Nuestra señora del abismo 47
58%

47

Agosto estaba a la vuelta de la esquina y, a efectos prácticos, apenas me hallaba mucho más cerca de averiguar lo sucedido con Noa que el día que llegué.

Mi pequeña obsesión con Wilmer parecía tener poco recorrido y, si nada cambiaba, iba a perder el fuelle necesario para mantener a Arnau de mi lado.

El primer seguimiento había resultado una pérdida de tiempo.

Al día siguiente, tras subir a trabajar a Miranda, volvió a bajar, por lo que avisé de nuevo al cabo.

Montaron un nuevo dispositivo de vigilancia y…

obtuvieron el mismo resultado que el día anterior: Wilmer fue directamente a casa de su hermana.

Aquella misma mañana, Wilmer había vuelto a Miranda con el primer cremallera.

No era normal que subiera y bajara tan a menudo, sobre todo si al día siguiente comenzaba a trabajar temprano.

Eso me mosqueó, de modo que, poco antes de finalizar mi turno, hice un viaje a la cocina del restaurante del hotel con la excusa de recoger un saco de barras de pan para el Pedraparada.

Allí se encontraba el único horno de todo el valle, y a mí me iba de perlas para provocar un encontronazo con Wilmer o, al menos, echar un vistazo al panel del personal, donde podía comprobar su horario.

Cuando entré en la cocina y saludé a los pinches que comenzaban a preparar el turno de cenas, me topé con Wilmer, que se estaba quitando la chaquetilla.

—Eh, ¿acabas ya?

—Sí, por fin… Estoy rendido de tanto madrugar. Si no tomo el primer cremallera, no llego.

—¿Y eso? ¿No te quedas a dormir aquí arriba?

Al oír mi pregunta, me hizo señas de manera discreta para que me acercara a la zona de cámaras frigoríficas donde se encontraba.

—No me llevo muy bien con mi compañero de cuarto, Paolo. Encima ronca horrible, pero horrible. Prefiero irme a casa de mi hermana.

—Menudo palo, entonces. Isra no ronca, pero no veas cómo le cantan los pies.

—¡Oooh! Eso sí que es duro, hermano.

—Y que lo digas… ¿Bajas hoy también?

—Sí. —Aquello sin duda lo alegraba—. Además, mañana sábado no madrugo.

—Qué bueno, ¿no? ¿Vas a aprovechar para ir al cine o algo?

—Pues me encantaría, pero no tengo fuerzas. En cuanto llegue a casa, me voy a echar a dormir. Estoy rendido y, para colmo, el tren va tan lleno de turistas por las tardes que me toca hacer todo el viaje de pie…

—Pues es una pena —dije—, porque de camino aquí pensaba: «Si Wilmer libra hoy, igual podemos bajar a ver una peli».

Aquello pareció contrariarlo. Tardó en reaccionar.

—Oh, no. Tendrá que ser otro día. Hoy necesito descansar.

—Sin problema. Otro día.

Wilmer se dirigió a la escalera de servicio y yo volví a donde había dejado el saco con las barras de pan.

—¡Eh, Wilmer! —lo llamé. Él se giró—. La muerte nos sonríe a todos, así que devolvámosle la sonrisa. —De pronto pareció descolocado y confuso—. Gladiator —dije.

—Ah, sí, claro. —Sonrió distraídamente. Después se rascó la frente, como si ni así hubiera acabado de entenderme—. Ahí me agarraste.

—Estás fatal, tío. Esa es clásica. De las más épicas.

—Ya, ya… —Parecía a mil kilómetros de allí—. Me voy, hermano, que estoy apurado.

Y desapareció escaleras arriba.

Por mi parte, en cuanto salí a la pasarela principal, telefoneé a Arnau.

—No me digas que vuelve a bajar.

—Si quieres no te lo digo, pero el caso es que vuelve a bajar. Me lo acabo de cruzar y me lo ha confirmado.

Arnau carraspeó.

—Hoy no creo que podamos ponernos tras él. Hay trabajo en la oficina, y llevamos dos tardes en la calle, perdiendo el tiempo con tu amigo.

—Pues sí que os rendís rápido.

Aquello lo picó, tal como esperaba.

—Escúchame, mierda seca. Aquí nadie se rinde. Pero es que tenemos muchas más cosas que hacer, además de trabajar para ti. Tú eres un detective de medio pelo con un solo casito; nosotros somos policías de verdad con una montaña de casos de verdad.

—Menos mal que soy inmune a tus pullas, porque, si no, ya me habrías hundido en la miseria. —La risa de Arnau llegó desde el otro lado de la línea—. Hagamos una cosa —propuse—: Poneos otra vez tras él y, si vuelve a meterse en casa de su hermana, pues desmontáis el seguimiento y santas pascuas.

—¿Desde cuándo estoy a tus órdenes?

—Mierda, Arnau. Con solo un par de días de seguimiento es imposible sacar algo…

Arnau volvió a gruñir. Y a resoplar.

—Está bien, capullo.