Nuestra señora del abismo 67
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Tardó poco en filtrarse la identidad del tipo que había puesto la bomba y, como no podía ser de otra manera, provocó un gran revuelo, uno más, otro de tantos para la larga lista de Quintana.

Aquella tarde, Arnau estaba viendo un reportaje en la tele sobre la previsión de expansión de la Lliga Nacional por toda Cataluña y cómo había afectado el episodio de la bomba al partido de Miquel Falguera.

Arnau Ventura no conocía personalmente al tal Pere Montagut, pero algunos amigos suyos de Riudellums sí.

Y estos le habían confirmado su gran afición por la Lliga Nacional y la devoción que sentía hacia su presidente.

De repente sonó el timbre de la puerta. No el interfono, sino el timbre mismo del apartamento. Marisa y él se miraron, como retándose, a ver quién se levantaba. Era absurdo, porque Arnau siempre perdía.

Se puso en pie con cierta dificultad, se calzó las zapatillas y fue hasta el recibidor. Allí echó un vistazo por la mirilla y advirtió que se trataba de Said, su vecino.

Era la segunda vez que llamaba a su puerta. La primera había sido por una emergencia, de modo que abrió sin demora.

—Hola, Said —dijo—. ¿Va todo bien?

El hombre asintió en silencio. No parecía tratarse de nada urgente, cosa que alivió al cabo. Sin embargo, su actitud le hizo sospechar: gesto serio, mirada esquiva, dedos entrelazados de forma nerviosa…

—¿Quieres pasar y hablamos dentro? —le ofreció, al percibir que miraba con desconfianza hacia la escalera. Said aceptó y entró con él al recibidor. En cuanto cerró la puerta, Arnau lo animó a hablar—. Tú dirás.

El marroquí asintió una vez más, pero necesitó varios segundos para armarse de valor y decir:

—Hace días que quiero contarte algo…