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Corrí como un loco mientras, en mi cabeza, rememoraba lo leído en prensa sobre la muerte de aquella chica, allí mismo, en Vic.
Las imágenes de una cámara de seguridad, testigo mudo de cómo un asesino fingía su atropello.
Nada era casual. Todo estaba más que preparado. Y premeditado.
Vi a la chica agacharse junto al cuerpo inerte, aferrando una de sus manos, nerviosa. Y al poco advertí que la mano izquierda de aquel cuerpo comenzaba a moverse.
Empuñaba algo. Algo brillante.
Era la hoja de una navaja.
Lancé un grito que alertó a la mujer. Y se echó atrás a tiempo de evitar el navajazo en su cara.
Salté sobre Wilmer. Rodamos por el suelo. Mi obsesión era desarmarlo. Conseguí inmovilizarle el brazo con el que empuñaba la navaja y le provoqué tal presión en la muñeca que acabó soltándola del dolor.
Justo cuando estaba sobre él, para dominarlo, vinieron en mi ayuda Sebas y Carme. Después se unió Arnau. Le dimos la vuelta y lo esposamos.
Me puse en pie y respiré hondo. Necesitaba recuperar el resuello. Cuando me volví hacía Wilmer, advertí que tenía los ojos clavados en mí.
Jamás he visto tanto odio en una mirada.