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El domingo por la tarde, el sargento César Sánchez se encontraba en la terraza de un bar de mala muerte, a las afueras de Mataró.
Obviamente, no estaba allí por placer, sino trabajando, y notaba que se le estaban acabando las fuerzas después de tres días tratando de localizar al sinvergüenza de Marcelo Abreu.
La presión mediática y las amenazas del inspector Aparisi recordándole que todavía no había obtenido ningún resultado destacable desde el día en que se incorporó a la Unidad le habían generado un estado de nerviosismo difícil de controlar.
La falta de sueño y la incertidumbre tampoco ayudaban.
Y no recordaba cuándo había comenzado aquel molesto sarpullido de ronchas rojas que le cubría parte del pecho y el cuello, y por el que debía hacer grandes esfuerzos por no rascarse.
Sin embargo, ahí estaba, con la esperanza de que asomase el rostro de aquel desgraciado que no había hecho más que amargarle la existencia. El supuesto sexto desaparecido de Miranda.
Aquella misma mañana había leído un artículo a doble página en el periódico en el que se rememoraban todas las desapariciones.
Para ellos, Marcelo era uno más. También había oído que el programa de documentales de la televisión pública catalana Informe dominical pensaba dedicarle un especial al caso.
Y, como no podía ser de otra manera, el morbo había despertado en la gente las ganas de visitar el valle de Miranda de forma masiva, mientras que algunos trabajadores habían renunciado a su puesto por miedo.
Todas las miradas estaban posadas en César, que deseaba dar un golpe en la mesa, demostrar su eficiencia.
Echó un vistazo a la izquierda y observó a lo lejos el Skoda de paisano desde el que vigilaban Blai y Carme.
A la derecha había un Duster, con Arnau en el asiento del conductor.
También se encontraba cerca de su posición otro vehículo camuflado, con dos agentes de la Unidad de Investigación de Mataró, cedidos para el dispositivo de detención que tenían en marcha.
A dos mesas de la de César había un tipo sudando la gota gorda frente a dos botellines de cerveza vacíos. Se trataba del primo de Marcelo, y, a pesar de que ambos actuaban como si no se conocieran, estaban conchabados.
El primo, además de dedicarse a hurtos y pequeños robos como Marcelo, era confidente de los Mossos de Mataró, y no tuvo ningún escrúpulo en venderlo.
Marcelo acababa de ponerse en contacto con él para pedirle que lo ayudara a buscar un sitio donde esconderse por un tiempo.
«Siempre ha sido un mierda —dijo—, de pequeños no paraba de putearme».
Así que no costó convencerlo para que lo llamara y le dijera que le había conseguido un piso.
Habían quedado en aquel bar para entregarle la llave.
Sin embargo, ya pasaban más de treinta minutos de la hora acordada.
Marcelo no respondía al móvil ni leía los wasaps, y César comenzaba a dudar del éxito del dispositivo.
Montado de urgencia y en domingo, y para el que, sorprendentemente, Blai y Carme se habían ofrecido voluntarios.
Y Arnau, claro, aunque con él ya contaba.
César no terminaba de creerse que el cabo hubiera descubierto por su propia cuenta el engaño del camarero.
No era tan crédulo. Podía oler a la legua que detrás del hallazgo en el cuarto de baño de la estación de Miranda se encontraba el condenado Víctor Trafalgar.
De todos modos, lo importante en aquellos momentos era echarle el lazo a Marcelo Abreu.
Sería un auténtico balón de oxígeno para su estancia en Quintana. Y una manera de cerrar muchas bocas.
A lo largo de las últimas horas, habían recopilado suficiente información para tener claro que Marcelo no solo estaba detrás del robo del bote de las propinas, sino también de los objetos de valor del santuario.
Haciendo una búsqueda por los establecimientos Compro Oro de la comarca, habían descubierto que el propio Marcelo había vendido buena parte de dichos objetos tras despedazarlos, separando las piezas de oro y plata, así como las joyas, para que resultaran difíciles de identificar.
De manera inesperada, el primo levantó una mano y César tuvo la impresión de que se disponía a pedir otra cerveza.
Pero lo que hizo fue señalar hacia la distancia, como si saludara a alguien.
César, al comprenderlo, desvió hacia allí la mirada.
Y lo vio a lo lejos. Era Marcelo, aproximándose, con una ligera cojera.
En cuestión de segundos, cinco agentes lo rodearon, cerrándole el paso. Cuando César llegó a su altura, ya lo tenían esposado por la espalda y Arnau le leía sus derechos.
El puñetero Marcelo hacía como que alucinaba.
—¡Os estáis equivocando! —gimió—. ¡Se os está yendo la olla! ¡Querían matarme, pero he escapado! ¡Soy un superviviente!