Nuestra señora del abismo 73
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El día siguiente al funeral, los responsables de la investigación de la muerte de Arnau se desplazaron hasta Quintana de Ter para hablar con la jueza de instrucción.

Se trataba del subinspector Xavi Blanco, jefe de la Unidad Territorial de Investigación de Girona, y el sargento Xavi Recaredo, jefe del grupo de Homicidios.

Solían referirse a ellos como «los Xavis».

César les pidió que reservaran algo de tiempo tras la reunión con su señoría para verse con él.

Quería saber cómo avanzaba el caso y ver qué podía hacer.

Ya había tratado con ellos a raíz del hallazgo del cadáver en la plantación de marihuana de Miranda, y había tenido oportunidad de formarse una idea de cómo eran.

Blanco, con sobrepeso y calvo, era un jefe afable y cordial que parecía conocer a todo el mundo.

Recaredo, sin embargo, era de trato más difícil; fibroso y engominado, vestido con ropa informal y cara, parecía obsesionado con marcar territorio…

De hecho, la primera vez que César habló con él en persona, estuvo tentado de revisar los bajos de su pantalón para asegurarse que no lo hubiera meado encima.

—Gracias por venir —dijo César después de guiarlos hasta la mesa de reuniones de su despacho.

—Nada, hombre —contestó Blanco—. Entendemos que estáis pasando por un momento muy difícil. Arnau era un pilar muy importante, no solo de la Unidad, sino de la comisaría. Le teníamos mucho aprecio desde Girona.

Recaredo observaba a César sin decir ni mu.

—¿Cómo va la cosa? —preguntó César, mirando el expediente que Recaredo había depositado sobre la mesa. Al ver que se fijaba en los documentos, el sargento de Homicidios puso ambas manos sobre la carpeta.

—Siento decir que no hemos avanzado mucho —respondió Blanco—. Entre la información que hemos recibido ya y los datos de telefonía que acabamos de pedirle a la jueza, confío en que podamos reconstruir las últimas horas de Arnau y averiguar dónde estuvo… y con quién.

—Respecto a eso —dijo César mirando al sargento de Homicidios—, supongo que leíste el correo que te envié ayer. —Al ver que Recaredo no acababa de captar a qué se refería, añadió—: Sobre la revisión que Arnau estaba haciendo de los primeros casos de los desaparecidos de Miranda…

Blanco se volvió hacia su sargento con extrañeza. Este se justificó ante su superior.

—Sí, ahora lo recuerdo… Es que ayer mi bandeja de entrada echaba humo y leí bastantes correos en diagonal. Pero ese lo leí. Por lo visto, Arnau estaba comprobando algo sobre esas desapariciones.

—¿Algo en concreto? —preguntó Blanco, y ambos Xavis miraron a César con gesto interrogativo.

—Nada que se sepa. Pero será cuestión de mirarlo, ¿no?

—Pues sí… —respondió Blanco.

—Ahora es imposible —sentenció Recaredo de manera taxativa.

César intuyó que le escondían algo.

—¿Eso es porque ya tenéis una línea de investigación?

Recaredo guardó silencio. Blanco respondió en su lugar.

—Sabemos que, días antes del fallecimiento, Arnau mantuvo una conversación privada en la comisaría con miembros de la comunidad musulmana.

Aquello era algo que César ya sabía, pero tenía entendido que había ido bien. O, al menos, así se lo había expresado el propio cabo.

—Hay quien dice que el imán y sus hombres de confianza salieron del encuentro bastante enojados.

La escalada de violencia ha ido subiendo cada vez más, por no hablar del asunto de la bomba en vuestro coche de paisano…

Creemos que esa es una línea de investigación importante.

Y, además, un confidente nos ha dicho que…

—Preferiría no seguir revelando más información —lo cortó Recaredo—. Recuerda que la jueza ha decretado el secreto de las actuaciones.

—Disculpa, no es nada personal, ya sabes —se justificó Blanco ante César—. Basta con que tengáis claro que vamos a hacer todo lo posible y lo imposible por encerrar a los responsables de la muerte de nuestro compañero.

César asintió. Después carraspeó y decidió poner sobre la mesa el tema que lo había llevado a reunirse con ellos:

—Yo…, mi Unidad…, se nos ha dado tiempo para volver al trabajo, pero el dolor y la frustración resultan aún más duros en casa, mientras el asesino de nuestro amigo y compañero sigue campando a sus anchas. Queremos ayudar en la investigación…

Al oír aquello, Recaredo se volvió hacia su superior con cara de fastidio y dijo:

—¿Ves? Ya te lo había dicho yo.

Blanco comenzó a negar con la cabeza en un gesto rotundo.

—No puede ser, César. No puede ser…

—Pero ¿por qué no?

—Por múltiples razones, pero la principal es que el caso es demasiado personal para vosotros, estáis demasiado implicados y, sobre todo, demasiado afectados para actuar con imparcialidad.

Es imposible que mantengáis la objetividad necesaria para esto…

Coño, pero si hasta a mí me cuesta… Además, podéis poner en riesgo la investigación; la defensa podría impugnar las pruebas que encontrarais.

Y, por si no fuera suficiente, el protocolo interno del cuerpo nos obliga a inhibirnos de manera inmediata en caso de tener alguna relación directa con la víctima de un caso. Sé que lo sabes.

—¡Me cago en Dios! —exclamó César, poniéndose en pie de golpe. Del impulso había empujado la mesa varios centímetros en dirección a los Xavis—. Pero ¡es que no entendéis que no podemos quedarnos de brazos cruzados!

Los Xavis lo contemplaban con los ojos abiertos como platos.

—César, por favor —le pidió Blanco—. Entiendo tu frustración, pero no perdamos las formas, ¿de acuerdo?

—¡Es que no os estoy pidiendo que nos dejéis trabajar con vosotros codo con codo en la investigación!

Lo único que quiero es que nos permitáis comprobar qué estaba indagando Arnau sobre las desapariciones.

Acabáis de decirme que no vais a hacer nada al respecto, ¿no?

… Pues ¡ya está! ¿Qué más os da? Y, si encontramos algo relevante, tenéis mi palabra de que lo sabréis de inmediato.

Pero no nos obliguéis a mantenernos al margen, porque no podemos.

Blanco se cruzó de brazos y, con los ojos cerrados, se pinzó el puente de la nariz. Al cabo de unos segundos, y tras emitir un suspiro, dijo:

—Está bien, César. Tú ganas…

—¡No! —exclamó Recaredo. Al instante, Blanco lo fulminó con la mirada.

—¿Cómo que no?

—Creo que es un error —trató de justificarse Recaredo, en un tono mucho más suave.

—No tiene por qué —se reafirmó Blanco. Después se dirigió a César y añadió—: Vosotros os encargaréis única y exclusivamente del tema de las desapariciones.

Al fin y al cabo, son casos vuestros, todavía pendientes de resolver.

No hay nada extraño en que os ocupéis de ello.

Nosotros —dijo entonces a Recaredo— nos dedicaremos a la línea árabe y todo lo demás, ¿contento?

Con el morro fruncido y cara de pocos amigos, Recaredo no tuvo más remedio que aceptar la decisión de su superior directo.

Cuando César abrió la puerta para despedir a los Xavis, descubrió con sorpresa que casi todos los agentes que conformaban su Unidad estaban allí, en medio de la sala, atentos a lo que sucedía dentro del despacho.