64
Días después de su desmayo, Virgínia seguía de baja médica, por lo que cada día enviaban a alguien diferente del hotel para cubrir su puesto. Resultaba curioso que, a pesar de ser una mujer tan introvertida, se la echara tanto de menos en el Pedraparada.
Eran las doce del mediodía y yo estaba comiendo con Amadeo en el pequeño comedor del personal; desde allí oíamos el murmullo de la gente que entraba al Pedraparada.
Era la hora de comer para los extranjeros y, para los españoles, la del aperitivo.
Pronto aquellos murmullos se convertirían en un ruido ensordecedor.
Así eran todos los días del mes de agosto.
Comenzaba a apetecerme levantarme a medianoche para boicotear las vías del tren y evitar que subieran, al menos por un día.
—¿Qué tal está Virgínia? —pregunté.
Amadeo pelaba una manzana ante mí, más callado que de costumbre. Movía muy lentamente sus dedos gruesos y peludos.
—Bien…, mejor —fue su escueta respuesta.
—Vaya susto, pobre.
Asintió con un breve gruñido.
—Amadeo, ¿te puedo preguntar una cosa? En confianza.
—El hombre estaba masticando y se detuvo a observarme.
Entre sus labios asomaba un pedazo alargado de manzana.
Tras unos segundos de pausa, lo engulló de golpe y me hizo un gesto con la cabeza para que continuara—.
He oído que, de joven, Virgínia se marchó de casa, ¿es verdad?
El rostro de Amadeo se ensombreció. Y yo pensé que acababa de cagarla. Sin embargo, había algo que deseaba contrastar con él, y no había otra manera de abordarlo.
—Así que eres uno de esos preguntitas, ¿eh? —Su tono era seco y hostil—. No te hacía de esos.
—No te lo tomes a mal —dije—. Te lo pregunto porque os aprecio mucho, a ti y a Virgínia. Y al oírlo me preocupé. Y me sorprendió, no te voy a engañar. Pero, si no te apetece hablar del tema, lo dejamos y santas pascuas. No quiero que te cabrees conmigo.
Mis palabras consiguieron atenuar la tensión de su rostro. Dejó el cuchillo y el corazón de la manzana en su plato, sobre la larga tira de peladura, y me dijo:
—Acompáñame fuera, que voy a echar un cigarro.
Salimos por la puerta del almacén y nos plantamos a la sombra de la pasarela que conducía a la estación del cremallera.
Se encendió un cigarrillo y, tras la primera calada, me preguntó:
—¿Qué quieres saber?
—No pretendo hurgar en el pasado. Solo quería preguntarte si puede haber algún tipo de conexión entre la huida de tu hija y las desapariciones que se están produciendo aquí, en Miranda.
Negó con un movimiento de cabeza al tiempo que expulsaba una abundante nube de humo.
—Virgínia es una chica diferente —dijo— y muy especial.
Cándida, influenciable… Por aquella época, cuando tenía quince años, había por Vilavella una comuna de hippies que se pasaban el día adorando al sol, meditando, tocando la pandereta, mierdas por el estilo.
Cualquier cosa menos doblar el espinazo.
Unos putos vividores, vaya. Virgínia se acercó a ellos a nuestras espaldas y, poco a poco, fue conociéndolos.
Llegó un momento en que no les quedó más remedio que largarse de aquí porque estaban arruinados, y ella se marchó con ellos.
—Pero ¿no lo denunciasteis? Por entonces era menor, ¿no? Habrían ido a buscarla y os la habrían traído.
Amadeo volvió a negar con un gesto de lado a lado. Esta vez más comedido.
—No habría servido de nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nos dejó una nota. Detestaba formar parte de nuestra familia, nuestra casa, nuestra vida. Aquella carta estaba cargada de odio. Un odio que solo se cura con el tiempo.
No me atreví a preguntar más.
Al entrar, nos encontramos a Gero por el pasillo; estaba desesperado, nos buscaba como un loco. El trajín no paró hasta media tarde.
A eso de las seis, sudado y con los pies reventados, finalicé mi jornada laboral y abandoné el Pedraparada.
Sara libraba y estaba con su hijo, de modo que no podía contar con ella.
Camino de mi habitación, me crucé con el doctor, que salía del dispensario.
Apenas habíamos cruzado cuatro palabras desde la madrugada en que me presenté en su habitación, pidiéndole ayuda médica a cambio de mi silencio. Por eso me sorprendió que me parara.
—Disculpa una pregunta —dijo a modo de saludo—, ¿ha ido Virgínia a trabajar hoy?
—No —respondí. Y se me ocurrió preguntar—: ¿Por qué? ¿Pasa algo?
El médico me miró a los ojos y apretó los labios.
—Nada —respondió, e hizo amago de seguir la marcha.
Yo lo retuve.
—Doctor, ¿qué sucede?
Esta vez me dirigió una mirada directa y desafiante.
—Nada que te incumba. Y, si se te ha pasado por la cabeza volver a recurrir al chantaje, te advierto de que hay líneas que no estoy dispuesto a cruzar, por mucho que se me complique la vida.
Lo miré durante un instante, calibrando sus palabras, y le solté el brazo.
—Dije que estábamos en paz y estamos en paz. Por mi parte no hay más que hablar.
—Ni por la mía tampoco.