Nuestra señora del abismo 45
55%

45

Aquella noche la pasé con Sara, en su habitación.

La mía también estaba libre, pero el uniforme de Isra dejaba un tufo perenne a sudor que, unido al olor a porro, había terminado por impregnar la estancia de manera irreversible.

Yo ya me había acostumbrado, pero Sara no tenía por qué sufrir aquello.

Cada noche con Sara era mejor que la anterior.

Llevábamos doce días viéndonos en relativo secreto, pero era como si nos conociéramos desde hacía meses o incluso años.

Yo había dejado de luchar contra la idea de que aquello podía traer complicaciones a mi investigación, porque en realidad estar con Sara me hacía sentir más fuerte.

En la cama nos entendíamos de forma instintiva, unas veces con irrefrenable energía y otras con una simple caricia.

También conversábamos mucho. Me fascinaba escucharla contar pasajes de su vida, incluso los más sórdidos, con buen humor y una sonrisa en los labios de la que yo era cómplice.

Mentiría si dijera que, bajo el manto protector de Nuestra Señora de Miranda, no pasé algunas de las mejores noches de mi vida.

Y tampoco puedo negar que, sin esperarlo, me había vuelto a enamorar.

Entre otras cosas, aquella noche estuvimos hablando de Marcelo.

Nos enteramos de su detención como todo el mundo, por las noticias.

De pronto había pasado de ser el «pobre Marcelo» a ser el «¡puto Marcelo!

», y más de uno iba loco por cruzarse con él y ajustar cuentas.

En el fondo, a Sara el asunto no la cogió por sorpresa.

Llevaba tiempo trabajando con él y sabía de lo que era capaz.

Más de una vez había tenido problemas con clientes que aseguraban haberse dejado algo en la mesa y, por arte de magia, había desaparecido a los pocos segundos de haberse levantado.

Solo una vez reapareció un móvil, y fue porque otro cliente afirmó que había visto a Marcelo cogerlo.

Se contaba por ahí que estaba muy enganchado a las apuestas online; tan desesperado que se inventaba cualquier película.

No leí el mensaje de Arnau hasta la mañana siguiente. Yo libraba y Sara había madrugado para preparar el turno de desayunos en el restaurante, así que me lo tomé con calma y dormí un par de horas más.

En el texto, el cabo me confirmaba que tenía razón, y que debíamos hablar. Lo telefoneé y respondió al primer tono.

—Lo primero —dije—, felicidades por la detención. Esta vez se han dado prisa en comunicárselo a la prensa.

—Gracias. Hacía falta tranquilizar a la gente.

—Y marcarse un buen tanto. Bien hecho. Lo segundo, me alegra que por fin te des cuenta de que tengo razón.

—No te vengas muy arriba.

—Lo intentaré, pero no prometo nada… Además, eras tú quién quería hablar, ¿no?

El silencio al otro lado de la línea duró varios segundos.

—Es por la tarificación de Noa.

Y me contó lo de las llamadas desde el teléfono a nombre de la hermana de Wilmer.

Cortas, por la noche. A finales de julio, tal y como recordaba Nil.

Le di el teléfono que yo tenía de Wilmer.

No coincidía, pero eso tampoco significaba nada.

Su hermana llevaba más tiempo que él afincada en España y podía haberle prestado una tarjeta SIM cuando llegó.

Además, era poco probable que ambas se conocieran.

Que Arnau supiera, la hermana jamás había trabajado en Miranda; llevaba años como dependienta en un supermercado de Riudellums.

—Pero pasa una cosa —añadió el cabo, y sonó poco halagüeño—. En el caso de Alba, la recepcionista, no sucede nada parecido.

—¿No hay llamadas?

—Ni de ese número ni de ningún otro. O, al menos, no he encontrado nada parecido.

—Aun así, sabemos por la compañera de recepción que Wilmer estaba interesado en ella.

—Vamos a hacer una cosa —dijo el cabo—. Estate atento ahí arriba y, si ves que baja de Miranda, me avisas. Por poco que pueda, intentaré montar un seguimiento, a ver qué hace. Aunque estamos en cuadro.

—Yo podría bajar a ayudaros.

—Ni se te ocurra. Eso es algo que no pienso discutir.

—Prometo no molestar…

—Como si una promesa tuya me dejara tranquilo.

Y colgó.