50
Al sargento César Sánchez se le hacía raro estar en casa los días de entre semana.
No acababa de acostumbrarse. Para colmo, su mujer, Íngrid, lo había mantenido ocupado yendo de compras y le había preparado una larga lista de reparaciones pendientes, algo que nunca se le había dado bien.
Podía colgar un cuadro, cambiar una bombilla, reemplazar el embellecedor de un interruptor e incluso empapelar una pared, pero poco más.
Aun así, su mujer insistía con que mirara tutoriales de YouTube y lo intentara.
Lo último: retirar el bidé del baño del dormitorio, que, para ser sinceros, ninguno de los dos usaba más que para dejar la ropa sucia.
En su lugar, Íngrid quería colocar un armario de IKEA.
«Necesitamos más capacidad de almacenamiento», repetía ella una y otra vez, mientras César no pensaba en otra cosa más que en un cuarto lleno de agua hasta arriba a causa de una tubería mal sellada.
Y le había dado un ultimátum: debía hacerlo antes del fin de semana.
Técnicamente, ya tenía todo lo necesario para ejecutar lo que para él era una obra magna de albañilería: en concreto, el material de fontanería, las herramientas y el armario, todavía desmontado, por supuesto.
También había visto un par de tutoriales.
Pero decidió dejarlo para el día siguiente.
Al fin y al cabo, Íngrid regresaría pronto de recoger a Rodrigo de la guardería, y podrían salir juntos a dar una vuelta y tomar algo.
Se dirigió a la habitación que utilizaba de despacho y ocupó la butaca.
El ordenador estaba encendido, con la web de YouTube en la pantalla.
Sobre la mesa había varios papeles con garabatos en forma de croquis del cuarto de baño y el nombre de algunas herramientas o piezas que hacían falta para taponar las cañerías.
Los apartó a un lado y en su lugar depositó los documentos que guardaba en su maletín de trabajo.
Todavía debía revisar un par de informes que la semana siguiente tenía previsto presentar en la reunión regional de jefes de Unidades de Investigación.
—¿Ya has acabado con el bidé? —preguntó Rossana desde la puerta.
César no se sobresaltó; era muy consciente de que la mujer andaba por la casa, recogiendo y limpiando. Acababa de pulverizar la puerta con un chorro de espray para limpiar la madera y se disponía a pasarle un trapo.
—¿Tú también, Rossana? Ya tengo bastante con Íngrid, por favor.
—Yo no me meto, no me lo tengas en cuenta. Solo digo que podrías ponerte con ello y tener a Íngrid contenta. ¿Qué mal te va a hacer?
César apartó la vista de la documentación y observó a la mujer, que parecía concentrada en el movimiento circular de su mano.
Le caía bien, y era consciente de que si se entrometía en sus cosas era porque se preocupaba por ellos.
En más de una ocasión lo había avisado por mensaje de que más le valía llevarle algún regalo a Íngrid cuando bajara de Quintana porque la tenía con un buen cabreo.
Antes de trabajar para ellos, lo había hecho para los padres de Íngrid durante quince años, prácticamente desde que llegó de Perú.
Había dejado en su país marido y dos hijos, y poco a poco los había ido trayendo a España.
Ahora el marido trabajaba de transportista y los hijos estudiaban en la universidad.
Para Íngrid eran como parte de la familia.
Y preparaba un ceviche que a César lo volvía loco.
—Ya lo sabes, Rossana. Como haga todo lo que pone en la lista que me ha dado hoy, mañana tendré otra lista igual o más larga. Me limito a contemporizar.
La mujer detuvo el movimiento de la mano, se irguió en dirección al sargento y, con gesto serio, dijo:
—Tú contemporiza mucho, que verás lo rápido que te mandan de vuelta al Quintana ese de un patadón en el culo.
César sonrió.
—Te recuerdo que soy policía, Rossana. Ni ingeniero, ni paleta, ni fontanero. Policía.
—Mucho cuento tienes tú. Pero, ahora que me voy a ver a mi mamá, más vale que cuides de tu esposa si no quieres que caiga mi venganza sobre ti cuando regrese.
—Ahora que comentas eso —dijo César, volviéndose hacia la mujer—. Quería pedirte un favor. Íngrid se ha empeñado en venir conmigo a Quintana todo el mes de agosto… ¿No podrías convencerla de que no es muy buena idea?
La mujer entró en el despacho lentamente, agarrando con una mano el trapo húmedo y con la otra el espray limpiador.
—¿Y qué problema hay con que te acompañen? ¿Acaso tienes algo que ocultar?
La sola mención hizo que César se ruborizase y, torpemente, dio un manotazo a los informes de trabajo que había sobre la mesa y desparramó los folios por el suelo.
—Rossana, por favor, no me seas bruta… Cómo voy a tener nada que ocultar, si allí no hago más que trabajar como un idiota…
—dijo, al tiempo que se agachaba para recoger la documentación.
Rossana también se acercó para ayudarlo—.
Los ánimos están muy caldeados ahí arriba —se justificó César—.
Hay un enfrentamiento abierto entre los partidarios del alcalde y los extranjeros, sobre todo los magrebíes.
Los tiene completamente encabronados. Y con la policía…
A la policía no pueden ni vernos. Les han quemado la mezquita y en parte nos echan la culpa a nosotros…
Cuanto más hablaba César, menos atención parecía prestarle Rossana.
De hecho, estaba absorta, con la mirada fija en algo.
En uno de los documentos que acababan de caer de la mesa.