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El asunto de la bomba volvió a situar a Quintana de Ter en el ojo del huracán. Los periodistas bromeaban con alquilar entre varios un apartamento y compartirlo para ahorrarse tanto viaje arriba y abajo.
Tres horas y media fue el tiempo de espera e incertidumbre que tuvo que transcurrir entre la llegada de los artificieros con su robot y el momento en que certificaron, para alivio de todos, que la bomba carecía de carga explosiva.
Consistía en una carcasa de plástico con cables, temporizador e incluso detonador, pero sin material alguno que provocara una explosión.
Con todo, lo que daba verdadero pavor era que podía haber sido real y, entonces, todo podía haber saltado por los aires.
El más angustiado era César. El sargento se había pasado la mañana paseándose con aquel coche; la hipótesis inicial era que habían aprovechado algún momento en que el vehículo estaba aparcado en la calle para instalar el falso explosivo en los bajos.
Aquello era humillante. Había dejado en evidencia las medidas de seguridad de la comisaría y, ya de paso, de todo el cuerpo de Mossos d’Esquadra. Desde instancias superiores estaban presionando al inspector Aparisi. Sin duda, rodarían cabezas.
Arnau y un par de agentes echaban una mano a los compañeros de la Unidad Central de Información, que estaba a cargo de la investigación.
Había algo que no les cuadraba: ningún grupo terrorista, ni yihadista ni no yihadista, había reivindicado todavía el amago de atentado.
Por su parte, la Policía Científica estaba analizando el falso explosivo bien a fondo.
Sentado a su escritorio, mientras observaba por enésima vez las imágenes de aquella noche grabadas por la cámara de seguridad de una farmacia cercana a la comisaría, la mente de Arnau divagaba. Seguía sin dar crédito.
En la pantalla apareció una vecina del pueblo, cruzando de derecha a izquierda frente a la persiana metálica del establecimiento.
Se la había encontrado mil veces, era una de las solteronas del pueblo que, cuando lo enganchaban por la calle, no lo soltaban.
Le daban la turra con sus problemas vecinales, y Arnau las escuchaba hasta que se le acababa la paciencia.
Iba a acelerar el vídeo cuando recordó un comentario que le había hecho Víctor Trafalgar semanas atrás: todas las desaparecidas —Carmela, Olaia, Noa, Alba…— eran solteras. Todas.
También había algo en lo que había estado pensando de manera recurrente los últimos días: todas las desapariciones se habían producido en las inmediaciones de Vilavella.
Carmela, en su casa de Vilavella; Olaia, bajando de Miranda, en las proximidades de Vilavella; Noa, durante la fiesta mayor de Vilavella; y Alba…
, bueno, en su caso la teoría rechinaba un poco, ya que se encontraba cerca del refugio de Pas de Llops.
Sin embargo, había un camino directo que comunicaba Vilavella con el refugio.
Se trataba de una ruta exigente, con tramos rocosos y de un desnivel considerable, pero alguien que conociese bien aquellas montañas y sus caminos sin duda podía plantarse en Pas de Llops en poco menos de dos horas.