Nuestra señora del abismo 74
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La noche del sábado era la fiesta mayor de Vilavella.

Había quedado ahí con Sara y esperaba ver a su hermano.

Sin embargo, mi turno en el Pedraparada finalizaba después de la salida del último cremallera, por lo que no tenía más remedio que bajar a pie por la vía.

Igual que Noa la noche de su desaparición, un año atrás.

Me di una ducha, preparé una mochila con algo de ropa de recambio, metí también la linterna frontal y una botella de agua, y me encaminé hacia la estación.

Estaba prohibido transitar por las vías, pero quien más quien menos, allí en Miranda, lo había hecho alguna vez en su vida.

Procuré pisar los raíles y evitar al máximo los balastros, aquellas piedras trituradas que, mal pisadas, podían hacer que te torcieras un tobillo.

El cielo estaba despejado y apenas necesitaba ayudarme de la linterna; tan solo la encendía cuando entraba en los túneles.

Conforme pasaba el tiempo y seguía descendiendo, más extraño se me hacía el entorno.

Había hecho aquel trayecto en cremallera decenas de veces, pero ahora el paisaje me resultaba completamente nuevo, y no solo por la escasez de luz.

Podía ver los barrancos nacer a mis pies sin la seguridad del vagón, y el sonido de los saltos de agua llegaba a inundarme los oídos. Era como pasear muy cerca del abismo.

Tardé aproximadamente una hora en comenzar a oír la música de la orquesta que tocaba en la plaza del Ayuntamiento. La vía trazó una curva muy pronunciada en la que antes jamás me había fijado, y pronto tuve ante mí las luces de Vilavella en fiestas.

Cinco minutos más tarde, le envié un mensaje a Sara para avisarle de que estaba llegando.

Al aproximarme a la estación del cremallera, vi a alguien que me saludaba moviendo los brazos. Era ella.

Después de la extraña discusión que habíamos mantenido en Quintana, las cosas habían vuelto a la normalidad. Pero yo tenía la impresión de que algo había cambiado.

Sara vino hacia mí y me abrazó.

Nos besamos… y esta vez sí noté el sabor a alcohol en su boca.

—¿Qué tal el camino? —me preguntó. Yo ignoraba cuánto había bebido, pero no se le notaba lo más mínimo, ni en el habla ni en la forma de moverse—. ¿Pesado?

—Un poco. Sobre todo por los raíles y las piedras. Pero me ha gustado.

—Mira que eres raro.

Sonreí. Al fin y al cabo, me alegraba de verla. Esta vez fui yo quien la besó, y volví a notar el dulzor del ron en su aliento.

Decidí no comentar nada al respecto. De momento.

—Acompáñame al coche —dije—. Que me cambio la camiseta y dejo ahí la mochila.

Al cabo de un rato, ya enfilábamos hacia la plaza principal del pueblo y aproveché para preguntarle:

—¿Cuándo has quedado con tu hermano?

Ella consultó su reloj.

—Dentro de media hora. Aunque antes tiene que llamarme para ver dónde nos vemos.

La abracé y luego, cogidos de la mano, nos sumergimos en el gentío, que bailaba y reía al son de las canciones pachangueras del verano.

Mirara donde mirase, solo veía gente bebiendo. Mi preocupación por Sara no dejaba de crecer.