Nuestra señora del abismo 52
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—¿Estás bien, Rossana? —preguntó César, ayudando a la asistenta a ponerse en pie.

De pronto, la mujer pareció volver de un estado de ensimismamiento.

—Sí, sí, estoy bien. No es nada. Solo que por un momento… No me hagas caso.

César le retiró de las manos los documentos policiales que le había ayudado a recoger del suelo y los dejó sobre la mesa.

—Me has preocupado —dijo.

—No es nada, tranquilo. Cosas de hacerse mayor…

La mujer recogió el trapo y el bote de espray, y abandonó la habitación.

César se sentó de nuevo frente a su escritorio y, al mirar a la izquierda, volvió a ver las anotaciones sobre la desinstalación del bidé. Resopló. Quizá, si lo hacía por partes, es decir, un fin de semana lo retiraba y al siguiente montaba el mueble, resultaría más llevadero…

A los cinco minutos, Rossana volvió a presentarse en el despacho.

En esa ocasión, sin embargo, no traía ningún producto de limpieza en las manos, sino sus gafas para ver de cerca, que habitualmente escondía porque era bastante presumida.

La mujer se aproximó a la mesa de César y, ajustándose las gafas, de un color rosa chillón, dijo:

—Querido, ¿te importaría mostrarme una fotografía que he visto antes?

Al principio César no entendía a qué se refería. Ella señaló los documentos policiales, apilados a un lado de la mesa, y entonces lo comprendió.

—Lo siento, Rossana, pero eso es confidencial. No tendrías que haber visto nada.

—Te lo ruego, César. Solo para quedarme tranquila.

El sargento dudó, pero algo debió de ver en el rostro de la mujer, que lo llevó a ceder.

—Está bien, ¿a qué foto te refieres?

—No sé, una en la que sale la cara de un hombre.

César fue pasando los documentos, hasta que la mujer posó la mano con brusquedad sobre su hombro, y comenzó a clavarle las uñas.

César se giró hacia ella para quejarse, pero enmudeció al ver una mueca de horror en su cara.

Desvió la mirada hacia la mesa y, ante él, se encontró con la fotografía del documento de identificación del Wilmer André Cedeño Ramos.

—¿Lo conoces? —preguntó César.

—Oh, Dios… —respondió Rossana, tapándose la boca, conteniendo un grito. Estaba temblando—. Oh, Dios santo… No puede ser… Es él… Es él…