78
El camino de tierra que conducía a la casa de Amadeo moría en el interior de la finca. Un portón metálico de doble hoja nos cerraba el paso, de modo que estacioné el vehículo a un lado de la vía y bajamos.
La parcela estaba rodeada por una valla de dos metros de altura.
A través de la cancela, a unos cincuenta metros, distinguí la silueta de la casa, una construcción de una sola planta con el techo abuhardillado.
En el porche de la entrada había una solitaria luz encendida y, a un lado, aparcado, se encontraba el Land Rover marrón de Amadeo.
Incluso hasta allí llegaba, aunque lejana, la música de la orquesta.
Y habían comenzado a lanzar fuegos artificiales.
Busqué algún timbre junto al portón, pero no encontré más que un buzón oxidado en el que se leía un nombre medio borrado por el paso del tiempo: Can Palau. Empujé una de las dos hojas y al momento noté que cedía, de modo que la abrí lo suficiente para pasar.
Avanzamos en silencio. Había un extenso huerto en el terreno situado a la izquierda de la vivienda, muy cuidado. Junto a uno de los laterales de la casa, advertí la presencia de una hormigonera y una buena pila de material de construcción, cubierto de mala manera con una lona de plástico azul.
Cuando nos plantamos frente a la puerta principal, miré a Sara y percibí la inquietud en su rostro iluminado por la luz tibia de una bombilla incandescente. Yo tampoco las tenía todas conmigo. Pulsé el botón del timbre y se escuchó un zumbido dentro de la casa.
Solté y esperé.
Nada.
Volví a pulsar. Esta vez, de un modo más insistente.
Pero nada.
—Quizá no haya nadie —susurró Sara.
—Su coche está ahí —dije—. Dudo que hayan bajado al pueblo a pie.
—Pues entonces es que no oyen el timbre —dijo mientras yo volvía a pulsar—. Vámonos. —Y sonó más a súplica que a sugerencia.
Estuve tentado a dar media vuelta, pero entonces llegó hasta nosotros el sonido de unas pisadas en el interior. Alguien descorrió la cerradura y abrió la puerta de golpe.
—¿Qué cojones hacéis vosotros aquí? —fue la bienvenida de Amadeo. Estaba en pijama y su rostro reflejaba cabreo y sorpresa a partes iguales.
—Hola, Amadeo. Disculpa que vengamos a estas horas…
—Eso no es una respuesta. ¡Os he preguntado que qué cojones hacéis aquí!
—Calma, ¿vale? Solo quiero hablar de un tema.
—¡Estaba durmiendo, coño! ¡Ya hablaremos mañana!
Intentó cerrarnos la puerta en las narices, pero la bloqueé con la punta del pie y el codo.
Él se quedó pasmado, no se lo esperaba.
—Solo será un momento, te lo aseguro.
—¿Y de qué cojones quieres hablar? —Mantenía la puerta entornada, mostrando solo parte de su cuerpo.
—Os he mentido a todos. No soy quien tú crees que soy —dije para captar su atención. Y después añadí—: He venido a Miranda para averiguar lo que sucedió el año pasado con Noa. Y necesito tu ayuda.
Al oír aquello, su rostro se relajó.
—¿Cómo que mi ayuda?
—¿Podemos entrar?
Dudó. Después miró hacia atrás con un ligero movimiento de cabeza, como si comprobara el estado del interior de la casa.
—Virgínia está durmiendo —dijo—. Es un milagro que no la hayáis despertado con tanto alboroto.
—Solo será un momento —insistí—. Hablar así es muy incómodo.
Soltó un bufido, pero acabó abriendo la puerta por completo para dejarnos pasar.
Entramos y nos quedamos en la zona que hacía las funciones de recibidor, entre chaquetas y paraguas. Enfrente estaba la estancia principal, un amplio salón con cocina americana a un lado y chimenea al otro. Sara se mantenía detrás de mí, en un segundo plano, muda.
Amadeo cerró la puerta y nos guio hacia el salón. Era bastante tétrico. Y olía mal: a cerrado, a muebles carcomidos, a cañerías embotadas y a ceniza acumulada. Todo era viejo y la suciedad abundaba.
Nos indicó que nos sentáramos a una mesa larga, cubierta de libros y ropa vieja amontonada, y él se dirigió a una puerta entreabierta que conducía al otro lado de la vivienda, donde debían de estar las habitaciones. La cerró con cuidado de no dar un portazo.
Esperamos sentados a que volviera. Evité apoyarme sobre la madera, cubierta por una gruesa capa de polvo. Sobre nosotros, una lámpara de araña, antigua y deslucida, nos iluminaba de forma tenue. Costaba imaginar a alguien haciendo vida allí.
—Disculpad el desorden —dijo—. Desde que Virgínia se encuentra mal, esto está manga por hombro.
Eso era mucho decir. Ahí no había limpiado nadie desde hacía meses.
Se sentó ante nosotros, dejó el manojo de llaves que llevaba en la mano sobre la mesa y se cruzó de brazos. Su pijama estaba desgastado y raído por el cuello.
—Explícate.
—Soy amigo de la madre de Noa. La policía no consiguió averiguar qué pasó con ella, pero la mujer necesita saberlo. Por eso me pidió que subiera a Miranda a descubrirlo. Y, como no quería levantar sospechas, me hice pasar por un trabajador del valle.
Su rostro esbozó una sonrisa ladina y preguntó:
—¿Qué eres? ¿Un detective?
—Si quieres verlo así…
Sonreí buscando su complicidad. Y lo conseguí, porque su sonrisa se ensanchó. Aquello aligeró un poco el ambiente.
—¿Y en qué puedo ayudarte?
—Es sobre la noche de su desaparición —solté a modo de tanteo.
Él asintió con la cabeza, mirándonos a Sara y a mí alternativamente.
—Pues precisamente esa noche yo me crucé con ella.
Sara y yo nos miramos. Álex no había mentido. Y Amadeo lo reconocía sin ambages.
—Yo venía del bar del pueblo —prosiguió—.
Y era bastante tarde. Pasadas las dos, dos y media como mucho.
Recuerdo que la vi caminando sola por la carretera de Vallparda y me sorprendió, la verdad.
No entendía qué hacía tan lejos de la plaza, donde estaba toda la jarana.
Frené el coche y le pregunté adónde iba.
La noté un poco achispada, pero no demasiado.
Me contó que unos amigos se habían reunido en una casa que había ahí al lado, para continuar con la fiesta.
Me ofrecí a llevarla. Me dio las gracias, pero dijo que no hacía falta, que ya casi había llegado.
Llevaba el móvil en la mano y estaba siguiendo un mapa.
Me lo enseñó, pero no me fijé, si te soy sincero.
Le di las buenas noches y me vine para casa.
—Esbozó una mueca de pesar y añadió—: Era una buena chica.
Trabajadora. Simpática. Pero algo inocente.
No sé qué demonios le pasó, pero mucho me temo que nada bueno, si iba andando por ahí sola a esas horas. Hay mucho desalmado suelto.
Si eso había sucedido en torno a las dos y media, ¿dónde había estado Noa entre esa hora y las cuatro?
Porque había sido a las cuatro de la madrugada cuando había retirado la maleta de la consigna… Bueno, ella o cualquier persona que se hubiera apoderado de la llave.
Me incliné hacia delante, aproximándome a Amadeo, y solté:
—¿Por qué tengo que creerte?
Amadeo miró a Sara, perplejo.
—Este tío es idiota… —Y, a continuación, volvió a centrarse en mí—.
Ya sabía yo que eras un puto preguntitas…
¿Que por qué tienes que creerme? Pues porque es la puta verdad.
Y punto. Y porque esto que te acabo de explicar ya se lo conté a los Mossos cuando me enteré de que había desaparecido.
Fui yo mismo a contarlo a comisaría porque quería ayudar…
¿Te enteras? Y, si a la policía le valió, ¿por qué coño no te va a valer a ti, detective de pacotilla?
Necesitaba comprobar que aquello era cierto, y para ello debía recurrir a César. Aun así…
—No me crees, ¿eh? —soltó. Estaba rojo de la ira—. Pues perfecto, ¿sabes? Porque puedo demostrártelo, capullo arrogante.
—¿Cómo?
—Pedí una copia de mi declaración. Ahora mismo te la traigo para que la veas y te largues de aquí de una puta vez.
Se levantó y fue directo a la puerta que comunicaba con el resto de las estancias. La abrió de malas maneras y se perdió en un pasillo oscuro.
—Será mejor que nos vayamos —sugirió Sara.
Yo me resistía. Quería ver esa declaración.
Mientras esperaba a que apareciera de nuevo Amadeo, me fijé en unas estanterías que había en la pared a nuestra izquierda.
En ellas estaban expuestas un montón de fotografías antiguas.
En una aparecía el propio Amadeo, más joven, posando junto a aquel presidente de la Generalitat que pasaba las vacaciones en Vilavella.
Ambos iban equipados con ropa de montaña y el paisaje a su alrededor estaba nevado.
Parecía el Montcreus. El resto de las fotografías eran similares, con Amadeo acompañando a gente más o menos famosa en entornos montañosos.
—¿Y eso? —pregunté a Sara.
—Amadeo antes era guía de montaña. Se conoce el valle de Miranda como la palma de su mano.
Aquello me puso en alerta.
Me levanté y fui directo a la puerta por donde había desaparecido Amadeo.
—¿Qué haces? —susurró Sara, nerviosa.
Alcé el dedo índice para que no hiciera ruido y entré en el pasillo. Allí el olor a humedad se intensificaba. Sara, a pesar de sus reticencias, me seguía, pegada a mí.
Vi luz proveniente de una habitación situada al fondo a la izquierda.
Pasamos junto a un lavabo que apestaba a moho.
Delante de este había un mueble antiguo que llegaba hasta el techo, con puertas de cristal y un conjunto de vajilla apilado en su interior.
Más allá había otras dos habitaciones, con la puerta cerrada.
Hice un gesto a Sara para que se detuviera.
A continuación, me aproximé al umbral de la habitación iluminada y me asomé con cautela.
En otra época debía de haber sido un despacho, pero ahora estaba repleto de trastos, bolsas de ropa, libros y revistas.
Todo en absoluto desorden. Junto a un escritorio, vi a Amadeo, de lado, rebuscando entre carpetas.
De pronto, pareció encontrar lo que buscaba. Se volvió hacia la puerta y, al verme allí, se sobresaltó.
—¿Por qué cojones has entrado?
—Tardabas demasiado.
—¡Me cago en la hostia…! ¡Toma!
Y me alargó una fotocopia. La ojeé. Era, en efecto, una declaración fechada muchos meses atrás. En ella, Amadeo relataba lo que acababa de contarnos. Consulté el encabezado del acta para ver quién se la había tomado y reconocí el número del cabo Arnau Ventura.
—¿Contento? —me espetó.
Y fue entonces cuando oí el llanto de un niño. Un niño pequeño, de dos o tres años. Me volví hacia Sara. Ella también lo había oído. Era un llanto lejano, procedente de algún lugar recóndito de la casa.
Pero era real.
Miré a Amadeo, que cerró los ojos lentamente.
Y apretó los labios en un gesto de rabia.