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Siguiendo la pista que les había brindado la testigo Miranda Masferrer, el sargento César Sánchez y tres de sus agentes iban camino de la casa de Amadeo Crespo cuando escucharon a la operadora de sala enviar a todas las patrullas disponibles a una dirección de Vilavella.
Salva fue el primero en percatarse de que se trataba del mismo lugar al que se dirigían ellos.
Tres ambulancias iban camino de allí también.
Los agentes de la Unidad de Investigación llegaron a la par que la primera de ellas.
Para sorpresa de César y el resto de los investigadores, Víctor Trafalgar se encontraba en la casa. Era él quien había avisado a los servicios de emergencia. Estaba agotado, tanto física como anímicamente, y no era para menos.
Al propio César le embargó el desasosiego cuando descubrió lo que había sucedido en ese sótano durante años.
En medio de aquel agujero asfixiante, los sanitarios seguían esforzándose por estabilizar a la chica apuñalada.
Su estado era grave. Había perdido demasiada sangre…
Al observarla con atención, César descubrió que se trataba de la camarera con la que había hablado a principios de julio, cuando subió por primera vez al santuario.
Recordó la intensidad de su mirada azul.
Daba la sensación de que había transcurrido un siglo desde aquel encuentro.
De pronto sintió la necesidad imperiosa de salir de allí. De respirar aire puro. De apartarse de aquel pozo envenenado.
Subió los escalones de dos en dos y abandonó la casa a toda prisa.
El primer pensamiento que cruzó su cabeza fue completamente absurdo: los periodistas iban a tener al Monstruo de Miranda que tanto anhelaban.