Nuestra señora del abismo 68
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Aquella noche estuve tapeando con Sara cerca del monasterio y, a pesar de que puse especial atención, no noté nada extraño en su comportamiento.

Se limitó a beber un par de refrescos y su actitud fue la habitual en ella, entre alegre y nostálgica.

Tampoco cuando nos besamos percibí ni una pizca de alcohol en su aliento.

Entonces ¿a qué demonios había venido el aviso de su ex?

Decidí callármelo hasta averiguar qué pretendía con ello, y opté por disfrutar de la compañía de Sara.

Después de cenar, estuvimos paseando por el casco antiguo de Quintana, y fue entonces cuando me percaté de que no había muchos turistas. De hecho, apenas nos cruzamos con gente. Se lo comenté a Sara.

—Es por lo de la bomba —dijo—. Ha sido la gota que colmó el vaso.

Desde hace ya tiempo, cada vez que los periodistas nombran Quintana no es más que para sacar mierda: que si aquí vivían los autores de los atentados de Barcelona, que si la falta de integración de los inmigrantes, que si el racismo del alcalde, que si la batalla campal que se han declarado unos y otros, que si la quema de la mezquita…

Y ahora: bomba en la comisaría. ¿A quién le va a apetecer pasar un rato aquí?

Porque esa bomba no iba a explotar, pero ¿quién te garantiza que un día no pongan una de verdad, eh?

—Pero a Miranda sí que suben, ¿no? Y allí también han pasado cosas.

Sara chasqueó la lengua.

—Miranda es otra historia. Allí sube la gente pase lo que pase.

¿O es que ya no te acuerdas de lo que sucedió cuando se largó Marcelo?

Comenzó otra vez la fiebre por los desaparecidos de Miranda y, aparte de la gente que sube allí por costumbre, se sumaron muchos otros que lo hicieron por puro morbo.

Porque saben que a ellos no les va a pasar nada.

—¿Por qué no? Sigue desapareciendo gente.

—Pero gente cualquiera no —me corrigió Sara—.

Solo trabajadores de Miranda. Lo que convierte a los turistas en meros espectadores.

—En eso debía darle la razón—. Antes, la gente que visitaba Miranda también hacía una parada aquí, en Quintana —continuó Sara—.

Daba un paseo, visitaba el monasterio, comía en algún restaurante, compraba pan y embutidos, y luego se marchaba de vuelta a Barcelona. Ahora simplemente pasan de largo.

La amargura en sus palabras resultaba evidente. Incluso podía percibir su resentimiento.

—Ya cambiará —dije, para quitarle hierro.

—No, no cambiará —me cortó con brusquedad—. Mientras sigan jodiendo a Quintana en las noticias, no cambiará. Porque a los que están de paso tanto les da parar aquí que diez kilómetros más arriba o abajo. Los que están de paso son solo eso: gente que está de paso. Que tal como viene se va.

Ahí había mucho más de lo que expresaba con palabras.

—¿Sigues pensando que cuando acabe todo esto me largaré? —Su rostro todavía estaba crispado—. ¿Cómo puedo demostrarte que no es verdad? —insistí.

—No hay forma de que lo hagas. Solo el tiempo puede demostrármelo.

Asentí lentamente y reanudé la marcha. Alargué una mano para que me la cogiera y, aunque tardó, acabó asiéndomela.

Aquella noche nos fuimos a dormir temprano. Yo seguía dándole vueltas a la conversación con el ex de Sara cuando ella recibió un mensaje en el móvil. Medio adormilada, lo cogió.

Se quedó parada frente a la pantalla, con el rostro contrariado.

—¿Algún problema? —pregunté.

Ella soltó un bufido y dejó el teléfono nuevamente sobre la mesita.

—Es mi hermano —dijo—. Quiere verme. Necesita dinero.