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Me pasé la noche dándole vueltas a la desaparición de Marcelo.
Desbarataba por completo mi teoría y abría nuevos interrogantes que me llevaban a considerar que jamás, con las herramientas de que disponía, lograría averiguar qué demonios le había sucedido a Noa.
Por no hablar del resto de las desaparecidas.
El único que afirmaba haber visto a Marcelo la tarde anterior era el jefe de estación.
Se me presentó la ocasión de hablar con él a media mañana, cuando se acercó al Pedraparada a tomar un café.
Le di un poco de coba y no tardó en contarme lo que había declarado a la policía.
De su relato, llamaba la atención el asunto de las muletas, ya que aún no le habían quitado la escayola y todos lo veíamos a diario moviéndose con ellas. Aquello me hizo dudar.
Aun así, en cuanto finalicé el turno a media tarde, subí a mi habitación a cambiarme y a continuación me dirigí a la estación del cremallera.
Era prácticamente la misma hora a la que se suponía que habían visto a Marcelo allí, y, desde luego, uno de los momentos más concurridos del día.
Según el jefe de estación, había perdido de vista a Marcelo cuando parecía que se dirigía hacia los cuartos de baño.
Estos se encontraban en la planta inferior, y tuve que moverme a base de empujones para llegar hasta la puerta que comunicaba con las escaleras.
Bajé por las escaleras y me topé con los baños.
Traté de abrir la puerta del lavabo de hombres, pero estaba bloqueada.
Desde el interior, una voz ronca me informó de que estaba ocupado.
Esperé unos minutos, pacientemente, hasta que oí el sonido de la cisterna.
Me hice a un lado y al momento emergió del interior un hombre vestido de montañero, con gorra y bastones incluidos. Bufaba.
—Casi pierdo el tren —dijo. Y, al pasar junto a mí, añadió—: Yo no me daría mucha prisa por entrar ahí. Lo he dado todo. Debe de ser el agua de la montaña, que no me sienta bien.
Aguardé unos minutos. Una mujer entró en el baño de mujeres y me encontró todavía allí de pie cuando salió. No dijo nada, tan solo me miró.
Cuando por fin me decidí a entrar al lavabo de hombres, el ambiente seguía cargado, para qué negarlo.
Abrí la pequeña ventana que había en la pared frente a mí, y después cerré la puerta con pestillo.
Me volví y eché un vistazo a aquel reducido espacio.
Había lo básico: un lavabo con espejo y secamanos automático, y un inodoro con la cisterna en alto, prácticamente en el techo.
También había una pequeña papelera bajo la ventana.
Lo primero que hice fue comprobar la papelera, pero no hallé más que un par de envoltorios de chocolatinas y varios pañuelos, lo que indicaba que la habían vaciado hacía poco, como mínimo aquella misma mañana.
A continuación, miré por el suelo, pero no vi nada extraño, ni tampoco detrás del inodoro.
Tan solo quedaba comprobar la cisterna. Bajé la tapa del váter y me subí a ella, con miedo a romperla por mi peso.
La cosa parecía que aguantaba. Estiré un brazo y palpé la cisterna por detrás…
Y de pronto me sentí como Michael Corleone buscando el revólver con el que se disponía a vengar el ataque a su padre, don Vito.
Alguien golpeó la puerta con los nudillos repetidamente y yo me quedé congelado. Resultaba ridículo, yo ahí de pie, sobre el inodoro, sintiéndome culpable, como si acabaran de pillarme haciendo algo malo.
Dejé pasar unos segundos. Quien fuera que estuviese al otro lado de la puerta tenía una urgencia, porque trató de abrir tirando de la manilla con fuerza. Un instante después, oí un portazo; imaginé que había entrado al aseo de mujeres.
Alcé la vista y miré la cisterna. Tanteé la parte superior y advertí que no tenía tapa. Me puse de puntillas e introduje la mano en el agua. Estaba muy fría. Tras unos segundos sin tocar nada, la saqué, dispuesto a largarme de allí.
Fue justo al bajar del inodoro cuando me percaté de que tenía algo pegado a mi mano mojada.
Era un pedazo blanco de pasta. Lo olfateé, pero no olía a nada. No obstante, cuando lo palpé con los dedos de la otra mano, advertí lo que era.
Escayola.
Reblandecida después de horas en remojo, pero escayola sin ninguna duda.
Volví a subirme a la tapa del váter y me estiré todo lo que pude. Introduje el brazo hasta el codo y llegué a tocar el fondo. No tardé en dar con un pedazo grueso de escayola. Y con otro aún más grande. Pero no fue lo único que encontré ahí.
También había un bote de plástico rajado con la base de color azul. Y era igual al que utilizaban para guardar las propinas en el restaurante.
Lo coloqué todo en el suelo del baño. Y le hice una fotografía con el móvil.
Se la envié a Arnau Ventura.
Tres minutos más tarde, ya me estaba llamando.
—¿Dónde has encontrado eso?
—En la cisterna del cuarto de baño de la estación. La escayola está cortada con tijeras. El bote también; era demasiado ancho para esconderlo ahí dentro entero… Oye, Marcelo tiene antecedentes, ¿no?
—Sí… Por varios robos con fuerza y media docena de hurtos.
—Debió de deshacerse de las muletas tirándolas abajo al cruzar por la pasarela, camino de la estación. Y se quitó la escayola en el cuarto de baño, para pasar más desapercibido en su huida, oculto entre los turistas.
—Tiene sentido. Y también debió de aprovechar para vaciar el bote y deshacerse de él. Menos aparatoso.
—Esto explica algunos de los robos que han sucedido en Miranda, ¿no te parece?
—Lo que me parece es que, cuando le vaya a mi jefe con esto y le cuente que ha salido de ti, te va a pillar más tirria todavía.
—Sí, lo mismo pienso yo. Por eso quería proponerte una cosa.
—Tú dirás.
—Que subas aquí y hagas como que has sido tú quien ha tenido la ocurrencia de echar un vistazo en el cuarto de baño, siguiendo la pista del jefe de estación.
—No me gusta llevarme el mérito de otros.
—Muy humilde por tu parte. De todas formas, insisto.
Arnau emitió un gruñido.
—Está bien, voy para allá.