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Avanzaba la segunda semana de agosto y pronto se cumpliría un año de la desaparición de Noa. Pensar en ello me inquietaba. Se acercaba el fin de mi estancia en el valle de Miranda. Y no podía marcharme de allí con las manos vacías.
Mi mayor interés volvía a ser Álex Velasco.
Ahora que Sara conocía el verdadero motivo por el que me encontraba en Miranda, le había expresado mi intención de hablar con su hermano.
Ella no se había opuesto, pero sí me había confesado que llevaba semanas sin saber de él. Se había desvanecido por completo.
Llegué a plantearme que estuviera muerto. La herida que le infligí en la pierna al clavarle aquel arpón no parecía tan grave, pero bien podía haber acabado desangrándose en mitad de la montaña, durante su huida de la plantación.
Arnau, por su parte, seguía enfrascado en analizar las desapariciones de las dos primeras mujeres. De vez en cuando charlábamos y comentábamos gestiones de investigación que en su momento podrían haber sido útiles, pero que ya era tarde para llevarlas a cabo. Resultaba frustrante para ambos.
Así estaban las cosas cuando subí al cremallera después de finalizar mi jornada en el Pedraparada.
Sara había encadenado varios días de fiesta seguidos, de modo que llevábamos un tiempo sin vernos.
Aprovechando que al día siguiente no comenzaba mi turno hasta media mañana, me había propuesto que bajara a Quintana para pasar la noche juntos.
A las ocho de la tarde, la mayoría de los turistas ya se habían marchado, por lo que quedaban bastantes asientos libres en mi vagón.
Me senté junto a una ventana y me acomodé.
Estaba muy cansado y el traqueteo del tren me acunaba como a un bebé.
Fuera comenzaban a crearse grandes nubes, gruesas y oscuras, amenazando lluvia.
Ya me habían avisado de que allí arriba, a mediados de agosto, el tiempo cambiaba de repente y se ponía a diluviar.
Cuando estaba a punto de ceder al sopor, advertí que un hombre ocupaba el asiento situado frente al mío. Tuve que hacer un gran esfuerzo para mantenerme alerta. Conocía a aquel tipo. Era el exmarido de Sara.
No sabía su nombre. Era un tipo serio, poco hablador, que venía al Pedraparada a almorzar y pedía siempre el café solo y sin azúcar. Evitaba mirarme mientras lo atendía y, sin duda, conocía la relación que mantenía con Sara. Su trato era impersonal pero correcto.
Sin embargo, que se presentara ahora ahí olía a melodrama.
Y yo no estaba para historias. El maître del restaurante del hotel, con quien Sara había estado liada antes que conmigo y que, a efectos prácticos, era mi superior, ya me había puteado en un par de ocasiones cambiándome el horario por puro capricho, aunque no había pasado de ahí.
—Sabes quién soy, ¿no?
Yo asentí y él añadió:
—Hacía tiempo que no veía a Sara tan feliz.
—Me limité a apretar los labios y mantenerme en silencio—.
Es una mujer muy especial —continuó—. Ha sufrido mucho y ha pasado por mucho, y yo no siempre supe estar a la altura, lo reconozco…
Pero es una buena madre. Una buena persona.
Y se merece lo mejor… Por eso quiero pedirte que dejes de hacerle daño.
—¿Cómo que le estoy haciendo daño?
Lo pregunté en voz baja, para no alertar a las personas que había a nuestro alrededor, pero el tono reflejaba toda la indignación que sentía en aquellos momentos.
—Está bebiendo otra vez —dijo.
Me dejó mudo; si era cierto, yo no me había percatado de nada.
—Sé que dudas de mí —dijo—. Quizá piensas que te estoy mintiendo.
Pero sé que ha vuelto a la bebida porque la conozco demasiado bien.
Viejos hábitos, viejas costumbres. Y me preocupa.
Me preocupa mucho. Porque todavía la quiero, no te voy a engañar, pero sobre todo porque es la madre de mi hijo.
Así que te pido que, si no puedes poner remedio a lo que sea que la está haciendo sufrir, te apartes a un lado y la dejes tranquila.