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La decepción que se había llevado el cabo Arnau Ventura al constatar que Wilmer Cedeño no estaba detrás de ninguna de las desapariciones de Miranda fue enorme.
A pesar de ello, decidió recuperar las carpetas físicas e informáticas de los primeros casos y volver a analizar las pistas y los indicios que se recabaron en su momento.
Comenzó abriendo la carpeta de la desaparición de Olaia Balaguer, la cocinera del autoservicio.
Ahí había poco que rascar. Cero testigos, cero indicios.
La información de telefonía tampoco había aportado nada.
La mujer se desvaneció mientras bajaba de Miranda a pie, por el camino viejo de Vilavella, poco antes de llegar al pueblo.
Sin sospechosos claros ni no tan claros.
Vivía con su madre y su hermana en Manlleu, a media hora en coche de Quintana. Soltera. Nada.
Fue al comedor de la comisaría a buscar un café de máquina y charló sobre cosas intrascendentes con los compañeros de seguridad ciudadana, durante su pausa para merendar.
Media hora más tarde, regresó a su escritorio y abrió la carpeta del caso de Carmela Bas, la revisora del cremallera. Ahí ya había más chicha.
Fue la primera trabajadora en desaparecer o, al menos, la primera desde que los Mossos habían asumido las competencias en la comarca. Vivía a las afueras de Vilavella, en una casa aislada, sola, cuidaba de sus animales y de su huerto. Se esfumó de repente una noche de noviembre.
Se tomó declaración a muchos vecinos de Vilavella, y las especulaciones fueron múltiples.
Lo cierto es que Carmela daba mucho juego.
En primer lugar, porque tenía muy mal carácter; había discutido prácticamente con todos los vecinos del pueblo, con todos los trabajadores del valle de Miranda y con una buena cantidad de visitantes que subían al cremallera en el que ella trabajaba.
En segundo lugar, porque se rumoreaba que era lesbiana y que una gran cantidad de amantes iban desfilando por su casa.
Aunque había quien afirmaba que en realidad solo tenía un novio en Barcelona que subía de vez en cuando a visitarla.
Todas las líneas de investigación acabaron en un callejón sin salida.
Arnau releyó las declaraciones de los diferentes testigos, pero no encontró nada nuevo que no se hubiera investigado ya. El propio Arnau y Salva, el agente que estaba de baja por lumbalgia, habían sido los principales investigadores y, por lo tanto, habían hecho la mayoría de las averiguaciones.
Mientras hojeaba los documentos, encontró una anotación con un número de incidente y las palabras «conflicto vecinal por una niña». La letra era de Salva. También había una fecha, y correspondía a cuatro meses antes de la desaparición.
A Arnau no le sonaba el incidente. Por simple curiosidad, accedió al aplicativo y buscó su número en el registro histórico. Correspondía a una actuación de seguridad ciudadana.
La fecha coincidía con la de la anotación. Según el incidente, la propia Carmela había llamado para solicitar presencia policial en su casa. El operador había anotado: «La reclamante informa de que se ha colado en su casa una niña de diez u once años muy asustada y que apenas habla».
Sin embargo, cuando una patrulla se personó en el lugar, Carmela los recibió con gritos e insultos por llegar demasiado tarde. Por lo visto, la niña ya no estaba allí; se habían presentado unas personas que aseguraban ser familiares suyos y se la habían llevado.
Arnau decidió telefonear a Salva para salir de dudas.
—Buenas, ¿cómo va esa espalda?
—Mejor, aunque sigue jodiéndome… Oye, ¿no te habrá pedido el pequeño tirano que me llames para averiguar cómo cojones estoy?
—No, qué va… Es que estoy liado con lo de las desapariciones de Miranda.
—Ya…
—He estado repasando el caso de Carmela Bas…
—La revisora, ¿no?
—Eso es. Te llamo porque he encontrado una anotación tuya sobre un incidente con una cría que apareció en casa de Carmela… ¿Lo recuerdas?
—Ajá.
—¿Hay algún motivo concreto para que lo apuntaras o era solo una más de sus broncas?
—No, no. Si no recuerdo mal, es la última discusión de la que quedaba constancia en el registro.
Hablé con los patrulleros y me contaron más cosas de las que salen en el incidente.
A ver que recuerde… Sí, me dijeron que, cuando llegaron a la casa, Carmela estaba hecha una furia.
En buena parte contra ellos, por tardar tanto en llegar, pero también con las personas que acababan de llevarse a la niña.
Eran unos vecinos, que se presentaron diciendo que habían perdido a su sobrina, que tenía algún tipo de discapacidad.
Carmela les recriminó que no cuidaran mejor de ella y, a su vez, el vecino se cabreó al enterarse de que había avisado a la policía.
Y se engancharon, claro. Después se largaron llevándose a la niña.
—¿Y sabemos quiénes eran esos vecinos?
—Qué va. La patrulla preguntó, pero Carmela dijo que no quería problemas, que bastante tenía con los suyos, y que hubieran llegado antes.
—¿Así, tal cual?
—Así, tal cual. Los agentes me reconocieron que resultaba muy difícil arrancarle nada a Carmela, más allá de insultos y malas palabras. Pero, bueno, puedes hablar tú mismo con ellos.
Tras despedirse, Arnau colgó y contactó con uno de los dos patrulleros que constaban en el incidente.
Este confirmó todo lo que Salva le había contado. Tan solo añadió que, según Carmela, la muchacha estaba físicamente descuidada y vestía ropa muy gastada. Tampoco insistieron, puesto que la mujer era bastante desagradable.
Aquello, desde luego, no parecía tener nada que ver con su desaparición.
De modo que Arnau descartó el incidente, catalogándolo como otro más de los enfrentamientos que la desaparecida había mantenido a lo largo y ancho de la comarca por motivos azarosos y a menudo absurdos, y retomó la lectura de su expediente.