Nuestra señora del abismo 77
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Faltaban un par de minutos para la medianoche cuando el móvil de César Sánchez comenzó a sonar. Era Carme.

—Jefe, escucha —dijo ella, sin saludo alguno—. Estamos aquí, en Vilavella. Hemos hablado con varios vecinos, y al final hemos dado con una mujer que asegura que, la tarde del lunes, Arnau estuvo en su casa, haciéndole algunas preguntas.

—¿Quién? ¿Cómo se llama? —preguntó César excitado, mientras revolvía los documentos que había sobre la mesa para buscar la copia de las diligencias.

—Se llama Miranda Masferrer.

—No me suena… —comentó el sargento, comenzando a teclear aquel nombre en el ordenador.

—Era amiga de Carmela Bas… Arnau fue a verla y le estuvo haciendo preguntas sobre Carmela… Estaría bien que vinieras, porque nos ha contado unas cuantas cosas interesantes.

El sargento ya estaba saliendo de su despacho, con la pistola en la cintura y la llave de un coche de paisano en la mano libre.

—¡Voy para allá! —exclamó—. Mándame la ubicación.

—Ahora mismo. Aquí te esperamos.

César, todavía con el teléfono pegado a la oreja, chasqueó los dedos para llamar la atención de Salva, que trabajaba en una de las mesas de la oficina. Este, al verlo, se puso en marcha al instante.