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Al estar suspendido de empleo y sueldo, no tuve más remedio que aguardar novedades en la sala de espera de la comisaría de los Mossos de Vic. Cuando llevaba más de dos horas allí sentado, Arnau salió por la puerta que había justo al lado de la recepción.
Y, por su cara de funeral, deduje que algo no marchaba bien.
—Lo siento, chaval. —Sostenía en la mano un documento doblado y me lo tendió—. Me temo que vas a tener que empezar de nuevo. Estás en un callejón sin salida.
—¿Qué es esto? —pregunté, al tiempo que desdoblaba el papel.
Parecía un informe médico.
—La noche que desapareció Noa —dijo Arnau—, Wilmer se encontraba ingresado en el Hospital Clínic de Barcelona. Lo habían intervenido de urgencia por apendicitis. Hubo algunas complicaciones y permaneció allí casi una semana.
Busqué las fechas de ingreso y alta. Cuadraban. O bien había fingido su estancia allí o… simplemente no era él el responsable de la desaparición de Noa.
No era él.
Juro que no me lo podía creer.
—Sé que esto te jode —dijo el cabo, dejando caer su manaza sobre mi hombro—. Pero no eres el único.
—¿A qué te refieres?
—A que no eres el único que está jodido. También yo. Cuando Alba Solà desapareció, ese hijo de puta estaba aquí, en Vic, cargándose a esa otra pobre chica. Hasta ahora no me había dado cuenta de la coincidencia en las fechas.
Respiré hondo.
—¿Al menos la muerte de esa chica está atada?
Arnau asintió.
—Los de la Unidad Territorial de Investigación Central lo tienen encarado.
Se encontraron restos de esperma en la ropa de ella; hasta ahora no tenían con qué comparar ese ADN, pero están convencidos de que dará positivo con Wilmer.
También han llamado de la UTI Girona. Creen que podría estar detrás de un par de homicidios más. A ver qué sacan.
—¿Y del resto? —pregunté—. ¿Qué hay de la trabajadora del cremallera y de la cocinera del autoservicio desaparecidas? ¿Podrían también ser víctimas?
Arnau negó con la cabeza.
—Eso sucedió hace más de dos años y, por entonces, Wilmer aún no había salido de Perú.
—De modo que… ¿empezamos de cero otra vez?
—Así es, chaval. Pero no olvides lo más importante. —Hizo una pausa para mirarme a través de sus grandes gafas de pasta—: Hoy hemos salvado una vida. Y todo gracias a tu puta cabezonería.
Evidentemente, eso era algo muy bueno, pero para entonces ya me había invadido el desánimo, sobre todo al pensar en la madre de Noa, en su próxima decepción. Necesitaba largarme de ahí.
—Me voy, a ver si pillo el último cremallera —dije—. No os canséis mucho, ¿vale? Y recuérdale a Sebas que le debo una cena. Que no lo olvido.
—Ni él tampoco, seguro. Hablamos mañana.
Salí del edificio y eché a andar en dirección a mi coche. No era muy tarde, así que decidí llamar a Sara y explicarle por qué me había marchado con tanta prisa. Tenía el móvil apagado y opté por enviarle un wasap sin entrar en detalles. Ya me respondería.
Era cuestión de horas que se hiciera pública la detención de Wilmer. Una primicia como aquella era demasiado golosa para los periodistas de la crónica negra. Cuando la noticia llegase a los trabajadores del valle de Miranda, iba a causar estragos.