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Después de lo de Wilmer, mi relación con Sara se resintió.
Transcurrían los días y, entre que nuestros horarios se habían solapado y que esa semana ella había tenido que pasar mucho más tiempo en Quintana, a cargo de su hijo, no nos habíamos visto.
Yo no quería explicarle por WhatsApp el motivo de mi marcha apresurada y prefería mantener una conversación tranquila con ella, pero ese momento se resistía a llegar. Era evidente que Sara estaba molesta.
Sin embargo, aquella tarde nos encontramos por casualidad en la pasarela central, frente a la puerta del santuario, ambos vestidos con los uniformes. Habíamos acabado nuestros respectivos turnos y estábamos libres.
—¿Tienes que bajar a Quintana? —le pregunté.
Ella negó con un movimiento de cabeza.
—Entonces ¿podemos charlar un rato?
Tras recapacitar un par de segundos, asintió.
Los turistas pasaban a nuestro alrededor, pero yo solo podía mirarla a ella. Necesitaba poner fin de una vez por todas a aquella extraña guerra fría que se libraba entre nosotros.
—¿Dónde te apetece ir? —pregunté.
Ella se volvió hacia el santuario.
—¿Has entrado alguna vez?
—¿Ahí dentro? No, la verdad.
Jamás se me había ocurrido poner un pie en aquel lugar. Ni por curiosidad.
—Pues ya va siendo hora —dijo, con una media sonrisa.
Eso me dio esperanzas.
Nos dirigimos a la portada del templo y, con paciencia y en silencio, accedimos detrás de una familia japonesa.
El interior del santuario de Miranda era amplio y solemne, pero debo reconocer que me sorprendió por su sencillez; esperaba encontrarme con un espacio mucho más ostentoso y ornamentado, y con escasa luz natural.
Pero no fue así. Las paredes de la nave principal, altas y prácticamente desnudas, eran de color crema y favorecían la iluminación suave que entraba a través de los vitrales de la parte superior de los muros y del techo.
En contraste, había dos largas hileras de bancos de madera oscura que cubrían prácticamente la totalidad de la nave, entre las cuales un estrecho pasillo central conducía directamente al altar, de líneas simples y austeras, acorde con el resto de la iglesia.
A ambos lados del templo, tras arcadas de baja altura, había pequeñas capillas y espacios destinados a la colocación de velas. La gente guardaba silencio y se mostraba respetuosa con el lugar. Y lo cierto es que, a pesar de la presencia de turistas, el ambiente transmitía tranquilidad.
En el presbiterio, la parte más elevada del altar, se encontraba la imagen de Nuestra Señora de Miranda.
Consistía en una talla románica de pequeño tamaño con la Virgen y el Niño pintados de vivos colores, y protegida por una cubierta de metacrilato.
Una luz cálida la enfocaba directamente, de modo que resultaba imposible no alzar la vista en dirección a la escultura.
Para poder subir hasta el lugar donde se encontraba la talla y contemplarla más de cerca, las personas aguardaban pacientemente formando una cola a la derecha de la nave.
Nuestra Señora de Miranda nos observaba serenamente a Sara y a mí.
La inclinación de sus cejas, los párpados ligeramente cerrados, la mueca combinada de su nariz y sus labios…
, parecía haber sido tallada para mirar desde las alturas a los fieles, probablemente con misericordia, pero en ese momento sentí que me encadenaban a un profundísimo pozo.
Fui consciente de que era ridículo pensar algo así, pero la realidad es que me sentí muy pequeño, un ser ínfimo ante su presencia.
Seguí cabizbajo a Sara hacia la hilera de bancos de la izquierda de la nave y nos sentamos en el extremo de uno de ellos, alejados del pasillo central.
Estábamos muy cerca el uno del otro, con el cuerpo ladeado para poder mirarnos a los ojos.
Hablamos en voz muy baja para respetar el silencio del lugar.
—Siento haberme marchado así el otro día, de repente, sin darte ninguna explicación.
—No tienes por qué hacerlo. No me debes nada.
—Pero yo sí siento que te la debo… Esto que tenemos —dije, señalándonos a ambos— me gusta. No quiero perderlo.
La expresión seria de su rostro se relajó. Se apoyó en el respaldo del banco e hizo un gesto con una mano, invitándome a continuar.
—El viernes pasado estuve en Vic…
Hice una pausa, y ella dio muestras de no comprender el motivo.
No obstante, al cabo de pocos segundos, abrió mucho los ojos.
La noticia del arresto de Wilmer cuando estaba a punto de atacar a otra de sus víctimas, su pasado criminal en Perú, sus posibles vinculaciones con media docena de muertes más en la provincia…
Todo había trascendido hasta convertirse en el monotema del valle de Miranda.
—¿Sabías que iba a atacar a otra chica?
—Qué va, pero sí tenía el presentimiento de que estaba detrás de las desapariciones de Miranda.
Sara me observó en silencio durante un instante.
—Por eso estás aquí, ¿no? Por las desapariciones. —Asentí—. Pero ¿sigues siendo policía o no?
—Todo lo que te he contado sobre mi pasado es cierto. Sigo suspendido de empleo y sueldo, y es probable que me quiten la placa de por vida por hacer lo que hice. No te he mentido.
—Aun así…, ¿trabajas con los Mossos de Quintana?
—Ni siquiera sabían que yo estaba aquí. Cuando lo descubrieron no les hizo mucha gracia. Por suerte, allí hay un cabo con el que tengo buen rollo. Le conté mis sospechas sobre Wilmer y…, bueno, ya sabes cómo ha acabado la cosa.
—Pero en las noticias decían que Wilmer no tiene nada que ver con las desapariciones.
Negué con pesar.
—Y es cierto. Es un hijo de la gran pu… —me detuve al recordar dónde nos encontrábamos—. ¿Puedo decir eso aquí?
Por fin le arranqué una sonrisa de verdad.
—Tú mismo. Es tu vida eterna la que está en juego.
—En ese caso diré que Wilmer es un hijo de la grandísima puta, pero que se va a librar de las desapariciones. Tiene coartada para todas.
Sara me dio un golpecito en la rodilla y señaló con un dedo la zona del altar. Desvié hacia allí la mirada y observé al mosén, que acababa de salir por la puerta de la sacristía.
—Fijo que te ha oído —dijo—. Prepárate.
En mi intento por ahogar una carcajada, acabé emitiendo un sonido seco y vibrante que me salió por la nariz.
El sacerdote clavó su mirada en mí.
No obstante, al reconocerme, sonrió. Diez segundos después ya estaba frente a nosotros.
—Menudo milagro, tú por aquí.
—Ya ve, nunca hay que perder la fe.
—Me da a mí que la fe no ha tenido nada que ver con esto. O, al menos, no la fe en Dios Nuestro Señor.
—Bueno, ya sabe lo que dicen, mosén: los caminos del Señor son inescrutables…
El sacerdote dirigió a Sara una mirada de fingido fastidio y le dijo:
—Veo que tenemos a un listillo en la sala.
—No lo sabe usted bien —respondió ella.
Y comenzaron a reírse a mi costa.
Muchos turistas se volvieron hacia nosotros, indignados por la escandalera. Pero, al descubrir que era el mosén quien la causaba, se revolvían incómodos, sin saber muy bien cómo reaccionar.
Entonces, los ojos de Sara se clavaron en mí, ya no tan risueños, y reconocí con cierto temor lo que me había inquietado antes con la talla: aquellas dos lanzas azules me perforaban con la misma facilidad con la que me había confinado a un oscuro abismo la mirada de Nuestra Señora de Miranda.