Nuestra señora del abismo 49
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Nada más colgar, consulté la hora en la pantalla del teléfono móvil. Tenía el tiempo justo para cambiarme de ropa si quería coger el siguiente cremallera que salía de Miranda.

Cuando me volví para rodear el banco del lago donde había quedado con Sara, descubrí que ella acababa de llegar. Y, por su cara, estaba claro que había escuchado el final de la conversación. Llevaba dos cafés con hielo en sendos vasos de cartón.

—¿Pasa algo? —preguntó, tendiéndome uno.

Lo cogí y me lo bebí de un trago. Todavía no estaba frío del todo, pero al menos no me quemé la garganta.

¿Qué podía contarle? ¿Que un viejo amigo se había presentado en Quintana y tenía que bajar a verlo? ¿Un primo, una hermana? No quería mentirle.

—Tengo que marcharme —me limité a decir.

—¿Te espera alguien ahí abajo? —lo preguntó como si tal cosa, dando un pequeño sorbo a su café, pero clavándome la mirada. Tuve que hacer grandes esfuerzos por no evitarla.

—No es eso. Luego te lo cuento, ¿vale?

Ella se quedó observándome en silencio, ahí de pie, frente a mí, con su uniforme de camarera. Le quedaba muy bien, la verdad. Imponía.

—¿Tengo que empezar a preocuparme? —preguntó por fin.

Se me escapó una sonrisa. Al fin y al cabo, era tan humana como yo. Tan solo se hacía la fuerte. También como yo. Como todos.

—Nada de eso, te lo prometo. Puedes estar tranquila.

—Vale, chico misterioso.

Volví a sonreír y le di un beso rápido en los labios.

Ella no lo rehuyó, ni tampoco me dio un guantazo. Respiré aliviado y empecé a andar a paso ligero, camino de mi habitación. Me quité el uniforme y me vestí con ropa cómoda. También eché mano de mi mochila operativa.

Bajé los escalones y volé hacia la estación.

El tren estaba a punto de salir. Los cuatro vagones que conformaban el convoy estaban a reventar, pero tenía que subirme.

Vi un pequeño hueco junto a una de las puertas y acabé apretujado contra un grupo de excursionistas que habían merendado en el Pedraparada después de hacer cima en el Montcreus.

Los saludé y percibí al instante el olor a sudor rancio de sus ropas técnicas.

Tampoco es que yo oliera a rosas, pero iba a resultar un viaje muy largo.

Consulté el reloj nuevamente y me planteé volver a llamar a Arnau para averiguar dónde estaban, pero pensé que quizá no convenía cabrearlo más. Media hora más tarde, llegamos por fin a la estación de Vilavella.

De camino al aparcamiento, observé que Amadeo y Virgínia iban por delante de mí.

Aquel era precisamente el cremallera que cogían a diario para volver a casa.

No tardé en ponerme a su altura. Avanzaban a paso lento; Amadeo era un tipo fornido y fumador, y Virgínia era corpulenta, rozando la obesidad.

Los saludé al pasar a su lado y el cocinero me hizo un gesto con la mano que sostenía el pitillo, a modo de despedida.

Ella me lanzó un débil adéu mientras remontaban el sendero que conducía al aparcamiento exterior.

Sabía que no vivían lejos, pero sin duda preferían cubrir aquel pequeño recorrido con el viejo Land Rover de Amadeo, visto lo mucho que les costaba andar.

Antes de llegar a mi Seat León, telefoneé a Arnau.

—¿Cómo vais? —pregunté antes de que el cabo me respondiera.

—Has bajado, ¿verdad? Pesado de las pelotas…

—Ya sabías que sí, no sé de qué te extrañas. ¿Dónde estáis?

—Vamos camino de Vic. Wilmer sigue en el tren.

—Pues voy para allá.

—Escúchame…

—Que voy, que voy. No insistas.

—¡Ya sé que vienes, joder! Pero ¡escúchame! El tío te conoce, así que es mejor que no te expongas. Supongo que irá camino del cine a ver alguna película, como dijiste que haría. Tampoco creo que haga nada del otro mundo, pero de todas maneras preferiría que no te viese o se va a mosquear.

—Ya había pensado en eso, así que puedes estar tranquilo. Solo voy de apoyo, por si necesitáis algo. Vosotros mandáis.

—Así es, y más vale que no lo olvides.

—O me caerá un puro… Te he oído antes, aunque no lo creas…

—Mierda, eres un listillo. Sabía que eras un listillo…