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Tras salir a desayunar algo a media mañana, el sargento César Sánchez aparcó el Skoda Fabia de paisano bajo la marquesina del aparcamiento exterior de la comisaría.
Se sentía a gusto. Por fin comenzaba a disfrutar de trabajar allí. En lugar de alargar la jornada hasta las cinco y media, había decidido hacer un turno intensivo y finalizar a mediodía. Así podría aprovechar las tardes en compañía de Íngrid y Rodrigo.
Había pedido a Arnau y a otros agentes de su Unidad que le recomendaran lugares interesantes para visitar y, así, como quien no quiere la cosa, estaba conociendo la comarca en compañía de su familia.
Una de las visitas pendientes era subir al valle de Miranda, pero lo iba posponiendo porque el precio de los billetes del cremallera lo echaba para atrás.
Mientras se dirigía a la oficina de la Unidad de Investigación, oyó al otro lado del pasillo, frente a la sala de briefing , cómo alguien gritaba alzando mucho la voz y con gran nerviosismo.
Se trataba del subinspector Trueta, segundo de la comisaría y jefe de seguridad ciudadana. Mantenía una conversación con alguien por teléfono y hacía gestos en dirección a las escaleras, por donde bajaba el inspector Aparisi acompañado del cabo Arnau.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó Aparisi en cuanto el otro colgó el teléfono.
—¡Era el jefe de la sala! Han recibido una llamada que amenazaba con detonar una bomba… ¡Aquí, en comisaría!
Todos se quedaron perplejos.
—Pero ¿le dan crédito? —preguntó Arnau.
—Sí, sí. Por lo visto es real. ¡No es ninguna broma! —Le temblaba el labio inferior al hablar—. Me han pedido que hagamos algunas comprobaciones, así que vamos a…
—A ver, un momento —lo interrumpió Aparisi, con gesto cansado—. Repíteme qué te han dicho exactamente.
—Pues que acababan de recibir una llamada de un hombre con acento árabe, que amenazaba con hacer estallar una bomba que lleva instalada desde ayer por la noche en comisaría… Me han pedido que hagamos una primera batida, a ver.
Esta vez, Aparisi pareció tomárselo más en serio. Dijo:
—Que se quede solo una patrulla en la calle y avisa al resto para que vengan. Vamos a registrar la comisaría de arriba abajo. A conciencia. Y que delimiten un perímetro de seguridad, para que no se acerque nadie. Cualquier civil que haya en dependencias, administrativos incluidos, que salga.
Al fin y al cabo, se encontraban en nivel 4 sobre 5 de alerta antiterrorista.
—Los Tédax están activados y vienen hacia aquí —informó Trueta.
—Yo empezaría por el exterior —propuso César—. Siempre es más fácil eso que arriesgarse a entrar en el edificio.
Arnau fue a avisar al resto de los agentes de investigación que se encontraban en la oficina y todos salieron a echar un vistazo.
—¿Y tú? ¿Le das mucha credibilidad a esa llamada? —preguntó César a su cabo. Ambos estaban agachándose y comprobando los bajos de los coches de paisano aparcados bajo la marquesina, uno por uno.
—Yo no mucha, pero, oye, esto es como creer en Dios —dijo Arnau—: si te lo tomas en serio y después resulta que no existe, no pierdes nada. Pero, si te lo tomas a guasa y después acabas ante Él sometido a un juicio final, ya puedes prepararte para lo peor.
César prefería pensar que no era más que una falsa alarma. Se sentía más cómodo así. Hasta que Arnau, tendido en el suelo y con la vista clavada en los bajos del Skoda Fabia que acostumbraba a utilizar a diario César, exclamó:
—¡Hostia puta!
César se agachó a mirar. Y la vio, adherida al chasis. Era una bomba lapa.
Tenía las dimensiones de un táper rectangular, forrado con cinta aislante negra. Y de una esquina asomaba una maraña de cables rojos y verdes que se perdían en dirección al bloque motor. Apenas quince minutos antes, César había estado conduciéndolo. Un escalofrío le recorrió el espinazo.
—César, levanta —dijo el cabo, ya a su lado. Y, al comprobar que no reaccionaba, gritó—: ¡César, cojones, apártate del coche!
Evacuaron la comisaría y los edificios más cercanos. También detuvieron el tráfico de la carretera nacional y el tránsito de trenes, dada la proximidad de ambas vías al edificio policial.
La espera de los artificieros se hizo eterna.