69
Arnau Ventura había decidido ir al trabajo caminando.
Lo hacía de vez en cuando, sobre todo si tenía pendiente algún recado y le pillaba de paso.
Aquella mañana, no obstante, lamentó haber tomado esa decisión mientras cruzaba el puente que conducía al otro lado del río, donde se encontraba la comisaría.
Había olvidado que un grupo de federaciones musulmanas y algunas plataformas ciudadanas, entre las que se encontraba Vecinos contra la Islamofobia, habían convocado una manifestación frente a las dependencias policiales.
Conforme se aproximaba, comprobó que allí había unas trescientas personas congregadas, con cánticos y pancartas con consignas como NOSOTROS NO SOMOS LOS QUE PONEMOS LAS BOMBAS , ISLAMOFOB IA ES RACISMO o ¡ JUSTIC IA ! ¡ IGUALDAD ! ¡ NO A LA IMPUNIDAD !
De camino a la puerta, Arnau fue increpado por parte de los manifestantes, entre los que se encontraba el imán de Quintana, que al verlo pasar le gritó:
—¡Corre, cobarde, escóndete…, que eres igual que tu alcalde! ¡Nos quema la mezquita y tú lo proteges! ¡Eres un racista! ¡Y un torturador!
Por un momento, Arnau estuvo tentado de detenerse y encararse a él. Pero fue capaz de contenerse y seguir adelante hasta cruzar el umbral de la comisaría, custodiada por los agentes de orden público.
Dedicó parte de la mañana a organizar el trabajo diario: repasó las denuncias recogidas el día anterior y valoró la posibilidad de abrir nuevos casos y asignarlos a los pocos agentes disponibles en pleno mes de agosto…
Aunque costaba concentrarse en la tarea.
Desde la calle llegaban los gritos de los manifestantes.
El inspector Aparisi estaba de vacaciones, y el segundo de a bordo era el cagón del subinspector Trueta, que prefería encerrarse en su despacho y esperar a que los de fuera se cansaran de soltar improperios.
Y Arnau se subía por las paredes, más sabiendo lo que sabía desde hacía dos días.
Cuando escuchó por enésima vez lo de «torturadores», decidió tomar cartas en el asunto.
Quizá César, si estuviese allí, lo habría persuadido de no intervenir, pero se había tomado el día libre.
De modo que el cabo salió de la comisaría y fue directo a donde se encontraba el imán.
—¿Quiere hablar? —le espetó.
El imán no supo muy bien cómo reaccionar. Miró a su alrededor, todavía sosteniendo el megáfono, y, al observar cómo varios de sus fieles lo enfocaban con sus móviles, se envalentonó.
—Claro que quiero hablar. Y quiero que me pidas disculpas.
Arnau alzó la cinta balizadora que contenía a los manifestantes y lo invitó a pasar. El imán, sin embargo, se mostró reticente.
—¿Por qué no hablamos aquí, delante de todos?
Hubo murmullos de aprobación a su alrededor.
—Porque no quiero ridiculizarle delante de su gente. Quiero hablar con usted sobre la mezquita y lo que sucedía ahí.
El imán se quedó parado al oír aquello. Arnau lo apremió, agitando la cinta.
—¿Quién es ahora el cobarde, eh?
—Varios de mis fieles entrarán conmigo.
—Que sea solo un par —dijo el cabo.
Y, pocos segundos después, el imán y dos miembros de su séquito seguían a Arnau hacia el interior de la comisaría. Los cánticos habían cesado.
El cabo los condujo al despacho de César y cerró la puerta. Antes de sentarse a la mesa, el imán soltó:
—¿Qué es lo que me quieres contar sobre mi mezquita? ¿Acaso habéis averiguado quién provocó el incendio?
Arnau se tomó su tiempo antes de responder.
Los dos hombres de confianza del imán le daban bastante igual; eran tipos mayores, de movimientos lentos, casi inofensivos.
Quien más le preocupaba era el propio imán; se trataba de un tipo de unos cuarenta y cinco años, recio, con cara de mala hostia y mucho temperamento.
Esperaba que reaccionase con cautela a lo que se disponía a espetarle.
—Hace unas semanas —arrancó a decir Arnau, de pie frente al imán y sus hombres—, usted mismo me preguntó dónde estaba el sentido común de los catalanes, el seny , como muy bien me recordó.
Y acabó diciéndome que más valía que alguien pusiera seny o la situación se nos iba a ir a todos de las manos.
¿Lo recuerda? —El imán asintió, orgulloso.
Arnau continuó—: Pues le va a tocar a usted ser quien ponga seny aquí y ahora, para acabar de una vez con toda esta disputa.
—¿Yo? —exclamó el líder musulmán, indignado—. ¿Después de todo lo que nos han hecho? ¿De que nos quemasen la mezquita? ¿De que pusiesen una bomba en vuestra comisaría y encima pretendieran hacer creer que habíamos sido nosotros? ¿Estás de broma o qué?
—No, no estoy de broma. Por nuestra parte, se ha hecho público quién estaba realmente detrás del asunto de la bomba.
Y se ha dejado bien claro que la comunidad musulmana no tuvo nada que ver.
Ni protegemos al alcalde ni a sus amigos, como tanto predica.
De hecho, quien sale perdiendo aquí es Falguera y su partido…
—Pero seguimos sin mezquita. ¡Y tiene que saberse qué ha pasado con ella!
Arnau respiró hondo y dijo:
—Igual que tendría que saberse lo del maltrato a los chavales, ahí, precisamente, en su mezquita.
Los tres hombres se quedaron pasmados al oír aquello. Después se arrancaron a farfullar palabras en árabe, gesticulando mucho, entre ellos y hacia el cabo.
—Les recomiendo que guarden silencio —les advirtió Arnau alzando la voz y extendiendo un dedo amenazante hacia el imán—, y escuchen todo lo que tengo que decirles.
—El imán, con el rostro encendido, consiguió contenerse.
Los otros dos lo imitaron. Arnau prosiguió—: Sé lo que sucedía en ese centro durante las clases de árabe.
Y sé lo de los castigos físicos. Con la vara y con los puños.
Especialmente, los sábados. Con los niños pequeños y con los no tan pequeños…
—Lo que venía a continuación le dolía, pero no tenía más remedio que mencionarlo—: Hasta ahora ustedes han tenido suerte porque esto no había salido de su círculo.
Pero ahora lo sé yo. Y puedo ponerme a escarbar.
Yo… y todos mis compañeros. Y, si lo hacemos, nos llevaremos a unos cuantos de los suyos por delante.
No hace falta que diga a quiénes. De ustedes depende… ¿He sido suficientemente claro?
El imán asintió en silencio.
—Así me gusta —dijo el cabo—. Pues, de momento, vamos a dejar que mis compañeros sigan con la investigación del incendio.
Si llegan a averiguar quién lo ha causado, bien.
Si no, será porque no hay manera posible de resolver el caso, pero también estará bien.
Porque ustedes encontrarán la forma de levantar una nueva mezquita.
Y se asegurarán de que los chavales aprendan árabe sin recibir ni un puto empujón ni un puto golpe.
¿Me explico? —Esta vez, los tres hombres asintieron en silencio—.
Ya sabía yo que podía contar con ustedes para que le pusieran seny al problema.
La pulla no le hizo la menor gracia al imán, pero no tuvo más remedio que tragar.
Minutos después, Arnau observó cómo el líder religioso convencía al resto de los manifestantes para que se marcharan.
Podía parecer una victoria, pero para Arnau era más bien una derrota. Porque el asunto de los castigos físicos en la mezquita era muy real. Y lo que merecían sus responsables era acabar detenidos y pagando por ello. Pero no podía hacer nada al respecto. Tenía las manos atadas.
Said, su vecino, era quien le había hablado de todo aquello cuando fue a verlo, dos días atrás. Hasta entonces, había preferido guardar silencio y evitar que su hijo pasara por un proceso judicial.
Su hijo de trece años, una de las víctimas de aquellos maltratos, era el causante del incendio. Había prendido fuego al templo en represalia por todo el daño que le hacían a él y a sus amigos, y porque no quería que sus hermanos pequeños pasaran por lo mismo.
El crío, con grandes remordimientos, se lo había confesado a su padre la noche misma del incendio. Pasadas las semanas, y viendo que el odio crecía, Said había acudido al policía en busca de una solución.
La experiencia le había demostrado a Arnau que hacer pasar a los chavales por comisarías, médicos forenses y salas de vistas era algo que dejaba huella, y no para bien.
Además, muchos de los padres se negarían a que sus hijos participaran en la investigación, por miedo a perjudicar a su congregación.
No siempre la mejor solución era la más fácil ni la más justa, por eso sentía aquel amargor en la garganta.