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César Sánchez consultó la hora en la pantalla del ordenador: eran las once de la noche.
Él y una decena de sus agentes, prácticamente todos los que conformaban la Unidad de Investigación de Quintana de Ter, llevaban dos días revisando a fondo las investigaciones de las desapariciones de Miranda, tanto en la calle, entrevistándose con antiguos testigos, como en el despacho, releyendo la documentación.
La noche anterior, el sargento había conseguido convencerlos hacia las dos de la madrugada de que se fueran a dormir. Ese día, sin embargo, había pensado enviarlos a casa sobre las doce, aunque no las tenía todas consigo de que le hicieran caso.
Su teléfono emitió un pitido. Era su esposa, Íngrid, para contarle que se había quedado dormida con Rodrigo en brazos mientras veía la tele y que justo acababa de despertarse. Se iban juntos a la cama ya. César se alegraba de tenerla en Quintana. Su apoyo había sido fundamental en los últimos días.
La puerta del despacho estaba abierta, pero, aun así, alguien llamó golpeando los nudillos contra el marco.
Era Salva. El agente que se había dado de baja a principios del verano por una lumbalgia. Durante el funeral, lo había visto fugazmente.
—Pasa —dijo el sargento.
Le sacaba veinte años a César como mínimo. Podía ser su padre, pero, en cambio, era su subordinado. Sin decir ni media palabra, Salva se sentó en una de las sillas que había frente al escritorio del sargento y, tras unos segundos de silencio, dijo:
—Me han contado lo que hiciste aquí ayer por la mañana. Y lo que conseguiste.
Y le tendió una mano. El tipo apretaba con ganas, pero el sargento soportó el dolor y estuvo a la altura.
—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó Salva.
—Tú llevaste el caso de Carmela Bas con Arnau, ¿cierto?
—Sí.
—Pues échale un vistazo a la carpeta del caso, a ver si encuentras alguna anotación nueva, o algo que no se corresponda con lo que averiguasteis hace tres años. Todavía no sabemos con quién se reunió Arnau la tarde del lunes.
Le tendió el expediente a Salva y este, antes de salir del despacho, dijo:
—Estoy convencido de que llegó a descubrir la respuesta a las desapariciones. Y eso fue su final.
César se limitó a asentir con la cabeza. Pensaba exactamente lo mismo.