Nuestra señora del abismo 79
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El llanto no duró mucho, apenas ocho o diez segundos, durante los cuales ninguno de los tres se movió.

Cuando el silencio volvió reinar en la casa, Amadeo comenzó a mover la cabeza de lado a lado en señal de negación, con los ojos todavía cerrados. Estaba de pie junto al escritorio, sepultado bajo montañas de revistas.

—Tú y tus preguntitas… —Amadeo ni podía ni quería reprimir el odio que sentía hacia mí en aquellos momentos. Había comenzado casi en un murmullo, pero poco a poco fue elevando el volumen de su voz—. Tú y tus preguntitas… ¡Tú y tus putas preguntitas!

—Amadeo… —comencé, aunque enmudecí de golpe.

El cocinero se había vuelto por completo hacia mí y, ahora sí, me miraba con los ojos bien abiertos. No le había visto agarrar un objeto que había permanecido en todo momento apoyado contra el lateral del escritorio: una escopeta de cañones paralelos.

Hincó la culata en su hombro izquierdo y apuntó en mi dirección. Eran los mismos agujeros infinitos que habían mirado a Arnau antes de quitarle la vida.

Sara chilló aterrada e, instintivamente, se agazapó tras la pared del pasillo.

Yo estaba demasiado expuesto. No tenía tiempo para recular y ocultarme, de modo que me precipité sobre Amadeo y aferré los cañones con ambas manos. Tuve el tiempo justo para desviar la trayectoria del disparo cuando accionó el gatillo. Me libré del impacto, pero quedé momentáneamente sordo.

El forcejeo por el dominio de la escopeta continuó.

Todavía quedaba un segundo cartucho por detonar.

Yo sentía que el cañón me quemaba las manos, pero ni muerto pensaba soltarlo.

El tío era duro, fuerte como un toro, y trataba de embocarme con el arma para volver a abrir fuego.

Mientras, yo lo empujaba contra el escritorio para arrinconarlo. Y lo conseguí.

Al tocar la madera, la espalda se le comenzó a curvar. Estábamos pegados el uno al otro, con el arma incrustada entre los dos y apuntando al techo. Dejé caer todo mi peso sobre la escopeta y sobre él, y presioné con ambas manos hasta situar la boca de los cañones bajo su barbilla.

Deslicé una mano hasta el gatillo, donde topé con uno de sus dedos, aparté cuanto pude mi cara para protegerla, y apreté.

Se trataba de él o de mí.

El disparo a bocajarro provocó que una lluvia de postas le entrara por la parte izquierda de la barbilla y se le llevara media cara.

Mi rostro quedó salpicado de sangre, carne y astillas de hueso. Y estaba más sordo que antes. Pero seguía ileso.

Di un paso atrás y lo dejé caer al suelo.

La imagen era grotesca. Su cabeza desfigurada no paraba de sangrar, y durante varios segundos estuvo moviendo las extremidades entre espasmos, hasta quedar completamente quieto.

Busqué a Sara y la encontré hecha una bola, temblando de miedo y con la cara muy pálida.

—Ya está —le dije—. Ya ha pasado, tranquila.

Ella me abrazó, sin importarle la sangre y los restos humanos que me cubrían.

Y fue entonces cuando, nuevamente, oímos algo. Aunque, esta vez, no se trataba del llanto de un niño. Eran unos golpes contra algo metálico. Una puerta, quizá. E iban acompañados de gritos ahogados y palabras difíciles de percibir con claridad.

Había que averiguar de dónde provenían.

Me puse en pie y, seguido por Sara, abrí la habitación del fondo. Allí encontré una cama de matrimonio antigua, con dosel y cortinas marrones. Debía de tratarse de la habitación de Amadeo. Busqué pero no hallé a nadie.

A continuación, abrí la segunda habitación.

Temía encontrarme allí a Virgínia, pero tampoco había nadie.

Al encender la luz advertí que se trataba del cuarto de una chica, pero no de veinticinco años como tenía ella, sino de unos doce.

Había pósters antiguos en las paredes y todavía algunas muñecas sobre la cama.

Ahí dentro hacía siglos que no dormía nadie.

¿Era Virgínia la que hacía aquellos ruidos? ¿Dónde estaba?

Los golpes y los gritos cesaron de manera repentina. Salimos al pasillo y apunté con un dedo hacia el techo.

—Hay que averiguar cómo se sube a la buhardilla —dije.

—¿Ahí arriba? —me preguntó Sara con gesto de duda—. A mí me ha parecido más bien que los golpes provenían de esta pared.

Y señaló hacia el tabique de su derecha. Podía ser, pero al otro lado no había más que la habitación de la chica, y ya la habíamos registrado.

Volvieron los golpes y, esta vez sí, pude comprobar que en efecto provenían de aquel lado… Pero ¿cómo?

Miré hacia la entrada del pasillo y entonces reparé en el mueble con vajilla que había frente al baño. Estaba muy pegado a la pared.

Lo empujé lateralmente y, para mi sorpresa, pude desplazarlo sobre su base con relativa facilidad.

Ante nosotros apareció una puerta con cubierta de pladur. Aunque estaba pintada del mismo color blanco sucio que el resto de las paredes del pasillo, resultaba fácil distinguir su contorno.

Y tenía una cerradura.

Recordé el juego de llaves que Amadeo había depositado sobre la mesa del salón cuando se sentó con nosotros para hablar. Corrí hacia allí y lo cogí.

Al segundo intento, conseguí dar con la llave correcta.

Y, al otro lado, encontramos una escalera estrecha y empinada excavada en la tierra misma.

Las paredes eran de ladrillo hueco y los escalones de madera.

Al final de esta, había una puerta metálica.

Y era de ahí abajo, precisamente, de donde provenían los golpes porque, al otro lado, una mujer pedía ayuda de manera desesperada.

—¡Socorro! ¡Sacadme de aquí! ¡Por favor!

—¡Ya vamos! —exclamé.

La intensidad de los porrazos contra el metal se incrementó.

Sara estaba aterrada y no se separaba de mí. Yo también estaba acojonado, pero había que llegar al fondo de aquella locura. Probé con varias llaves y al fin encontré la buena.

Al abrir, lo primero que percibí fue un profundo hedor a humedad. Lo siguiente fue la presencia de una mujer de unos cuarenta y cinco años, con el cabello canoso y delgada como un fideo, abalanzándose sobre nosotros.

—¡Gracias, gracias! ¡Oh, Dios mío! ¡Gracias!

Mi reacción inicial fue mantener las distancias, asegurándome de que no llevara nada en las manos con lo que pudiera hacernos daño.

Sara, sin embargo, se apresuró a abrazar a la mujer. Al hacerlo, me miró con gesto de incredulidad y dijo:

—Es Olaia, la cocinera del autoservicio.

—¡Sí, cariño, sí! —exclamó ella, besándole la cara—.

Qué alegría veros… He escuchado los tiros y he pensado que había vuelto a disparar contra alguien, como hace unos días.

Pero después he oído otras voces y me he dicho: «A ver si es a él al que han matado y nos vamos a quedar encerrados aquí abajo de por vida… ». Dime, cielo, ¿está muerto?

—Sí, tranquila —le susurró Sara.

La mujer se echó a llorar.

—¡Me quiero ir de aquí! —soltó de pronto, y trató de pasarnos por encima.

—Espera, espera. —La retuve—. ¿Quién más hay ahí?

Frente a nosotros se extendía un estrecho pasillo con paredes de cemento.

A un lado había una lavadora y una secadora que apenas dejaban espacio para pasar, y al final se encontraba otra puerta metálica.

Más allá se oían voces alteradas, y el llanto de varias personas, entre ellas la del niño que nos había alertado.

—Están todos ahí —dijo Olaia—. Y la chica en el cuarto de la izquierda. No me necesitáis para nada… Dejadme marchar, os lo suplico…

—No, por favor, acompáñanos —le pedí—. Después saldremos todos juntos.

—Pero ¡es que necesito salir ya!

—Por favor, Olaia —le insistió Sara—. Enséñanos qué hay ahí dentro.

La mujer comenzó a gimotear, pero accedió a guiarnos con total sumisión. El entorno resultaba asfixiante. Los techos eran bajos, no llegaban a dos metros.

Empujé la puerta del fondo y apareció ante mí un pequeño y tétrico apartamento de unos treinta metros cuadrados.

El olor a humedad era prácticamente insoportable.

Habíamos entrado a lo que venía a ser el salón, iluminado con un par de bombillas desnudas que colgaban del techo.

En el centro había una mesa de madera con seis sillas, una nevera de pequeñas dimensiones a un lado de la estancia y una cocina con un hornillo eléctrico al otro.

Las paredes, pintadas en su momento de blanco, estaban oscurecidas por el moho.

A la derecha había un baño con una cortina de plástico a modo de puerta recogida a un lado, y en cuyo interior se podían advertir un inodoro, una ducha cuadrada de pequeñas dimensiones y una caldera anclada en la pared.

Delante de mí había dos pequeñas habitaciones sin puerta, y una tercera a la izquierda, esta sí, cerrada con candado.

Las voces y los llantos provenían de una de las estancias abiertas que tenía enfrente. Me asomé, y lo que vi me dejó sin habla.

Allí estaba Virgínia, sentada sobre una cama, abrazando a tres niños que se aferraban a ella como si les fuera la vida en ello.

Una era una chiquilla de unos trece o catorce años, y los otros eran dos niños: uno debía de tener unos tres años, y el otro, unos seis.

Llamaba la atención lo pálidos que estaban.

Todos lloraban de miedo. Los pequeños tenían el rostro colorado y temblaban de pánico.

Me volví hacia Olaia.

—¿De quién son?

—Son suyos —respondió.

—¿De Virgínia? —pregunté incrédulo.

—Sí… Y suyos también.

—¿Cómo que «y suyos también»?

—De Amadeo.

Sara ahogó un grito tapándose la boca con ambas manos.

Miré de nuevo a Virgínia, y entonces comprendí muchas cosas. El desmayo, la reacción del doctor tras el paso por su consulta… Estaba embarazada.

—Virgínia —dije—. Estad tranquilos, ¿vale? No vamos a haceros daño. Os lo prometo.

No creo que mis palabras los calmaran, pero al menos no aumentaron su angustia.

Volví al pequeño salón y me resultó imposible apartar la vista de las paredes.

Había muchos dibujos colgados, pintados por esos niños, con temas de lo más comunes: animales, personas, bosques y casas.

Mensajes de MAMÁ , T E QUIERO y PAPÁ , ERES EL MEJOR .

También observé fotografías de los críos a diferentes edades, celebrando cumpleaños y fiestas de Navidad, abrazando a su captor con cariño, al violador de su propia hija…

, y todas con el mismo lienzo de fondo, unas paredes mohosas.

Aquello era un mundo de pesadilla.

Señalé la puerta cerrada que había a la izquierda y le pregunté a Olaia:

—Has dicho que ahí dentro hay una chica, ¿no?

La mujer asintió.

Saqué el juego de llaves de Amadeo y busqué una que coincidiera. La encontré y el candado cedió. Ansiaba que Noa se encontrara ahí dentro, liberarla de aquel infierno y devolvérsela a su madre.

Cuando me disponía a retirar el candado de la argolla, un grito desgarrador de Olaia provocó que me girara. Y lo que vi fue una imagen dantesca, digna del propio infierno que nos rodeaba.

Amadeo acababa de irrumpir en el salón con media cara colgando, y estaba a punto de abalanzarse sobre mí empuñando un cuchillo de cocina. Me lo habría clavado de no ser por Sara…, que se interpuso en su camino.

La hoja le penetró el vientre y, del impulso que llevaba Amadeo, acabamos los tres empotrándonos contra la puerta metálica de la habitación cerrada.

Ambos me aplastaban con su peso, mientras Amadeo continuaba hurgando con el cuchillo en el interior de Sara, como si tratara de atravesarla para llegar hasta mí.

Me resultaba imposible incorporarme. Estaba atrapado. Y, cada segundo que pasaba, la herida de Sara era más grande.

Alargué ambos brazos y aferré el cráneo deforme de Amadeo. E introduje los pulgares en sus cuencas, hundiéndole los ojos con todas mis ganas.

El cocinero aulló de dolor y reculó para librarse de mí, dejando el cuchillo clavado en el vientre de Sara. Yo lo retiré justo a tiempo para voltearlo y recibir a Amadeo en su nueva embestida.

Se lo clavé en el pecho hasta la empuñadura.

Abrió los ojos de par en par y, esta vez sí, tuve claro que lo había matado. Se quedó completamente inerte y lo aparté de encima, empujándolo a un lado.

De pronto recordé a los niños de la habitación, en el horror que acababa de acontecer a su lado y que la persona que acababa de morir, a pesar de todo, debía de ser alguien importante en su vida.

—¡Virgínia! —grité mientras taponaba la herida de Sara—. Mantén a los críos hay dentro, ¿me oyes? Es mejor que no salgan.

Sara me miraba fijamente y parecía querer decirme algo. Estaba perdiendo mucha sangre.

—No digas nada —le supliqué—. Guarda las fuerzas.

Alcé la vista hacia la puerta metálica. El candado seguía en la argolla, abierto.

Busqué a Olaia y la encontré debajo de la mesa, abrazándose las piernas y balanceándose, como en trance.

—¡Olaia! —la llamé. No reaccionó hasta el tercer intento—. ¡Olaia! Ven aquí, ayúdame a taponar la herida, por favor.

La mujer acudió, obediente, y le indiqué cómo debía presionar. Yo me dirigí a la puerta metálica y retiré el candado.

El interior estaba prácticamente a oscuras.

Había un colchón ennegrecido y dos cubos.

Y un bulto con forma humana al fondo. Localicé el interruptor fuera de la habitación, y encendí la luz.

Se trataba de una chica, en efecto. De cabello negro.

Estaba agachada y encogida, y ocultaba el rostro entre las piernas. Completamente muda.

—¿Noa? —pregunté.

La reacción de la chica fue instantánea. Levantó la mirada y pude verle la cara.

Era Alba. La recepcionista.

Me di la vuelta y me arrodillé en el suelo junto a Olaia, mientras esta seguía asistiendo a Sara.

—¿Dónde está Noa?

Ella negó con un gesto breve de cabeza.

—Aquí no ha habido nunca ninguna Noa… Una Carmela sí sé que la hubo, antes que yo. Y luego llegó esa chica. Pero no, ninguna Noa…