Nuestra señora del abismo 65
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César Sánchez se encontraba en su despacho revisando un oficio policial cuando su superior, el inspector Aparisi, entró y cerró la puerta tras él.

Por un momento, el sargento se puso en guardia. Al fin y al cabo, Aparisi llevaba toda la semana buscando víctimas con las que descargar la cólera provocada por el asunto de la bomba falsa, que, para colmo, le había impedido marcharse de vacaciones.

Al propio César todo aquello le había impresionado profundamente y había intentado que Íngrid se marchara de Quintana. Como era de esperar, no obstante, su mujer había decidido que de allí no se movía a menos que él se marchase también.

—¿Pasa algo? —preguntó César, poniéndose en pie.

El inspector fue hasta él y, en un susurro muy cerca de su oído, dijo:

—Ya lo han identificado.

—¿A quién?

Aproximándose aún más, Aparisi respondió:

—Al cabrón que se coló en la comisaría. —Y sonrió, radiante.

Aquello, sin duda, debía de quitarle un buen peso de encima.

Continuó—: Me acaban de llamar para decírmelo.

Han aparecido un par de huellas del tipo, en la cara interna de una pequeña pieza metálica utilizada para anclar el detonador en la carcasa.

—¡La hostia! —exclamó César.

—Y no sabes lo más gordo… Será mejor que te sientes.

El sargento prefería quedarse de pie, pero tampoco deseaba contrariar a su superior, por lo que se dejó caer en la butaca.

—El muy hijo de puta es de aquí.

—¿Es un proárabe?

—¡Qué cojones, proárabe! —Su rostro expresaba una mezcla de indignación y cachondeo—. Está afiliado al partido del alcalde, la Lliga Nacional. Y contaban con él para las próximas elecciones de Riudellums; era el tercero de la lista.

A César la cabeza le iba a mil.

—Lo detuvimos hace cuatro años por violencia de género —informó el inspector—, de ahí que tuviéramos sus huellas.

—Vaya guerra sucia —fue lo primero que le salió al sargento de la boca.

—De la peor.

—Todavía no se sabe quién provocó el incendio, ¿no?

—Nada de momento. Pero, viendo cómo se las gastan los de la Lliga Nacional, no hace falta buscar muy lejos.

César respiró hondo y preguntó:

—¿Quién va a detenerlo? ¿Nosotros?

—Tranquilo, hombre, que se encargan los de Información. —El tipo parecía satisfecho de verdad. Aquel desenlace, sin duda, le permitiría por fin comenzar sus vacaciones—. Desde aquí, como mucho, iremos a darles apoyo.

—Menudo follón se va a armar cuando esto se sepa.

—Por eso es importante mantenerlo en secreto hasta después del arresto. Así que…, ya sabes.

E hizo el gesto de cerrarse la boca con llave.

César asintió. Eso sí que era una bomba de verdad.