Nuestra señora del abismo 70
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La tercera semana de agosto comenzó con un buen tormentón. De ahí que, a media mañana, el Pedraparada estuviera lleno a rebosar de turistas que buscaban refugio, completamente empapados. La más beneficiada fue la tienda del valle de Miranda, que se hizo de oro vendiendo chubasqueros y paraguas.

A media tarde, sin embargo, escampó. Para entonces ya quedaban pocos visitantes.

Cuando acabé mi turno, salí a la parte delantera del bar, donde comenzaba la pradera frente al lago, y por primera vez percibí el valle de un modo muy diferente al que estaba habituado: más verde, más brillante y con un olor mucho más intenso.

Era como si el otoño se hubiera adelantado. Incluso hacía frío.

Fui a prepararme un café y volví a salir, esta vez abrigado con un jersey.

Me senté en uno de los bancos de madera, todavía húmedo por la lluvia, y telefoneé a Arnau Ventura.

—¡Hombre! —respondió. Parecía alegrarse de mi llamada—. Hacía días que no sabía de ti. ¿En qué líos te has metido últimamente?

—En ninguno, que ya he aprendido la lección.

—Ya, claro. Y yo soy Brad Pitt… Dime qué quieres, alimaña.

—¿Cómo sabes que voy a pedirte algo?

—Porque eres un jeta. Y los jetas solo piden cosas.

Reí.

—Es solo un favorcillo. Pero, si no puedes, tranquilo. No quiero ponerte en un compromiso.

—Dispara, coño.

—Hace días que quiero hablar con Álex Velasco. Sé que la noche de la desaparición de Noa hubo jaleo entre ellos dos y me gustaría saber por qué. El problema es que el tío está escondido y con miedo de que haya alguna orden de búsqueda contra él.

—Espera… —Debía de haberlo pillado en el trabajo, porque oí que tecleaba.

Tras varios segundos, dijo—: Qué va, no tiene nada pendiente.

Creía que lo estarían investigando por el asunto de la plantación de marihuana, pero no me sale nada…

Sabes de qué te hablo, ¿no? La plantación que encontraron en Miranda… —Oí cómo reía por lo bajo.

—Ya te dije que algo había leído en la prensa…

—Sí, claro… Bueno, volviendo a tu amigo Álex, de momento no tiene nada que temer. Aunque, conociéndolo, es cuestión de tiempo que vuelva a meterse en problemas.

—Oye, ya que estamos, déjame que te pregunte otra cosa.

—¿Otra? Joder, que tío… ¿Sobre qué?

Durante los últimos días, y por intercesión de Marina, había estado hablando con algunos de los amigos de Noa que la habían acompañado aquella noche en Vilavella.

Sus declaraciones cuadraban: había estado con unos hasta las dos y media aproximadamente, y después se había marchado sola hacia la casa donde la esperaban otros amigos… , y a la que nunca llegó.

—En diligencias decís que la última vez que queda constancia de Noa es a las cuatro de la mañana, cuando recoge su maleta de la consigna de la estación. ¿Se la ve en alguna cámara de seguridad?

—Lo de la hora viene por el registro de las consignas. Todos los movimientos de apertura y cierre quedan grabados. También hay imágenes, pero no te voy a engañar: son muy malas. Apenas se ve un bulto, porque esa cámara de la estación es diurna.

—Está bien. Gracias, Arnau.

—De nada, chaval. Pero no te acostumbres, que a ti te gustará estar suspendido de empleo y sueldo, pero a mí no me apetece lo más mínimo.

—Qué cabrón… Escucha, ¿cómo lo llevas tú? ¿Has conseguido sacar algo escarbando en el pasado?

—Pues no sé. Vuelves a hablar con la gente y te salen con historias que te llevan a más callejones sin salida… De pronto he recordado por qué acabamos abandonando esas investigaciones… Tengo que hablar con un par de personas más y, después, no sé. Hoy quiero quedar con una, a ver qué me cuenta.

—Yo ahora estoy libre, ¿quieres que baje y te acompañe?

—Sí, claro. Y que a César le dé un infarto. Quédate ahí arriba y ve a buscar setas, chaval, que ya han comenzado a salir.