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Tras recibir la enésima felicitación por la detención de Wilmer Cedeño, el sargento César Sánchez colgó el teléfono y se dejó caer sobre el respaldo de la butaca.
Estaba agobiado por aquel asunto y, sobre todo, por mentir al respecto.
Defendía los buenos resultados en una Unidad como la suya hablando de mano izquierda, trabajo en equipo, actitud motivadora y buenas compensaciones, sin mencionar que, de no ser por un agente suspendido de empleo y sueldo que no dejaba de entrometerse, nada de aquello habría ocurrido.
Sin embargo, no estaba dispuesto a admitirlo en voz alta ni mucho menos agradecérselo en persona, a pesar de que su culo estaba ahora un poco más a salvo que días atrás gracias a Víctor Trafalgar.
Incluso el sarpullido del cuello y la espalda había ido desapareciendo.
Con todo, aquel tipo acabaría arrastrándolos al fango.
Resultaba inevitable, por pura probabilidad.
Para colmo, el mes de agosto que acababa de comenzar parecía más caluroso que nunca. Se llevó la mano a la frente y notó la humedad en los dedos. El aire acondicionado de aquella comisaría era una auténtica vergüenza.
Mientras trataba de concentrarse en leer una condenada directriz operativa que parecía no tener ni pies ni cabeza, oyó desde la sala de la Unidad que Arnau gritaba:
—Mirad a quién me he encontrado en la puerta de la comisaría, haciendo cola como una más.
Llegaron hasta el sargento murmullos de presentaciones, saludos, besos y bromas, algo poco habitual en aquella oficina. César se levantó y se aproximó al marco de la puerta de su despacho, para vencer la curiosidad. Y se quedó blanco.
En medio de la sala se encontraba Íngrid, su esposa, con el carrito de Rodrigo.
—Jefe —le recriminó Arnau—, ¿cómo no avisas de que está tu familia en Quintana? —Y luego, dirigiéndose a ella, añadió—: Tenéis que venir un día a comer a casa.
«Lo que faltaba», pensó César mientras observaba cómo Íngrid y Arnau hacían buenas migas. El cabo ya había comenzado a hablar de las paellas de su mujer, Marisa.
Carme tenía a Rodrigo cogido en brazos, y le hacía carantoñas.
—¿Y este niño tan guapo de dónde ha salido? ¿Eh, cosita? ¿De dónde has salido tú?
—Muy sonriente lo veo —dijo Sebas—. Y simpático. ¿Seguro que es suyo, jefe?
Íngrid rio, cosa que indignó aún más al sargento.
—Sebas, por favor… —le recriminó César, al tiempo que cogía a su hijo.
Le hubiera gustado darle un beso a su esposa, pero le daba vergüenza hacerlo delante del personal.
Mientras entraban en su despacho, le echó en cara a Íngrid:
—Podías haberme avisado de que venías.
—¿Para que me dijeras que no lo hiciera? Sí, claro… Además, quería ver la cara que ponías —dijo sonriendo.
César bufó. Qué largo se le estaba haciendo el verano.