62
—Cuando todo esto acabe —me dijo Sara al oído—, cuando averigües por qué sigue desapareciendo gente, tú también te largarás, ¿verdad?
Estábamos echados en la cama de su habitación, abrazados y desnudos, bien pegados para no caernos del estrecho colchón.
—Creo que no lo voy a descubrir nunca —respondí—. Y, aunque lo hiciera, no pienso marcharme de tu lado.
Le aparté el cabello y le besé la nuca. Noté cómo la piel se le erizaba. Estaba siendo del todo sincero. Ella aferró mis manos con fuerza y las apretó contra su vientre.
—¿Nunca has querido desaparecer, dejarlo todo atrás y comenzar una vida nueva? —me preguntó.
—Pues no, la verdad. ¿Tú sí?
Ella asintió.
—Pero nunca me he atrevido.
Tras una larga pausa, añadió:
—Si pudieras desaparecer, si pudieses elegir un lugar donde esconderte para que nadie te encontrara, ¿a dónde irías?
—Yo no quiero esconderme.
—Ya, pero imagina que sí, que necesitas huir, escapar de tu vida, y te dan la oportunidad de escoger un lugar donde pasar desapercibido, sin que nadie sepa quién eres.
—En ese caso, haría como en aquella película…
—¿Qué película?
— Escondidos en Brujas.
—No la he visto. ¿De qué va?
—Va de dos gángsteres irlandeses, dos sicarios, de hecho, que huyen a Brujas después de que su último trabajo saliera mal. Mientras esperan órdenes de su jefe, intentan pasar desapercibidos, pero lo cierto es que no lo consiguen.
—No sé si la vería… ¿A ti te gustó?
—A mí sí. Los actores son muy buenos. Pero sobre todo me gusta por la ciudad. Me trae muy buenos recuerdos.
—¿Has estado allí?
—Sí, aunque hace ya mucho tiempo… Acababa de cumplir veinte años y me dio por hacer un interraíl por toda Europa.
—¿Fuiste con amigos?
—Qué va. Lo hice solo. No conseguí convencer a nadie, aunque tampoco me importó. Ya por entonces me gustaba ir a mi bola… Conocer gente, charlar con unos y con otros… El caso es que me pasé todo el verano por ahí de viaje, y Brujas fue una de las paradas. La mejor.
—Pues sí que te gustó.
—Mucho. Es una de esas ciudades en las que parece que estás paseando por el decorado de una película medieval. La cerveza belga es increíble y la gente muy abierta…
—Sobre todo las chicas, ¿no?
—Bueno, sí, normal…
—Tranquilo, que no me voy a poner celosa.
Reí.
—Pues, mira por dónde, Brujas fue el único lugar donde mantuve una relación con una chica.
Y no era belga. Era de Barcelona. Pasamos tres días juntos y, bueno, ya sabes, a esa edad los amoríos son muy especiales…
Después los dos tuvimos que marcharnos, ella de vuelta a casa y yo camino de Ámsterdam, y no volvimos a tener noticias el uno del otro.
Era otra época, ya sabes. Sin teléfonos móviles ni historias.
Nos dimos el número de casa y ambos lo perdimos.
—¿Y nunca más volvisteis a veros?
Tardé en responder. Ella se volvió hacia mí.
—Sí —dije al fin—. Hace unos meses, precisamente.
—¿Y cómo fue? ¿Sentiste lo mismo que aquella vez?
Se me escapó una sonrisa.
—No, no, qué va. Han pasado muchos años. Le hablé un poco de mi vida. Ella me contó la suya…
Y fue entonces cuando decidí revelarle algo que todavía no había contado a nadie.
—De hecho —hice una pausa para aclararme la garganta—, es por ella por lo que estoy aquí.
—¿A qué te refieres?
—Esa chica…, esa mujer…, es la madre de Noa. Cuando hablamos, me contó lo de su desaparición, y que la policía había dejado de investigarlo. Y me pidió que la ayudara a descubrir qué había pasado con Noa.
Sara asintió pensativa y volvió a recostarse.
—Desde luego —dijo—, está claro que contigo nunca acaban las sorpresas.