Nuestra señora del abismo 82
100%

82

Intenté disimular, pero no lo conseguí.

Conforme me acercaba a la cama, la sonrisa de su rostro se iba convirtiendo en una línea recta.

No me agaché a besarla. No podía.

Ella comenzó a llorar. En silencio, poco a poco. Aferrando la sábana entre los dedos y retorciéndola.

—Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —respondí.

—Lo siento. —Y realmente lo sentía. Lo supe cuando dijo—: Noa era hija tuya, ¿verdad?

Asentí lentamente.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Sara se encogió de hombros.

—Lo supe y punto… Por eso me dolía tanto estar contigo. Esconderte la verdad. Sabía que tarde o temprano lo averiguarías. Y que no me lo perdonarías.

—No vuelvas a beber, por favor —le pedí—. No te destruyas.

Ella negó con la cabeza.

—Te lo prometo.

Asentí nuevamente.

—Yo era el padre de Noa —dije al fin—, pero lo supe tarde.

Cuando ya había muerto. Su madre trabaja en los juzgados de Barcelona y un día me reconoció, aunque no me contó la existencia de Noa.

Se lo calló. Estoy seguro de que no fue de mala fe; tan solo pretendía proteger a su hija, temía que mi aparición rompiera la coraza que con esfuerzo había construido en torno a su hija durante tantos años.

Al fin y al cabo, solo habíamos pasado unos días juntos en Brujas veinte años atrás.

¿Quién coño era yo? Sin embargo, después de que Noa desapareciera el verano pasado, y al comprobar desesperada que la investigación no avanzaba, me lo reveló.

Hice una pausa para enjugar las lágrimas del rostro de Sara.

—No tengo ni idea de lo que se siente al tener un hijo. Pero tú sí. Tú eres madre. Y sabes por lo que está pasando esa mujer. Necesita saber qué ha sucedido con su hija. Poder enterrar sus restos. Tienes que confesar.