Nuestra señora del abismo 48
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Un silbido anunció la llegada del tren cremallera a la estación de Riudellums, donde Wilmer Cedeño había bajado los dos últimos días.

Arnau se puso tieso sobre el asiento, consciente de que, como se le pasara por alto la presencia del peruano, comenzarían a surgirle dudas.

No había podido liberar a ningún otro agente para hacer el seguimiento, así que iba solo.

Los segundos iban transcurriendo, pero la cabeza de Wilmer no aparecía entre la multitud…

De pronto, Arnau detectó el rostro de Wilmer Cedeño.

Iba vestido con tejanos, camiseta marrón y una pequeña mochila a la espalda.

Cruzó el torno de salida y…, en lugar de girar a la izquierda para cruzar el aparcamiento y salir a la calle principal, como había hecho las otras veces, continuó recto.

En dirección a la estación de Renfe, que estaba a cincuenta metros.

Arnau se mantuvo quieto, observándolo desde la lejanía. La cosa era lo que parecía: Wilmer pasó una tarjeta de viajes por el detector y accedió al andén, que consistía en una reducida plataforma de cemento al aire libre.

Había que ponerse las pilas.

Cogió el móvil y seleccionó el contacto de Carme. Antes de que la agente respondiera, ya llegaba un tren procedente de Francia.

—Arnau, ¿vas a seguir por ahí escaqueándote mientras el resto hacemos todo el trabajo?

Las puertas se abrieron. Un par de personas descendieron del vagón al que se disponía a acceder Wilmer. Después subió.

—Carme, escucha: la cosa se ha complicado. Estoy en la estación y al capullo este le ha dado por salir de paseo.

—No jodas.

—Sí jodo, sí. Y es más. Acaba de subir al tren que viene de la Tour de Carol. Llama a Sebas y plantaos los dos en la estación de Quintana. Si baja, lo seguís. Si continúa, sube tú al tren y que Sebas haga el recorrido por carretera. Yo haré lo mismo. En cuanto nos cantes dónde baja, desencochamos.

—Entendido.

El tren arrancó y Arnau puso el motor en marcha. Antes de Quintana había un par de paradas más. Debía asegurarse de que Wilmer no se bajara en ninguna de ellas.

Poco antes de llegar a Quintana, el teléfono de Arnau anunció una llamada. El cabo, atento a la carretera, descolgó sin mirar quién era el interlocutor. Creía que se trataba de uno de sus agentes, pero no. Era Víctor.

—¿Qué? ¿Ya has acabado de perder el tiempo con mis chorraditas y has vuelto a tus casos de superpolicía?

—Mierda, Víctor, ahora no estoy para hostias.

—¿Por qué?

—Tu amigo ha cogido un tren…

—¿Qué dices?

—Lo que oyes. Ahora está a punto de llegar a Quintana. Si no baja ahí, seguiremos el recorrido, a ver a dónde se dirige…

—¿Cuántos sois? ¿Tres?

—Sí…

—Pues ¡bajo con vosotros!

—¿Cómo que bajas?

—Que bajo, que bajo. Aquí ya he acabado. Y llevo dos días quedándome con las ganas. Así que bajo.

—¡Víctor! ¡Quédate ahí! Como vengas aquí, te meto un puro que te cagas…

Para cuando soltó lo del puro, Víctor hacía ya rato que había colgado.