la décima vez desde que el jugador de baloncesto me puso esas bolsas en la mano.

—No creo que esa fuera la intención, Jaan... —empieza Hunter, pero lo interrumpo.

—¿Cómo lo sabríamos? ¡No confío en él! Esta mañana aparece con esa cara de Gato con Botas disculpándose, pero en cuanto rechazamos retomar la amistad, ¡aparece aquí con regalos caros!

¿Cree que un poco de dulce y una cámara antigua van a borrar el hecho de que pasé meses aprendiendo a ignorar las miradas acusadoras?

¿Y las risas a tus espaldas, ya las olvidaste? —despotrico, y Hunter suspira.

—Por supuesto que no, pero tampoco quiero estar pensando en eso para siempre. Quizá solo intenta ser amable —dice mi novio.

—Si quiere ser amable, entonces ¿por qué no hace otra maldita transmisión en vivo retractándose de todo?

Eso sí sería amable —contraataco, y me cruzo de brazos.

Golpeteo el suelo con el pie sin parar, otra forma de liberar un poco de la rabia que llevo dentro—.

¡Puede que hayas aceptado esa disculpa y me hayas hecho morderme la lengua, pero sigo cabreada con él!

—Pensé que habíamos acordado que ya había pagado por sus pecados, mi amor —argumenta, y resoplo.

—Sí, pero ahora he cambiado de opinión otra vez —respondo, muy consciente de que suena más a berrinche que a otra cosa, pero me da igual—.

No quiero que ese tipo aparezca aquí pensando que nos conoce, pensando que puede repartir regalos tan perfectos para nosotros y colarse así.

¡Que nos tomen el pelo una vez, vale, pero dos veces solo demuestra que somos idiotas!

—despotrico, y Hunter se levanta del borde de la cama, se planta delante de mí y me toma de la barbilla para que lo mire.

—Nadie va a hacerte daño otra vez, mi amor. Te lo prometo —me asegura. Sus ojos azules intentan transmitirme calma—. Y si no te sientes cómoda con los regalos, podemos devolverlos. Seguro que así queda claro que nuestro límite fue aceptar la disculpa y punto.

Su convicción y su calma hacen que mis hombros se relajen un poco.

—Creo que es lo mejor —digo, y él me devuelve una sonrisa débil que me hace arquear una ceja—. Te parte el alma devolver esa cámara, ¿verdad?

Hunter suelta una risa corta y desvía la mirada hacia la mesa.

—Un poco. Es una Leica IIIa que parece estar en perfecto estado —admite, pasándose una mano por el pelo rubio oscuro—. Es difícil de encontrar, pero no imposible, así que ya me las apañaré para añadir una a la colección en otro momento.

Aunque está un poco frustrado, lo dice con convicción, y luego me besa la frente.

Suspiro y me aferro a sus anchos hombros.

Hunter me levanta y le rodeo la cintura con las piernas, pegada a él como un koala.

¿De quién es la culpa de que mida más de dos metros?

Era mi única opción para abrazarlo de verdad en lugar de quedarme mirándole el pecho. Además, me encantaba estar así.

Respiro hondo y me relajo contra él.

Todo iba a salir bien. Taylor Carter no iba a desestabilizarnos de nuevo.

Definitivamente no.

—¡Oh, por el amor de Dios! ¡No puede ser que ese que entra sea Carter! ¿Es que París solo tiene veinte habitantes, que tengo que cruzármelo cada cinco minutos? —digo, indignada, cuando veo al hombre entrar en el restaurante en el que Hunter y yo acabamos de sentarnos.

Mi novio intenta girarse para mirar, pero le llamo la atención antes de que termine el movimiento.

—¡No mires! ¡Nos verá aquí! —susurro, y Hunter se ríe.

—No soy precisamente la persona más discreta del local, ¿sabes? Nos va a ver de todas formas —dice el rubio, y resoplo.

Después de pedirle a un empleado del hotel que devolviera los regalos a Taylor Carter nada más despertarnos, decidimos salir a caminar un poco para despejarnos.

Ya conocía París —había venido una vez con mis padres y dos veces con Hunter—, pero la Ciudad de la Luz siempre tenía cosas geniales que ofrecer.

Después de recorrer una parte del Louvre, que supongo que nunca lograré ver en su totalidad, Hunter quería probar el local que había abierto uno de sus antiguos compañeros de equipo de la universidad.

Charles Durant se lesionó y dejó el voleibol para dedicarse a la gastronomía.

Conoció a una brasileña en la famosa escuela de cocina Le Cordon Bleu, y juntos montaron Portraits du Monde, un restaurante de cuatro plantas: la primera servía comida francesa, la segunda comida brasileña, y la tercera cambiaba cada tres meses para ofrecer la comida tradicional de un país diferente.

Esta vez tocaba Indonesia, y tanto Hunter como yo teníamos muchas ganas de probarlo.

La cuarta planta era la terraza, con un bar al aire libre que prometía unas vistas preciosas de París.

Así que, pudiendo estar en cualquiera de los mil sitios de París, ese maldito jugador de los Celtics había elegido precisamente este. E incluso aquí en Portraits, había otros tres pisos donde Taylor podría haber ido, pero no, claro, el destino tenía que ponérnoslo delante.

Para colmo, esos ojos oscuros encuentran los míos desde el otro lado de la sala. Aparto la mirada enseguida, pero no tan rápido como para no pillar su expresión de sorpresa.

Inspiro hondo y me concentro en Hunter.

—¡Como venga aquí, le voy a mandar al cuerno! —digo entre dientes, y mi novio aprieta los labios para no reírse.

—Estás muy mona cuando te enfadas —dice, y dejo escapar un pequeño sonido de protesta—. Pero relájate y concéntrate en nosotros, en lo que quieres pedir y adónde vamos después. No tendremos mucho tiempo libre de aquí en adelante.

Le saco la lengua, solo por fastidiarle por ser siempre ese pozo de calma y serenidad, lo que solo hace que sonría más. A mi madre le gusta decir que Hunter es un labrador y yo un pinscher miniatura. Odiaba no poder llevarle la contraria.

Respiro hondo otra vez e intento relajar un poco los hombros.

Cojo la carta y leo las opciones despacio.

Sé el momento exacto en que Taylor pasa justo al lado de nuestra mesa, porque se me pone la piel de gallina, pero no intenta hablarnos.

Una extraña mezcla de alivio y decepción me recorre el cuerpo, pero prefiero no ponerme a analizar esos sentimientos ahora mismo.

En su lugar, paro al primer camarero que pasa y pido la copa más grande de vino blanco que tengan.