Nuestra señora del abismo 76
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Vilavella era un pueblo de apenas doscientos habitantes que, en periodos vacacionales, solía aumentar su población de manera exponencial.

Su casco urbano era pequeño, con calles estrechas y de trazado irregular, compuesto por casas de gruesas paredes de piedra y tejados de pizarra.

Era famoso por su iglesia románica, y también por ser el lugar donde tenía su segunda residencia un antiguo presidente de la Generalitat.

Sara y yo estábamos en la plaza del Ayuntamiento, alejados de la orquesta, charlando con otros trabajadores de Miranda, cuando ella recibió por fin un audio. Vi que pegaba el teléfono a la oreja para escuchar el mensaje y, poco después, me hizo un gesto para que la acompañara.

Lo agradecí, porque, en aquellos momentos, Pol me estaba explicando lo que consumía su coche nuevo.

—Voy con ella un momento, disculpa.

—Claro, sin problema. Luego te sigo contando sus prestaciones…

Cuando alcancé a Sara, ya había salido de la plaza.

—Hemos quedado junto a la iglesia —me informó mientras girábamos a la derecha y tomábamos una calle con bastante pendiente.

Había gente por todos lados, haciendo botellón, fumando canutos, conversando en voz muy baja o a pleno grito… Sin embargo, conforme nos alejábamos del núcleo de la fiesta, se veían menos corrillos.

Sara continuaba mostrándose serena, y tampoco la había visto beber ni una gota de alcohol en el rato que llevábamos juntos.

—Sabe que voy contigo, ¿no? —le pregunté al tomar el camino de la iglesia.

Ella negó, con la mirada puesta en las piedras que conformaban el pavimentado de la calle.

—Pero podrás hablar con él —dijo—. Por la cuenta que le trae. Y verás que no tiene nada que ver con lo que le pasó a Noa. —Yo no estaba tan convencido; sin embargo, preferí guardármelo—. Aunque mi hermano es un capullo, es incapaz de llegar tan lejos.

—Él quizá no, pero la gente para la que trabaja puede que sí.

Esta vez fue ella la que permaneció muda.

Al cabo de un par de minutos, llegamos a la iglesia. Había dos parejitas dándose el lote, una en cada esquina, pero ni rastro de Álex.

Esperamos diez minutos, y Sara no paró de bombardearle a wasaps.

—Joder, no los lee… —se quejó, exasperada.

Solté un bufido. Si aquello fallaba, se me acababan las opciones y el tiempo.

De pronto, de entre las sombras, emergió un chaval con gorra y chaleco tejano. Cojeaba de la pierna izquierda. Era Álex.

—¿Por qué cojones has venido con este? —le espetó a Sara. E hizo amago de darse la vuelta.

En cuatro zancadas, Sara se plantó ante él y lo agarró de un brazo.

Yo no me moví de mi sitio, pero las dos parejitas, al percibir el mal rollo, se marcharon discretamente.

—Quiere hablar contigo sobre Noa —le informó Sara—. Está aquí para averiguar qué pasó con ella.

—¡Yo no tengo ni puta idea!

—Por eso tienes que hablar con él. Responde a sus preguntas y que se quede tranquilo, ¿vale?

—Yo paso, nen —dijo, dando un manotazo al aire—. Menuda mierda. Que le den por culo.

—¡A ti sí que te van a dar por culo! —exclamó Sara—. Has venido a por pasta, ¿no? Pues, si quieres que te la dé, habla con él, ¡joder!

Con una mirada de mala hostia clavada en su hermana, Álex se debatió entre largarse o no.

Debía de estar muy necesitado, porque acabó cediendo.

Me quedó claro entonces que ya no vivía bajo el paraguas de los albaneses; quizá lo culpaban por la pérdida de la plantación de Miranda.

Después de todo, él era el único que había salido libre de aquello.

—¡¿Qué cojones quieres saber?! —me gritó desde lejos.

Me aproximé a ellos sin prisa y fui directo al grano:

—La noche que desapareció Noa, tú y Rai tuvisteis una discusión con ella. ¿Qué fue lo que dijo que os tocó tanto las pelotas?

Álex me miraba con cara de odio, y por un momento temí que sospechara que había sido yo el cabrón con pasamontañas que había irrumpido en la plantación y lo había dejado medio cojo. Después me dije que no. Que aquel tío no daba para tanto.

—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó—. ¿Eres poli o algo así?

—Dejémoslo en «algo así»… Vamos, responde.

—Porque tú lo digas.

Me volví hacia Sara, enarcando las cejas.

—Álex, deja de hacer el gilipollas…, por favor.

Había poca amabilidad en aquel «por favor». Más bien disgusto y hastío. Para mi sorpresa, Álex dio su brazo a torcer. Quizá no fuera tan mala la relación entre esos dos hermanos.

—Por aquella época yo trapicheaba un poco.

Casi nada, lo justo para sacarme un pequeño extra en Miranda.

—Comenzábamos mal si lo primero que soltaba era una mentira a medias; aun así, lo dejé continuar—: Ella se enteró al poco de liarnos y se rayó mucho, por eso quiso cortar conmigo.

La cosa podía haber quedado ahí, pero la tía me amenazaba de vez en cuando con irse de la boca, y eso, como te imaginarás, me tocaba mucho las pelotas.

—¿Te amenazaba sin más?

—Sí, bueno, no… Cada vez que le tiraba la caña. Pero ¿qué necesidad había de soltar siempre lo de la puta poli? Con un «no» bastaba, coño.

Sara chasqueó la lengua con desagrado.

—Y aquella noche le tiraste la caña otra vez —dije.

—Pues sí. Y reconozco que iba bastante colocado.

Desfasamos de la hostia aquella noche. Yo, Rai…

Todo el grupo en general. Y que me soltara otra vez lo de que era un puto camello, que la había obligado a guardarme bolsas de maría en su habitación…

, pues me jodió. Pero ya te digo que no pasó de ahí.

Vinieron sus colegas, discutimos un poco y luego cada uno a lo suyo…

—¿Le hablaste alguna vez de Noa a tus jefes?

—¿Qué jefes?

—Los albaneses.

Álex miró a su hermana con gesto sorprendido.

—Yo no sé nada de eso —dijo Sara—, ni quiero saberlo.

El tipo me lanzó una mirada seria de verdad.

—¿Qué sabes tú de ellos?

—Lo suficiente para tener claro que están por encima de ti. Responde: ¿les hablaste a ellos de Noa? ¿Les dijiste lo que sabía?

—¿Qué coño? ¡No!

—¿Y Rai?

—Él menos, tío. Noa no era ninguna amenaza para ellos. Como mucho para mí.

Estábamos cara a cara, hablando muy cerca el uno del otro. En las distancias cortas, parecía menos valiente y se intuían sus debilidades. Y no solo eso; también se le notaba nervioso.

—Aquella noche volviste a verla, ¿verdad? Dime lo que escondes o te lo saco a hostias.

Alcé un puño hacia él y lo cogí de la pechera. Sara trató de frenarme.

—¡Víctor, por favor, para!

—¡Responde, joder! —grité.

Mi mano acababa de subir hasta su cuello y había comenzado a practicarle una estrangulación traqueal, pinzando con ímpetu.

El tío se vino abajo rápido. Comenzó a hablar, pero apenas se le entendía.

Cuando intuí algo parecido a un «Que sí, nen , joder, que sí…

», aflojé. Se dejó caer de rodillas para recuperar el resuello y Sara me espetó:

—¿Te has vuelto loco o qué?

Su mirada era de absoluto cabreo.

—Aquella noche —dijo Álex, todavía en el suelo— la volví a ver… otra vez… al lado de la Font del Batlle.

Sara se volvió hacia él, estupefacta.

—Yo estaba solo —continuó. Se puso de pie mientras se masajeaba la garganta para aliviar el dolor, a una distancia prudencial—.

Ella también estaba sola. No recuerdo la hora, serían las dos o las tres.

Vi que caminaba en dirección a la carretera de la Vallparda y comencé a seguirla…

Ya te he dicho que iba muy puesto. Quería darle una lección, que se lo pensara mejor la próxima vez antes de amenazarme…

Eché a correr hacia ella… y tuve que frenar en seco.

Calló de pronto y nos miró a su hermana y a mí. En su rostro había vergüenza. Por primera vez sentí que aquel niñato con cuerpo de hombre era sincero de verdad.

—Sigue —lo instó Sara.

—Apareció un coche… Y se paró a su altura. El conductor bajó la ventanilla y empezó a hablar con Noa. —Álex alejó la mirada. Después cerró los ojos y negó con la cabeza—. En ese momento fui consciente de que había estado a punto de cometer una locura y me largué de allí.

—¿Los dejaste hablando? —pregunté.

Él asintió.

—El coche era un Land Rover de color marrón —dijo, adelantándose a mi siguiente pregunta.

A esa y al resto de ellas—: Era el de Amadeo, el cocinero del Pedraparada.

Sabía que se conocían y di por hecho que la acercaría a algún lado.

Después tardé mucho tiempo en enterarme de la desaparición de Noa.

Y me convencí de que lo que había visto aquella noche no tenía nada que ver, así que decidí no contar nada… Pero, bueno, ya lo he hecho, ¿no?

A punto estuve de soltarle un puñetazo en plena cara, pero conseguí contenerme.

Por poco fiable que resultara aquel tipo, estaba convencido de que no mentía.

Y eso me llevaba a preguntarme qué pasó tras el encuentro de Noa y Amadeo.

Ella se dirigía a una fiesta a la que jamás llegó.

Sin embargo, hora y pico más tarde retiró su maleta de la consigna…

No sabía qué pensar. O, mejor dicho, no quería pensar más allá de lo que acababan de revelarme.

Vi cómo Sara sacaba algo de su bolso y se lo tendía a su hermano. Era un fajo de billetes de cincuenta euros.

—Ten cuidado —le dijo.

Él aferró el dinero con fuerza y volvió a perderse en las sombras por donde había aparecido. No se despidió.

Sara se volvió hacia mí sin poder ocultar su aflicción.

—Siento que hayas tenido que ver cómo hacía daño a tu hermano —me disculpé.

—Si no lo hubieras hecho, no habría contado lo de Amadeo —dijo, resignada—. Pero ahora no sospecharás de él, ¿no?

—Prefiero hablar con Amadeo y aclararlo.

—¿Y cuándo piensas hacerlo? ¿Ahora?

Consulté la hora en mi reloj. Eran las once y media de la noche. Algo tarde, sí, pero no había que olvidar que nos encontrábamos en plena fiesta mayor. Y, a esas horas, en Vilavella, pocos debían de dormir. Incluso los que vivían alejados del casco urbano, como era el caso de Amadeo y Virgínia.

—Necesito aclararlo cuanto antes —dije.

—Voy contigo.

Quise oponerme, pero después acepté porque, mientras estuviera conmigo, sabía que no bebería. Y yo quería mantenerla a salvo.

De todo.