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Diez minutos antes, Arnau me había informado de que Wilmer se había apeado del tren en Vic y había echado a andar en dirección sur, seguido por una de sus agentes.
El paseo había durado poco más de un cuarto de hora, y el pinche de cocina había acabado dirigiéndose a un centro de ocio situado a las afueras de la ciudad, en una zona industrial rodeada de naves e hipermercados.
Consistía en unos multicines con bolera, zona de máquinas recreativas, bares y restaurantes.
Arnau y otro de sus agentes habían llegado en sendos vehículos, aunque permanecían fuera del centro de ocio, en contacto telefónico con su compañera, que sí estaba dentro.
Rondaban las siete de la tarde.
Aparqué mi León varias plazas más allá del Duster de Arnau y me bajé para unirme a él y a su compañero, que ahora se encontraban en el mismo vehículo.
La afluencia de coches era grande, de modo que pasábamos desapercibidos.
Arnau hizo las presentaciones de manera rápida.
El agente se llamaba Sebas y me miraba con curiosidad.
Tras estrecharle la mano, presté atención a lo que la compañera narraba al otro lado de la línea telefónica.
—… entonces hemos llegado aquí, pero, en lugar de entrar directamente a los cines, ha dado la vuelta al edificio, hasta la cafetería, y se ha parado un rato, observando a través del cristal…
Después se ha girado y ha empezado a mirar a su alrededor, como si buscara algo.
Te juro que creía que estaba haciendo contras, que me había calado.
—¿Y lo sigues pensando?
—No, qué va. Ha sido un poco raro, pero creo que no iba por mí.
Se ha acercado a la zona de aparcamiento que hay enfrente del restaurante mexicano y después ha vuelto a la entrada de los multicines.
Ahora está haciendo cola frente a los mostradores, esperando a que lo atiendan. ¿Quieres que entre con él en la sala?
—De momento no —respondió Arnau—. Pero, Carme, a ver si puedes enterarte de a qué peli va; así nos hacemos una idea de cuánto tiempo va a estar aquí.
—Ok. Todavía queda para que lo atiendan. La cola va bastante lenta.
—Creía que ahora la gente compraba las entradas por internet —dijo el tal Sebas—. O que pasaban de ir al cine.
—Pues ya ves que no —respondió la compañera—. A ver… Esperad un momento.
Nos llegó el sonido amortiguado de varias voces, como si la compañera hubiera guardado el teléfono en un bolsillo o en el bolso, o simplemente lo mantuviera pegado a su cuerpo. Al cabo de unos segundos, la voz de Carme llegó clara pero susurrante.
—Va a ver la nueva de Spider-Man.
—¡No jodas! —exclamó Sebas—. Menudo friki…
—¿Cuánto dura? —preguntó Arnau.
Consulté en el móvil la duración de la película.
—Dos horas y media —dije.
El cabo soltó un bufido.
—Pues no sé si vamos a aguantar mucho —dijo—. Este seguimiento comienza a parecerme una pérdida de tiempo.
Incluso yo lo pensaba. Al fin y al cabo, Wilmer se había metido en el cine a ver una película. ¿Qué podía haber de sospechoso en eso?
Sin embargo, ya que había hecho el viaje hasta Vic, decidí quedarme y esperar a que Wilmer regresara a Riudellums. Cuando se lo dije a Arnau, se pilló un buen cabreo, puesto que no quería dejarme solo allí. Intentó llegar a un pacto conmigo:
—Nos quedamos hasta que acabe la peli, y después lo seguimos de vuelta a casa. Pero te vas a pasar una buena temporada quietecito, sin darme problemas.
Al oír aquello, Sebas se quejó; acababa de descubrir que acabaría más tarde de la hora.
—Hoy, precisamente, que he quedado… Y todo por seguir a un friki.
—Lo siento —dije—. Cuando acabemos, os invito a cenar donde queráis.
—Eso ya me gusta más.
—Te va a salir caro —me avisó Arnau.
Poco antes de las nueve, cuando todavía faltaban cincuenta minutos de película, Carme telefoneó para avisar de que acababa de ver a Wilmer salir por la puerta principal.
Arnau, Sebas y yo seguíamos juntos dentro del Duster. El cabo puso de nuevo el altavoz.
Carme había estado vigilando desde un bar situado frente a la entrada de los cines y, nada más verlo, había comenzado a seguirlo.
—Está andando otra vez hasta el aparcamiento que hay delante del mexicano… Va tranquilo, mirando su reloj. Se para y echa un vistazo alrededor.
—Pero no ha acabado de ver la película, ¿no? —quiso saber Arnau.
—Qué va. Aún debía de quedarle un buen cacho.
—Eso es que no le ha gustado —comentó Sebas—. Normal.
—A ver, que se mueve —avisó Carme—. Va otra vez a la cafetería… Y vuelve a mirar por la ventana… Parece que disimula… Ahora cruza a la acera de enfrente… Y se sienta en el bordillo. Está entre dos coches.
—Vamos a dividirnos —anunció Arnau—. Sebas, sube a tu coche y ve hasta el aparcamiento del mexicano. Víctor y yo nos acercaremos con el Duster a la cafetería. Carme, no lo pierdas de vista.
Comenzaba a oscurecer cuando nos detuvimos frente a la cafetería.
Tenía pinta de estar a punto de cerrar. Yo seguía en el asiento de atrás, medio agachado, para no llamar la atención.
Desde nuestra posición, observé por primera vez a Carme, una veterana de unos cincuenta años, de pelo corto y rubio, vestida con ropa cómoda y el bolso cruzado.
Se estaba comiendo un cucurucho y lo cierto es que pasaba del todo desapercibida.
Desde allí también alcanzábamos a ver a Wilmer, que jugueteaba con su teléfono móvil, sentado en el bordillo de la acera, justo en el hueco que dejaban dos SUV estacionados en paralelo.
De vez en cuando parecía desviar la mirada hacia la cafetería.
Así estuvimos más de media hora.
Ya había oscurecido por completo.
Dentro de la cafetería ya solo quedaban trabajadores. Habían colgado el cartel de CERRADO y colocado las sillas de madera sobre las mesas de mármol para poder barrer y fregar.
—Reconozco que esto me parece raro de cojones —dijo Arnau, mirándome por encima del respaldo de su asiento.
Y lo era, aunque no teníamos ni idea de qué estaba sucediendo ahí.
De pronto, Wilmer se puso en pie. ¿Nos habíamos perdido algo?
Arnau hizo la llamada a tres bandas.
—¿Alguien lo ve?
—Creo que se ha metido entre los coches —anunció Sebas. Sonaba adormilado.
Una camarera que acababa de abandonar la cafetería, todavía vestida con uniforme, pasó frente a nosotros.
—¿No ha vuelto al aparcamiento del mexicano? —preguntó Carme.
—Yo no lo he visto por aquí —se justificó Sebas, aunque lo cierto es que la zona estaba muy mal iluminada.
Vimos a Carme dirigiéndose al lugar donde antes estaba Wilmer.
—Aquí no está —dijo.
—Hostia puta —se quejó Arnau.
—Se ha evaporado —lamentó Sebas.
Arnau arrancó y condujo hasta el aparcamiento del mexicano. Lo recorrimos despacio, pero Wilmer no estaba allí. Sebas nos contemplaba desde su coche, con cara de no entender nada.
Un claxon nos sacó del estupor. Era un Alfa Romeo, que pedía que apartáramos el coche para poder salir. Arnau hizo avanzar el Duster para dejarle vía libre.
Me volví justo cuando el Alfa Romeo abandonaba su plaza y reconocí tras el volante a la camarera de la cafetería.
El vehículo enfiló la salida del aparcamiento y, tras detenerse para ceder el paso, se incorporó lentamente a la calle principal.
Ahí fue cuando tuve uno de esos presentimientos que te hielan la sangre.