Nuestra señora del abismo 60
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El sábado siguiente, a eso de las tres y media, Virgínia se desmayó en mitad del servicio de comidas del Pedraparada.

Yo me encontraba al final de la barra, liado con la máquina de cafés, de modo que tardé en percatarme de que algo sucedía dentro del bar.

Sin embargo, mis compañeros habían comenzado a desaparecer uno tras otro, para sorpresa y disgusto de los clientes, cuya cola salía del establecimiento, algo a lo que ya me había acostumbrado.

Cuando advertí que todos entraban, pero ninguno salía, ni siquiera Gero, me asomé y vi a Virgínia tendida en el suelo del office, inconsciente, con el cabello y la chaquetilla empapados en sudor y el rostro completamente pálido.

A su lado, Amadeo trataba de despertarla con cachetazos nerviosos en la mejilla, mientras el encargado pedía a todos que se apartaran y la dejaran respirar.

Corrí a por el teléfono que había junto a la caja registradora y, a través de la línea interna, pedí que enviaran al doctor. Cuando este llegó al cabo de tres minutos, Virgínia ya había comenzado a recuperar el conocimiento.

Todos volvimos al tajo menos Amadeo. Marina se encargó de la plancha, Pol del office y yo me ocupé de la barra junto a una camarera del restaurante que enviaron para ayudarnos.

Mientras tanto, sentaron a Virgínia en el pequeño comedor del personal que teníamos en el Pedraparada y el doctor le tomó las constantes vitales.

Algo pareció no gustarle al médico y prefirió llevarla al dispensario, situado en la planta superior a la que nos encontrábamos.

Los vi salir a los tres, padre, hija y doctor, camino de la escalera, cuando Gero abandonó momentáneamente la caja para detenerlos.

Habló con Amadeo; le pidió que volviera a la plancha y así poder recuperar a Marina para el servicio de barra.

Nos encontrábamos desbordados, y las mesas en la sala estaban a rebosar de vasos y platos sucios…

Y, después de todo, Virgínia parecía encontrarse mejor y estaba en buenas manos.

Amadeo trató de resistirse, pero el doctor insistió en que no hacía falta que los acompañara. Al final accedió y regresó a la cocina.

Ya no volví a ver a Virgínia en todo el día.

Cuando finalizó mi turno, subí a la planta superior del hotel, donde se hallaba el servicio de lavandería. Necesitaba hacer la colada; ya no me quedaba ningún polo del uniforme limpio.

Hacía calor allí arriba. Nada más entrar, y con el sonido de fondo de media docena de lavadoras y secadoras industriales girando y centrifugando, saludé a las reinas del lugar: Nely y Lourdes.

Se alegraron de verme, y aún más cuando las sorprendí con un par de helados de limón que les llevé del Pedraparada.

Eran sus favoritos, y a mí me convenía tenerlas contentas.

—Otra vez te ha pillado el toro con el uniforme, ¿eh? —preguntó Nely mientras desenvolvía el helado.

Sonreí.

—Tú sí que me conoces.

Lourdes me quitó de la mano la bolsa que traía conmigo.

—Tienes suerte de ser una de nuestras debilidades —dijo—. Que si no…

Metió mi ropa en una pequeña lavadora doméstica que había en un rincón de la estancia y que solían utilizar para la ropa más delicada, y la puso en marcha.

—Hemos oído lo de Virgínia —comentó Lourdes sentándose junto a Nely y rompiendo el envoltorio de su helado—. Menudo susto, ¿no?

La lavandería estaba bastante aislada del resto del complejo hotelero, pero no había noticia que se les escapara.

—Pues sí —dije mientras cogía un taburete que había en un rincón—. Nos hemos llevado un buen susto. Y Amadeo estaba que se subía por las paredes.

Ambas mujeres se miraron.

—Es muy protector con ella —dijo Nely.

—Normal —añadió Lourdes—. Esa casa siempre ha sido un drama. Antes incluso de que muriera Elisa…

—Elisa era su mujer, ¿no? —pregunté. Ambas asintieron al unísono—. Algo me comentó Amadeo, que ella era la que ocupaba antes el puesto del office.

—Fue morir la madre y aparecer de repente la hija… —comentó Lourdes.

—Después de tanto tiempo desaparecida —agregó Nely.

—¿Cómo que desaparecida?

Ambas volvieron a mirarse.

—A ver, desaparecida desaparecida no…

—Bueno, Lourdes —la corrigió Nely—. Sí que estuvo desaparecida durante años. ¿O acaso tú te la cruzabas por Vilavella a menudo?

Lourdes no se atrevió a contradecir a su compañera.

—De joven se escapó de casa —me explicó Nely—. Conoció a un grupo de personas que le llenaron la cabeza de pájaros y se largó con ellos, tras dejarles una nota de despedida a sus padres.

—Algo parecido a una secta —apuntó Lourdes—. Eso es lo que contaba Elisa cuando conseguías arrancarle más de tres palabras seguidas.

—Es que era una mujer muy apocada, igual que Virgínia. Y sumisa. Siempre pegada a su marido.

—Y Amadeo será todo lo correcto y trabajador que tú quieras —sentenció Lourdes—, pero no hay manera de que se abra y te cuente algo personal.

—El caso es que, siendo hija única, pues ya te puedes imaginar tú el dramón en que se había convertido esa casa. Amadeo y Elisa parecían dos almas en pena…

—Bueno, antes tampoco es que fueran la alegría de la huerta.

De pronto se quedaron calladas, saboreando su helado.

—Pero ¿cuándo sucedió eso? —pregunté—. ¿Antes de que empezaran las desapariciones en Miranda o después?

Al oír aquello de las desapariciones, ambas se santiguaron tres veces. Después respondieron:

—Antes, antes.

—Mucho antes.

—¿Y cuándo regresó Virgínia?

—Poco después de que falleciera su madre de cáncer. Por lo visto, volvió con el rabo entre las piernas, completamente arrepentida. Ya la ves, que no dice ni mu…

—Bueno —la cortó Lourdes, suspicaz—, cuídate tú del agua que no corre y del gato que no maúlla. Que las apariencias engañan.

—Sí, ya… Pero, igualmente, muy triste todo —concluyó Nely—. Una pena de familia.

Salí de la lavandería dándole vueltas al asunto y preguntándome cuánto había de cierto en lo que acababa de escuchar y cuánto de habladuría.

Al llegar a mi habitación, consulté el móvil y descubrí que la madre de Noa me había enviado varios mensajes en los que me preguntaba si estaba disponible e insistía en hablar conmigo. El último era un audio. Como estaba solo en la habitación, lo reproduje. Su tono era duro:

—Víctor, ¿se puede saber qué estás haciendo? Llevas semanas ahí arriba y todavía no has descubierto nada… Empiezo a pensar que estás perdiendo el tiempo a propósito, que no te importa una mierda saber dónde está Noa o qué le ha pasado… Vas a conseguir que me arrepienta de haberte contado nada.

Aquello me jodió el resto del fin de semana.