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A Arnau le gustaban los días de lluvia, y muy especialmente los días de lluvia en agosto. El tiempo cambiaba, la gente se quedaba en casa, los delitos disminuían y, en fin, la vida era menos agobiante.
Tras colgar a Víctor Trafalgar, volvió a telefonear a Miranda Masferrer. Quería hablar con ella acerca de Carmela. Porque había sido ella, precisamente, la que había dado la voz de alarma sobre su desaparición.
Hasta ese momento, y tras comprobar que nadie simpatizaba con la revisora del cremallera, ni siquiera sus familiares más cercanos, el cabo había dado por hecho que el aviso había llegado del trabajo, después de no tener noticias de ella durante varios días.
Pero resultó que no, que Carmela tenía una amiga: una vecina de Vilavella llamada Miranda, como la Virgen.
En realidad, la comarca estaba repleta de mujeres y niñas llamadas Miranda.
Y también de hombres y niños llamados Genís, puesto que sant Genís era el patrón del valle.
Arnau se había percatado aquella misma mañana de la existencia de la mujer, que no constaba más que en una pequeña acta manuscrita, y llevaba prácticamente todo el día tratando de contactar con ella.
Sin embargo, no respondía. Arnau se debatía entre arriesgarse y hacer el viaje a Vilavella sin saber si la encontraría en su casa o no, o dejarlo para otro día. Al fin decidió subir al coche y probar.
Tuvo suerte. La mujer justo acababa de llegar de vacaciones y pudo charlar con ella.
Se trataba de una viuda de cincuenta años, agradable y servicial.
Y muy locuaz. Se alegró al comprobar que no se habían olvidado de Carmela, que todavía hacían algo por encontrarla.
Arnau pensó que probablemente las dos mujeres fueran amantes, aunque no se lo llegó a confirmar ni a desmentir.
Con relación a los últimos días de Carmela, apenas pudo aportar nada que el cabo no supiera ya.
Sin embargo, antes de dejar la casa, a Arnau se le ocurrió hacer una última pregunta:
—Unos cuatro meses antes de desaparecer, Carmela llamó a la policía porque una niña se había colado en su casa. ¿Recuerdas si te contó algo al respecto?
—Claro que lo recuerdo —respondió la mujer, asintiendo enérgicamente.
Antes, en un par de detalles, ya había dado muestras de tener buena memoria—.
Aquella noche, Carmela vino a mi casa muy afectada.
Me contó que estaba en su huerto, trabajando, cuando de pronto oyó unos ruidos dentro de la casa; fue para allá y se encontró a una niña de unos diez u once años, muy delgada, muy pálida, con el cabello despeinado y vestida con un chándal viejo, descalza, rebuscando en la despensa.
Carmela le llamó la atención y la chica comenzó a temblar, asustada como un corderillo.
Apenas consiguió sacarle cuatro palabras.
La chavala estaba hecha un flan, me contó, y le dio verdadera lástima.
Alertó a los Mossos de la aparición de la muchacha y, mientras esperaba a que vinieran, le preparó un bocadillo de jamón serrano y se la llevó al salón para que se lo comiera.
—Pero tengo entendido que, cuando llegó la patrulla, la cría ya no estaba.
—Así es. Llegaron tarde. Porque, justo cuando Carmela había logrado que la chiquilla comenzara a abrirse, aparecieron unas personas que la buscaban. Dijeron que era sobrina suya, que se había escapado.
—¿Y Carmela lo creyó?
—A ver, los conocía. Eran vecinos. Discutieron por el estado de la niña. Eso a Carmela le afectó mucho. Pero dejó que se la llevaran.
—¿Sabes quiénes eran?
—Sí, claro. Los de Can Palau.
Arnau ni siquiera tomó nota de sus nombres. Dudaba que aquel incidente tuviera nada que ver con la desaparición. Sin embargo, un rato después, recordó un detalle relacionado con otra de las desapariciones. Una ligera coincidencia, algo que en su momento apenas se había tenido en cuenta.
Y decidió que no perdía nada por ir a comprobarlo.
Poco después de las once de la noche, cerca del Pont del Diable, entre Vilavella y Riudellums, el cabo Arnau Ventura fue hallado muerto en el interior de su coche de paisano. Había recibido dos disparos de escopeta a quemarropa, uno en el pecho y otro en la cara.