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Sara me salvó la vida.
Recibió una cuchillada que iba directa a mí y que probablemente me habría matado.
Se sacrificó sin pensarlo.
Por eso, cuando consiguieron estabilizarla, cuando la ingresaron en el hospital y cuando por fin los doctores nos informaron de que estaba fuera de peligro, sentí tal alivio que me dejé llevar. Y lloré de alegría.
Porque, a pesar de todo el horror con el que nos habíamos topado, a pesar de no haber descubierto qué le había sucedido a Noa, me sentía dichoso.
Tras finalizar todos los trámites, tanto en comisaría como en el juzgado, decidí pasar unos días en Barcelona.
No tenía sentido continuar con mi tapadera en Miranda; a aquellas alturas, todos sabían ya quién era yo y lo que había ido a hacer al valle.
Además, necesitaba regresar para hablar con la madre de Noa en persona y reconocer mi fracaso.
Antes, sin embargo, fui a ver a Sara al hospital de Quintana de Ter donde estaba ingresada. Confiaba en estar de regreso para cuando le dieran el alta. Quería pasar todo el tiempo a su lado cuidándola y mimándola. El futuro con Sara me emocionaba.
La amaba.
Al menos había sacado algo bueno de toda aquella historia.
Cuando llegué, la abuela y Ricard, el hijo de Sara, estaban en la habitación, de modo que me quedé fuera para no interrumpirlos. Tampoco tenía prisa.
Me senté en una silla del pasillo y recordé entonces una de las cosas que había dicho Amadeo: que se había acercado a comisaría para ayudar en la búsqueda de Noa contando que aquella noche se cruzó con ella.
Sin duda debía de estar ansioso por que las sospechas no recayeran sobre él, por una vez que era inocente.
Y eso precisamente fue lo que debió de recordar el cabo Arnau Ventura cuando habló con Miranda Masferrer.
Lo que pasó después resultaba fácil de imaginar, y acabó con Amadeo descerrajándole dos escopetazos por miedo a que descubriera su secreto… si es que no lo había descubierto ya.
Triste final para una buena persona. Y un buen policía.
La puerta de la habitación se abrió y salieron el niño y la abuela. La mujer era mayor, pero no tanto como para ser la bisabuela de un chaval de doce años. Debía de haber tenido a su hija joven, y esta también a Sara.
Me puse en pie y la saludé, sin saber si la mujer tenía siquiera idea de mi existencia.
—Hola —dije—. Soy Víctor. Un amigo de Sara.
—¿Tú eres Víctor? —preguntó la mujer con los ojos muy abiertos—. Pues encantada. Yo soy Teresa. Y ese pequeño trasto de ahí es Ricard.
El niño nos ignoró y ocupó una de las sillas del pasillo, concentrado en el teléfono móvil de la abuela. En efecto, el azul de sus ojos era igual de intenso que el de los de su madre.
Saludé a la abuela con dos besos.
—Es increíble que se esté recuperando tan deprisa —dije.
Los sanitarios habían sido rápidos y efectivos. El cuchillo le había afectado al hígado y la vesícula, con gran riesgo de sepsis. Sin embargo, Sara había dado muestras de una gran resistencia física y lo había superado.
—Es una chica muy fuerte —dijo la mujer. Después sonrió y añadió—: Bueno, qué voy a decir yo, que soy su abuela.
Los dos reímos. El chaval levantó la mirada para ver qué tenía tanta gracia y después volvió a centrarla en la pantalla, sin entender nada.
—Pronto le darán el alta, seguro —dije.
—No lo dudes. La última vez que estuvimos aquí, apenas se pasó dos días ingresada. Y tendrías que haber visto el porrazo que se llevó. El coche no acabó siniestro total de milagro.
—¿Cuándo fue eso? —pregunté.
—Pues fue hace un año, precisamente, en las fiestas de Vilavella. Se le cruzó un corzo en la carretera. ¿No te lo había contado?
Tardé en reaccionar. La cabeza me iba a mil.
—Sí, algo me había dicho…
—Bueno, Víctor. Pues encantada. A ver cuándo te veo por casa. Espero que sea pronto.
—Claro —respondí, aunque apenas atendía a lo que me decía.
Los vi marchar por el pasillo, a abuela y bisnieto.
Y, antes de entrar a la habitación para hablar con Sara, tomé aire.
Lo iba a necesitar.