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César Sánchez colgó el teléfono de mala leche. La compañera de la Oficina de Comunicación hacía su trabajo, eso lo entendía, pero, si no había información que aportar a la prensa, ¿qué carajo podía hacer él?
Lo que tenía claro era que el marrón de las desapariciones de Miranda se lo iba a comer, quisiera o no. Con aquel nuevo suceso, el asunto estaba más vivo que nunca, y los periodistas achuchaban, deseosos de agrandar el misterio de un modo inversamente proporcional a las ganas que tenía él.
Salió del despacho y se aproximó a la mesa de uno de sus agentes, Blai, que observaba atentamente una de las cámaras de seguridad de la estación del cremallera situada en el propio valle de Miranda.
—¿Lo ves o no?
El agente negó con la cabeza.
Pegado con celo en una esquina del monitor había un papel con la fotografía del DNI del tal Marcelo Abreu, el camarero desaparecido. Era la mejor referencia que tenían de su cara en aquellos momentos.
—Hay demasiado barullo de gente —respondió Blai—. Y la calidad de la imagen no es que sea la mejor. Puedo avanzar o retroceder un poco y mirar cuando no haya tantos pasajeros esperando a bajar de Miranda…
—Pero es que el jefe de estación dice que fue exactamente a esa hora de la tarde cuando lo vio —respondió César, impaciente—. Si no se equivoca, claro…
Por supuesto que podía equivocarse de hora. No sería ni el primer ni el último testigo al que le sucedía… O que, simplemente, creía haber visto algo que no era. Arnau era quien había hablado con él y afirmaba que sonaba bastante fiable.
Según la declaración del jefe de estación, la tarde anterior, a eso de las seis, había observado como Marcelo accedía a la sala de espera y se mezclaba con la multitud de visitantes que aguardaban para abandonar el valle.
Aquella era una de las horas más concurridas, por lo que fletaban varios convoyes para dar cabida a tantos turistas.
El testigo juraba haberlo visto, aunque no recordaba que llevara muletas. Y resulta que, desde hacía unas semanas, el tal Marcelo, a consecuencia de una caída, tenía un pie escayolado y necesitaba ayudarse de muletas para caminar.
—Échales un vistazo a las imágenes de toda la tarde —ordenó César. Quizá sí se había equivocado de hora; había que comprobarlo.
El agente asintió, con cara de resignación.
De regreso a su despacho, César sintió un ligero vértigo al pensar que aquel era su segundo desaparecido de Miranda, y ni siquiera había acabado el mes de julio.
Menudo veranito le esperaba.