Nuestra señora del abismo 72
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Habían pasado tres días desde de la muerte de Arnau y yo seguía muy tocado.

Según la autopsia, no había fallecido en el acto.

Y la inspección ocular había permitido establecer que los disparos de escopeta no se habían producido en aquel claro de bosque cercano a la carretera donde lo habían encontrado.

Por lo tanto, el autor o uno de los autores se había puesto al volante del coche policial y había desplazado el cuerpo hasta allí mientras se desangraba.

De todo eso me enteré más tarde. Los días siguientes a su fallecimiento fueron días de rumores, nervios y tensión en Quintana de Ter. También en Miranda.

Aquel jueves por la mañana yo libraba y decidí asistir a la ceremonia de despedida. No me gustan los funerales, supongo que como a todo el mundo. Pero hay veces que uno se siente obligado a ir, y algunas, muy pocas, uno realmente tiene el deseo de ir. Ese era mi caso.

Nada más acercarme al tanatorio, percibí lo querido que había sido el cabo en vida. El aparcamiento de la funeraria estaba lleno hasta los topes, y había dos largas hileras de vehículos ocupando los márgenes de la carretera.

Aparqué donde pude y eché a andar. Cuando llegué a la puerta del tanatorio, la gente ya estaba accediendo a la sala de ceremonias.

Esperé a ser de los últimos, para no quitarle el lugar a nadie cercano a Arnau, y después entré.

Me quedé de pie en la parte de atrás, junto al resto de los asistentes que no habían encontrado silla libre.

Desde allí reconocí a algunos compañeros de Arnau, como Sebas y Carme.

También al sargento, César. Había también jefes del cuerpo de Mossos d’Esquadra con su uniforme y sus galones relucientes.

La tristeza inundaba la sala. Los sollozos de los familiares y amigos partían el alma. Resultaba difícil mantener el tipo, especialmente al contemplar el dolor de la viuda y los dos hijos.

El féretro estaba cerrado. El rostro de Arnau había quedado tan afectado por el impacto de las postas que resultó imposible recomponerlo.

Se leyeron y dijeron cosas bonitas sobre Arnau. Cosas que no sabía ni imaginaba. También se lloró mucho; a mí me costó contenerme.

Al finalizar la ceremonia, me apresuré a abandonar el lugar. Iba camino del coche cuando alguien pronunció mi nombre en voz alta. Era el sargento. A su lado había una mujer con un niño en un carrito.

—Espera un momento —me pidió el sargento, que tenía los ojos enrojecidos.

Volví tras mis pasos y le extendí la mano. La mujer se alejó para darnos intimidad.

—Lo siento mucho —dije—. Era un buen hombre. Lo apreciaba de verdad.

—Sí, ya… Bueno… Esto… —le costaba hablar—. Te he visto y, de pronto…, quise decirte algo.

—Pues tú dirás.

—Sigo sin estar de acuerdo con lo que hiciste… Pero ahora te comprendo un poco más.

—Gracias… Pero se empieza así y se acaba perdiendo la cabeza, ¿eh? —bromeé—. Ten cuidado.

Él sonrió y, al instante, contrajo el rostro, arrepentido. Los funerales son así.

—Hablé con él el día de su muerte —dije—. ¿Aún no se sabe dónde estuvo?

El sargento negó con la cabeza.

—La UTI Girona lleva la investigación. Y no tengo idea de qué han averiguado y qué no. Estos días hemos estado todos desconectados del trabajo, apoyándonos, tratando de asimilar… esto. —Asentí en silencio y al cabo de unos segundos él me preguntó—: ¿Manteníais el contacto, entonces?

—Charlábamos de vez en cuando sobre las desapariciones, ya sabes. Como él llevaba días repasando los casos más antiguos… —César pareció sorprenderse al oír aquello—. Tranquilo —quise aclararle—. No me contaba nada confidencial.

—No es eso —dijo—. Es que no tenía ni idea de que estuviera haciendo tal cosa.

Eso no me lo esperaba.

—Pues sí. Estaba revisando las investigaciones, viendo qué más se podía hacer o si se le había pasado algo por alto. Especialmente con la investigación de Carmela Bas, la primera… Vale la pena que le deis una vuelta a eso.

—¿A qué te refieres?

—El lunes, cuando hablé con él, me dijo que estaba a punto de tirar la toalla, pero que aún le quedaba hablar con un par de personas.

—¿No sabes con quién?

—Ni idea —respondí con gran frustración—. Pero miradlo, ¿vale?

El sargento asintió. Después nos dimos la mano de nuevo y me marché.

Me moría por saber qué habían averiguado los compañeros de la UTI Girona, aunque yo, por mi parte, tenía mis propios planes para avanzar.

El sábado, durante las fiestas de Vilavella, Sara iba a reunirse con su hermano, Álex.

Y yo acudiría con ella. Justo cuando se cumplía un año de la desaparición de Noa.