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El cabo Arnau Ventura llevaba un par de días con el informe de Wilmer André Cedeño Ramos impreso sobre su mesa, cubierto, eso sí, por varios expedientes, no fuera que el sargento se acercara a comentarle algo y lo viera de forma fortuita.
Sin embargo, era consciente de la necesidad de mostrárselo a su superior, más aún si pretendía montar aquella tarde de miércoles un seguimiento: Víctor le había informado de que el peruano tenía previsto bajar aquella misma tarde, después del servicio de comidas.
Mientras sopesaba el mejor modo de exponérselo, el sargento se aproximó hasta él sigilosamente, y le anunció:
—Voy a tener que marcharme. Como pase un día más aquí, mi mujer va a cambiar la cerradura de casa.
—Muchos días sin bajar a Terrassa, ¿no?
—Diez.
—Demasiados. Y, sinceramente, esto tampoco vale tanto la pena. Ve con tu mujer y tu hijo, anda. Disfruta de ellos.
—Eso pretendo —respondió César, asintiendo.
La euforia de los últimos días parecía disipada.
La prensa se había olvidado de ellos, los superiores habían vuelto al ataque con sus exigencias, y Marcelo Abreu había pasado a disposición judicial y había salido libre con cargos.
Eso último era algo con lo que ya contaban, pero que no hacía más que atestiguar que la vida seguía, para bien o para mal.
Arnau carraspeó. Era ahora o nunca.
—César —dijo—, echa un vistazo a esto.
Y le tendió el informe.
El sargento se apoyó en la mesa contigua y comenzó a hojearlo. Al leer el nombre del sujeto al que iba dedicado, apartó la mirada del documento con una ceja levantada.
—Este es el famoso Wilmer, ¿no? Por el que llamaron los de la Interpolicial.
Arnau asintió en silencio.
—¿Acaso te ha convencido de algo tu amigo de allí arriba?
Esta vez, el cabo respondió encogiéndose de hombros, menos convincente.
—Tengo mis dudas, pero bueno…
—Y, aun así, me vienes con esto. ¿Por qué? ¿En agradecimiento a su ayuda con lo del baño de la estación?
Al oír aquello, Arnau asintió con una media sonrisa, pero no añadió nada.
—¿Cuándo pensabas contármelo? —preguntó el sargento.
—¿Nunca?
César emitió un bufido como toda respuesta, pero volvió al informe para leerlo de principio a fin. Tras observar durante unos segundos la fotografía de Wilmer, dirigió una mirada al cabo y dijo:
—No me hace gracia que esta información provenga de donde proviene, pero también pienso que pasa algo raro con este tipo. Ahora, de ahí a que esté detrás de las desapariciones…
Por primera vez, el sargento englobaba la desaparición de Alba con el resto. Y no parecía cerrarse en banda a tantear la teoría de Víctor.
—Me pondré detrás de este tío un par de tardes —dijo Arnau—, a ver qué hace cuando no está trabajando en Miranda.
El sargento se encogió de hombros y, mientras guardaba el informe en su mochila de mano, dijo:
—Tú mismo. La verdad es que yo estoy agotado y, aunque tampoco creo que en Terrassa descanse mucho, me toca estar ahí ahora.
Las cosas se están poniendo difíciles en casa…
No hace falta que me lo digas, ya sé que en gran parte es por mi culpa.
Pero hay cosas que… En fin, cosas con las que no contaba, que creía que serían más sencillas.
—Respiró hondo y echó la cabeza atrás antes de decir—: Si todo va bien, no volveré hasta el lunes.
Aun así, cualquier cosa que necesites, me llamas.
—Intentaré no molestarte.
—Solo te pido, por favor, que no la líes en mi ausencia.
—Jamás.
El sargento comenzó a alejarse en dirección a la puerta, pero a medio camino se volvió.
—En serio, no le des carrete a Víctor Trafalgar. O acabaremos metiéndonos en problemas, tú el primero.
—Así será, tranquilo.
Y el sargento, por fin, abandonó la oficina.
Tenía luz verde.
Cuando Wilmer bajó del cremallera en Riudellums, el cabo y los dos únicos agentes disponibles llevaban media hora aguardando su llegada.
Empezaron a seguirlo, Sebas y Blai a pie, y Arnau a bordo de un vehículo.
Sin embargo, la cosa fue breve. Nada más abandonar la estación, el peruano se dirigió a una casa y no volvió a salir de ahí en toda la tarde.
Gracias al padrón municipal pudieron averiguar que su hermana vivía allí con toda la familia.
Víctor había comentado la posibilidad de que el tipo aprovechara la tarde para ir al cine, pero, cuando desmontaron la vigilancia casi a las diez de la noche, Wilmer seguía encerrado ahí dentro.
Fue una tarde soporífera, y Arnau acabó con el culo cuadrado de tanto esperar. Ya no estaba hecho para aquello.